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Elvia, la batalla de una madre comunitaria

Hace 28 años trabaja como madre comunitaria en el barrio Petare, en las faldas de La Popa. Hoy, a sus 82 años y con varias enfermedades, esta adorable mujer de rostro apacible sigue atendiendo niños en su hogar.

Elvia Ochoa se siente cansada, lo repite una y otra vez. Anhela descansar y reposar esa mente que se nubla por momentos, sin embargo, teme abandonar su labor por no quedar desprotegida. Allí, en su casa, donde ha atendido a cientos de niños de su sector, espera que reconozcan su entrega y sus años de trabajo.

Elvia vive hace más de 30 años en Petare. Antes de ser madre comunitaria laboraba como empleada doméstica en casas de familia en Paseo Bolívar. Eso hizo desde que llegó a Cartagena desde San Juan Nepomuceno. Allá nació, pero viajó a la Heroica para de buscar un mejor porvenir para sus 11 hijos.

“Me vine hace muchos años, no recuerdo exactamente cuántos, Eliana (su hija menor, quien la cuida) tenía un año. Mi esposo murió pero ya nosotros estábamos separados cuando me vine para acá con seis de mis hijos. Soy de hacha y machete. No me acobardo con los trabajos. Tanto es así que me vine con ellos a luchar la vida porque estábamos pasando mucha necesidad”.

Se describe como una persona amable, solidaria y a la que le gustan mucho los niños. Se convirtió en madre comunitaria a los 54 años, gracias a una amiga que le habló del Programa de Hogares Comunitarios de Bienestar -reglamentado en el año 1989-.

“Comencé con 15 niños, pero como siempre he sido tan amable, me llegaban muchos niños y llegué a trabajar con 19. Una vez vino una comisión de Bogotá, me preguntaron que por qué atendía esa cantidad. Solo les dije que me gustaba trabajar con ellos, que lo hacía por amor y que tanto me gustaban los niños que yo tuve 11 hijos”.

Su mirada refleja preocupación. Y no es para menos. Hace dos años lleva un marcapasos en su pecho y el 6 de enero sufrió una isquemia cerebral que le afectó el lado derecho de su cuerpo. Desde entonces no ve muy bien y tampoco escucha de manera adecuada.

“Pienso en las condiciones en que estoy, cómo voy a quedar. Después de 28 años, cansada, esperando a ver qué me resuelven. No peleo pensión, pero sí quiero que reconozcan mi trabajo, porque estoy cansada y enferma y necesito descansar, no muriéndome porque no deseo morirme, pero sí deseo descansar. Antes mucha gente me decía que yo no debía estar trabajando, pero yo me sentía bien, mi cuerpo y mi mente estaban activos para hacerlo, pero ya no. Llegó el tiempo en que yo ya no quiero seguir trabajando”.

En los últimos años, las madres comunitarias vienen reclamando al Gobierno Nacional que formalicen su labor y que accedan a las pensiones, no obstante, el Gobierno ha enfatizado que muchas no se afiliaron al sistema y otras no cotizaron las semanas requeridas. Ellas manifiestan que debido a la falta de políticas por parte de Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) no se ajustaron al régimen y rechazan un subsidio vitalicio que oscila entre 220 y 280 mil pesos (sin garantizar la seguridad social) para las madres que no vayan a pensionarse.

Según datos del Gobierno, hay alrededor de 69 mil madres comunitarias, 14 mil pasan los 55 años, y 3 mil 500 superan los 65. Por estas mujeres, muchas enfermas, el gremio entró en paro nacional el pasado 4 de abril y ha marchado por las calles de las principales ciudades de Colombia. Además, exigen más recursos para alimentar a los niños.

“Las comidas sí han empeorado bastante, ¡uff! Antes uno le daba de comer a todos los muchachitos y estaban... -hace una seña de fuerza con su brazos- bien gorditos. Eran unas buenas comidas, pero ahora dan unas miguitas”, comenta.

Su hija Eliana, quien prácticamente atiende el hogar infantil debido al estado de salud de su mamá, sale de la cocina con unas bolsitas plásticas que contienen menos de cuatro onzas de granos (entre arvejas, frijoles rojos, garbanzos, palomitos) cada una. “¿Usted cree que con una bolsita de estas se puede hacer una crema para 13 niños?”, pregunta y sigue exponiendo sus quejas sobre el mercado recibido para los menores. Dice que los operadores privados no cumplen con lo establecido por el ICBF y que este debe supervisar muy bien lo que está ocurriendo.

“Los operadores no están cumpliendo porque Bienestar da 2 mil 517 pesos diarios por cada niño y si se multiplica por 13 y por los cinco días sí alcanzaría para un mercado de más de 150 mil pesos  y los niños se alimentarían bien. Yo, de mi bolsillo, del mercado de mis hijos, hago más comida para que ellos puedan comer bien. Esto es algo deprimente”, explica Eliana.

“Muchas cosas han mejorado para nosotras las madres comunitarias, recuerdo que cuando empecé ganaba 18 mil pesos, no alcanzaba para mis cosas pero mis hijos me ayudaban. Hoy pagan le mínimo, pero otras cosas han desmejorado”, agrega Elvia.

Eliana asegura que ve un poco desanimada y decaída a su madre. Recuerda con nostalgia que “era una señora muy alegre, a la que le gustaba bailar. Los niños son muy cariñoso con ella, le dicen abuelita.  A ella le gusta mucho estar con ellos pero hay que entender que por su edad y los problemas que tiene quiera estar ‘relajadita’ y es más que merecido después de varios años de trabajo”.

Desde su vivienda, donde le toca soportar los achaques de su edad y seguir trabajando para no quedar desamparada, Elvia hace fuerzas para que mejoren las condiciones de los infantes que se benefician del programa, de las madres comunitarias que aún siguen de pie y de las compañeras que como ella no tienen un amparo para su vejez.

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