Elogio del Amargado

24 de agosto de 2014 12:02 AM

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Conocí al amargado hace 20 años exactamente. Yo tenía 18 años y el 17, y debo confesar que fue el primer gran amor de mi vida. Nuestra historia comenzó al revés, como todas las grandes historias.

Él me veía cada tarde leer en la biblioteca y nunca me decía nada, no se atrevía, creía que yo mordía. Yo no me había dado cuenta siquiera de que él existía.

Sólo mi gigantesco despiste puede justificar que nunca me hubiera fijado en un tremendo mamotreto de hombre de 1,95 y ancho como un guerrero celta, de cabello largo, con un tatuaje tribal en su antebrazo izquierdo y la actitud prepotente del genio que se sabe genio y no hace nada por disimularlo.

En esa época algunos versos míos, publicados en revistas regionales, habían hecho levantar crucifijos por contener palabras tabúes como “orgasmo” y “vagina”; por lo tanto, él había escuchado de la poeta Eva Durán, pero no sabía que su amor platónico de biblioteca era precisamente Eva Durán.

Incluso, me confesó después, que había escuchado conversaciones machistas e irrespetuosas de adolescentes elucubrando el cómo sería yo en la cama. Así que, después de comprobar mi identidad y de tomar mucho valor, se me acercó, se presentó, conversamos un poco y de repente me soltó está perla: “Me encanta como se mueve tu lengua cuando hablas”.

Lo miré asustada y me fui de la biblioteca de inmediato. Al llegar a casa le comenté a mi madre la extraña frase y ella me advirtió: “Aléjate de ese pervertido”. Pero no, no suelo alejarme de las cosas, situaciones o personas extrañas.

Todo lo contrario: suelen ejercer sobre mí una fascinación casi hipnótica. Así que volví a la biblioteca, acepté su compañía y descubrí una de las personalidades más fascinantes que he tenido la suerte de conocer en mi larga vida.

*Kenneth es un genio. Así, a secas. Un GENIO con mayúsculas, un genio atrapado en Cartagena (Colombia), ciudad de la que nunca saldrá, porque allí viven su madre enferma y sus 12 gatos. Cuando le conocí, ya era huérfano de padre.

Su madre había enloquecido de dolor y terminado en un psiquiátrico. Sus hermanas fueron recibidas en casas de familiares y a él le dejaron solo para que se las arreglara como pudiera. Por esto se refugió en los libros, y los libros le salvaron y le dieron un lugar en el mundo.

Cuando le conocí, ya tenía la férrea disciplina samurai de leer mínimo 6 horas continuas todos los días. Por falta de dinero para el transporte, se iba caminando desde Daniel Lemaitre hasta el Centro, para encerrarse en la biblioteca Bartolomé Calvo.

Las abismales profundidades oceánicas de su sabiduría siempre me han dejado con la boca abierta. ¿Cómo sabe tanto? No tengo ni idea. La única explicación plausible para mí es la reencarnación, el entender que lleva siglos y milenios puliendo su alma.

Cuando se presentó al programa de filosofía de la Universidad de Cartagena, tuvo el promedio más alto de toda la universidad y, desde el primero hasta el último semestre, obtuvo el promedio más alto de toda la facultad.

Cuando estaba en tercer semestre, solía sentarse en la última fila del salón de clases, dibujando caricaturas. El profesor, seria y legítimamente ofendido, le pidió que pasara al tablero y explicara el tema.

Kenneth no sólo explicó el tema, sino que habló durante 40 minutos dejando al profesor y a la clase entera con la boca abierta. A la clase siguiente, el profesor convocó al director del programa y al decano de la Facultad de Humanidades, sin avisarle previamente a Kenneth, le señaló un tema y le pidió que se lo explicara a la clase. Kenneth tomó la tiza y repitió la hazaña de hacer una clase magistral espontánea.

De allí en adelante, el director del programa lo tomó bajo su ala, y empezó a darle más y más material extra para explotar al máximo su talento y potencialidad.

Mientras tanto, éramos novios. No hay palabras para describir lo que significó en mi vida ser novia de *Kenneth May por 8 años. Fueron años apasionantes y esplendorosos en todos los niveles. Me ayudó de maneras que nadie se imagina ni es posible explicar.

Fortaleció mi ego y mi autoestima, me indujo a leer todos los clásicos de la Filosofía, siempre me ponía un libro trascendental en las manos y luego, el muy capullo, me hacía exámenes.

Me apoyó incondicionalmente en mis casos de rescate y defensa animal; tanto, que, luego de separados, ambos lo hemos seguido haciendo independientemente. Sólo que él se especializó en gatos y yo rescato todo ser viviente que necesite mi ayuda sobre la tierra, sin importar su especie.

A su lado he visto los dos únicos ovnis que he avistado en mi vida. El primero lo observamos acostados sobre las murallas de Cartagena, mientras él me explicaba Astronomía.

El segundo fue un gigantesco cigarro parecido a las naves nodrizas de las películas de Hollywood, con luces rojas y azules que se movían rítmicamente de izquierda a derecha y viceversa, suspendido sobre el cerro de la Popa.

Juntos tuvimos nuestras primeras experiencias paranormales, lo que nos llevó a investigar el shamanismo indígena y las culturas prehispánicas. En una oportunidad, incluso, un espíritu con cuerpo de anaconda nos confrontó, retándonos a dejarnos tragar por él para adquirir sabiduría.

Mi familia, como es normal en las grandes historias de amor, lo odiaba. ¿Cómo podían aceptar a ese hippie pobre, huérfano, gigante y extraño, lleno de tatuajes de símbolos oníricos, que me acolitaba en todas mis ocurrencias y que encima, estudiaba Filosofía?

Kenneth me salvó como mujer y como ser humano. Abrió caminos esplendorosos a mi trabajo literario, me enseñó a amar todas las criaturas, muy especialmente las ratas (a quienes soy incapaz de hacer daño), a pronunciar casette correctamente, con mi lengua pegada; me descubrió a Perelman, me enseñó que el amor verdadero existe y es real, que la cursilería es una maravilla y que las cartas de amor, cuando se escriben con el alma, valen más que la misma Biblia.

En una oportunidad una intelectual prominente me llamó a preguntarme por Kenneth May. Le contesté que fue mi pareja y eso fue suficiente para que se desviviese en elogios hacia él, pues había sido jurado en un concurso de cuentos que él ganó; y, emocionada, me felicitó como si él fuese una estrella tipo Madonna o los Beatles. “Es un genio, un Borges”, aseguró.

“¿Cómo es posible que esté Borges permanezca anónimo?” .

Permanece anónimo porque es un neurótico y un completo amargado. Hasta su twitter (@caracoltigre) es un alias. Permanece anónimo, porque es un anacoreta, un independiente radical que nunca se agachará ante nada ni ante nadie, ni aunque de eso dependiera su propia vida. 

Permanece anónimo, porque es un iluminado y un genio sin igual. En definitiva, Kenneth May es demasiado como para integrarse a esa ciudad miserable que es Cartagena.

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Por: Eva Durán
Especial para El Universal

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