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‘El viejo Toño’ y la avaricia ajena

A las cuatro de la madrugada se iniciaba la jornada. Se levantaba a tomar un café, ordeñar las vacas, ensillar los caballos y vigilar que sus colaboradores trabajaran. Esas madrugadas eran frías y oscuras, siempre acampanadas de neblina y olor a pasto húmedo, por el rocío de la noche.

A las seis, los rayos del sol atravesaban el cielo gris y aparecían en el cerro ‘La María’, las viviendas con techo de palma aún permanecían húmedos, las vacas pastaban, las aves se bañaban en la orilla del arroyo y se escuchaban los silbidos y canciones de los vaqueros que llevaban el ganado a los potreros.

Así eran los amaneceres de *Antonio Puello, un hombre de rasgos indígenas, moreno, de estatura baja, corpulento. Se le pintaban arrugas alrededor de las mejillas y en la frente, tenía orejas grandes, ojos pequeños y una voz firme.

Era oriundo de un pueblo Sucre, y su finca se llamaba Santa Teresa.

Este hombre siempre lucía igual, vestía con camisa de tela fresca, abierta hasta el pecho, pantalón largo cuando estaba en el campo y pantaloneta para andar en casa, y cinturón de cuero. Podía cambiar el color de estas prendas, pero lo único que jamás remplazaba eran sus abarcas y sombrero vueltiao.

‘El viejo Toño’, como le decían sus amigos, era respetado en el pueblo, nunca aprendió a leer ni escribir, ni siquiera su nombre, pero era un ‘berraco’ para los negocios, y no era para menos, tenía una finca de 41 hectáreas con más de 200 cabezas del mejor ganado de la zona, vacas de cruce cebú con europeo, que cruzaba con toros de otras razas; unos 15 caballos finos; y gallineros.

Era un lugar próspero. Allí vivía con su esposa y dos de sus siete hijos, también lo visitaban sus nietos durante todas las vacaciones y algunos fines de semana. Esa generación de aquel hombre, hoy, después de más de 30 años, sigue convencida de que en ese lugar habitaba la felicidad.

Sus familiares lo describen como un hombre de carácter fuerte, maduro, correcto y honesto. Para él, la palabra valía más que el oro o una firma y huella en un papel.

“Una vez llegó un señor a comprarle seis novillas y él le dijo que cada una costaba 160 mil pesos. Pasó hace más de 30 años, y el señor se las quería comprar en 150 y mi abuelo dijo que no, que si las quería se las llevara a ese precio, si no, que las dejara ahí. ‘Yo le dije: papá, ya se nos dañó el negocio’, y él me respondió: ‘no mijo, si yo digo que eso valen eso me tienen que dar y no te preocupes que él vuelve’. Y así fue, el tipo volvió con la plata, hablaron y se las llevó”, dice uno de sus nietos.

Su debilidad eran sus hijos y esos nietos traviesos que brincaban de un lado a otro, se trepaban a coger los frutos, se bañaban en los pozos y de vez en cuando tuvo que darles un ‘azote’, cuando molestaban a los toros.

La plata se acaba

Su hijo menor nunca fue brillante en los estudios, razón por la que no se graduó ni siquiera de bachiller. No aprendió a negociar, ni tuvo ingenio para ganar dinero, no aprendió a trabajar y se dedicó a vivir de lo que producía la finca de su papá, a fin de cuentas generaba lo suficiente.

Aquel retoño despilfarró todo el dinero que su papá le daba, no había un día que él no pidiera.

¿Qué hacía con el dinero? “Cuando llovía, tiraba los billetes a la corriente de un arroyo para ver y reírse de la gente que se lanzaba al agua a cogerlos. Gastaba en juegos de azar, parrandas y ron con sus amigos. Él creía que se daba la gran vida”, cuenta uno de los nietos de Antonio.

Cuando tenía unos 35 años, su padre decidió no seguir ‘patrocinando sus sinvergüenzuras’, ya era un hombre hecho y derecho y debía ser responsable de su vida.

Ese hombre rebelde que no se conformó con el dinero que botó, decidió vender por una “miseria” el toro más querido de su papá, que costaba 30 millones de pesos, hace más de 15 años.

Aquella acción fue devastadora para Antonio, que en ese momento tenía 89 años.

Estaba en Cartagena y cuando se enteró de ese desastre, tanta ira e impotencia le produjeron un derrame cerebral. Estuvo 15 días internado en un hospital, mientras que su hijo seguía malvendiendo todas sus propiedades.

Le dieron de alta cuando estuvo fuera de peligro, como consecuencia del derrame perdió la memoria, su familia lo regresó a la finca, y poco a poco la fue recuperando los recuerdos, pero no volvió a ser el mismo.

Regresó a Cartagena y una hija lo resguardó en su casa para darle los cuidados necesarios.

Mientras el anciano se recuperaba, su hijo vendió, por un precio insignificante, a Maribel, Juanita y Sunga, las tres vacas ‘consentidas’ de ‘Toño’. Nuevamente quedó sin dinero y vendió otras cabezas de ganado. Y así, cada vez que se le acababa lo que no trabajaba ni se ganaba, vendía un animal.

En la finca quedaba poco cuando los familiares se enteraron que aquel hombre sinvergüenza seguía gastando en juegos y parranda lo que su papá trabajó toda la vida, “lo metieron en cintura” y por decisión de la familia vendieron lo que quedaba para costear el tratamiento y manutención de Antonio, quien quedó con asma y a su edad requería medicación.

“Mi papá siempre soñaba con volver a la finca, eso era lo que él le gustaba, dedicó toda su vida a eso. Nunca supo que el hijo le malvendió casi todo y el resto lo vendimos para pagar su tratamiento”, dice una de sus hijas.

*Ex

ya Antonio estaba muy viejo y cansado, un día le dio una crisis asmática y lo internaron en el hospital. Varios días después se le vio angustiado por ese hijo que lo hizo perder todo y una de sus hijas, quien lo acompañó todo el tiempo le dijo: “No te preocupes, papá, que yo voy a estar pendiente de él”, respiró y murió a los 92 años.

Hoy, 12 años después de este suceso, su hijo no tiene dinero, ni trabajo, ni familia. Vive del rebusque diario. No dejó el vicio de tomar ron y después de embriagarse, llora como un niño pequeño, nadie sabe si arrepentido de lo que hizo, recordando todo lo que tuvo o siente lástima a ver en qué quedó.

Epílogo

Aún recuerdo a Toño sentado en la terraza de la casa de su hija, en una silla de hierro y plástico. Siempre llevaba su camisa de tela fresca, pantaloneta hasta la rodilla, cinturón de cuero, sus infaltables abarcas y sombrero vueltiao. En ese entonces, siempre tenía a su lado un bastón.

Caminaba a paso lento, tenía las piernas curvas, era un hombre necio, le gustaba barrer con una escoba “de palitos” las hojas del patio y la terraza de aquella casa donde pasó los últimos años.

Su memoria no estaba al cien por ciento y, de vez en cuando, repetía con la voz firme que siempre lo caracterizó: “Yo aquí trabajo y ni me pagan”, y sus nietos le daban “pa’ la merienda” a ese anciano dulce, tierno y cariñoso que tomaba café por las mañanas y en las tardes, de postrecito, un bon bon bum que sus bisnietas le compraban en la tienda de la esquina.  

*Nombre cambiado.



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