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El tsunami se detuvo en el umbral de mi puerta

En el puerto pesquero de Ofunato, la vivienda de Masako Sawasato no fue alcanzada por el tsunami, pero le faltó muy poco: su jardín está lleno de escombros de las casas vecinas y en las inmediaciones aparecieron tres cadáveres.

“Mi casa está intacta y mi familia va a seguir viviendo aquí, pero para mis amigos es muy difícil quedarse o poder empezar de nuevo”, declara a la AFP Masako Sawasato.

Cuando el tsunami llegó el 11 de marzo, ella estaba conduciendo y se dio cuenta rápidamente de que debía encontrar una manera de salvar la vida. 

“La ola estaba detrás de mí y la circulación era lenta. Por eso, decidió salir del automóvil y correr”, cuenta. 

Su marido, que estaba en casa, contempló aterrado la muralla de agua barrosa que avanzaba hacia él. Pero las aguas del tsunami sólo rozaron finalmente las paredes de su vivienda a una altura de pocos centímetros, y luego se retiraron. 

Se hallaron tres cadáveres muy cerca de la casa, entre ellos el de una anciana que era amiga de Masako Sawasato, quien carece de noticias de muchas de sus amistades y que tiene otras que han perdido a familiares.

“Mi colega perdió tres hijos. Estoy muy preocupada por ella”, dice. 

Más de 600 personas fueron hospitalizadas en Ofunato desde la catástrofe, en su mayoría personas de edad heridas a causa del sismo y del tsunami, pero también algunos evacuados que se enfermaron después de ser desplazados a un centro de albergue. 

En Ofunato, no se encontró ningún superviviente entre los escombros. 

“Después del terremoto, hubo personas que sobrevivieron con una pierna o un brazo rotos, pero el tsunami fue tan colosal que nadie se salvó”, declaró el director del hospital de la ciudad, Yoshiharu Murata.

Los habitantes de Ofunato tuvieron unos 13 minutos para escapar de la ola gigante. El maremoto arrastró aquí a más gente que en otros lugares cercanos al epicentro del sismo, situado en el mar. 

Murata recuerda que el hospital, construido en altura, ofreció a los fugitivos la macabra oportunidad de contemplar cómo sus casas desaparecían sumergidas por la oleada gigante. 

“Todo el mundo tenía experiencia de tsunamis, pero éste fue verdaderamente gigantesco”, señala el director del hospital.

Sabako Otu, por su parte, tuvo la suerte de encontrarse en el establecimiento cuando se produjo la catástrofe. 

“Mi madre, dada de alta, debía salir del hospital a esa hora. Si hubiera partido cinco minutos antes, habría sido arrastrado por el tsunami”, dice. 

En el exterior del hospital, los supervivientes escrutan la lista de cientos de nombres en busca de los de sus parientes y amigos. Las líneas telefónicas e internet están cortados, y esas listas son una de las escasas fuentes de información en Ofunato.

 

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