"En Colombia las cosas se hablan pero casi nunca se hacen"

14 de enero de 2018 12:30 AM

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Este estudiante de medicina, armado con un elemental equipo de electrofisiología comprado en Suiza, acabó con los gatos del vecindario. El objetivo, estudiar el cerebro. Luego tomó “prestado” el de la casa. Su hermana, al preguntarle por el gato que le había regalado su padre, rompió en llanto cuando él se limitó a responder: “su cerebro está en ese frasquito”.

Esta anécdota de juventud, es solo una pequeña muestra de la tenacidad y convicción investigativa de Rodolfo Llinás, el más importante neurocientífico de la historia de Colombia, ahora recopilada en una completa biografía recién publicada por el periodista Pablo Correa Torres: Rodolfo Llinás, la pregunta difícil.

Tres años de reportería, cientos de horas de entrevistas con Llinás, familiares, colegas y amigos, resultaron compilados en este libro, que busca explicar y contextualizar los hallazgos más relevantes de la vida de este personaje excéntrico, obsesivo, desmesurado, incorrecto, provocador y genial.

El autor de este libro se enfrentó ante tamaño reto, porque aunque sabía que Llinás es famoso, muy pocos entienden por qué y cuál será su legado. Para Correa solo se trata de un acto de justicia.

La profunda influencia de su abuelo; la aplicación de la lógica matemática para resolver problemas de fisiología cerebral; el estudio de las motoneuronas (neuronas motoras que activan músculos o glándulas), el uso del potente veneno del pez globo y de las arañas de tela en embudo para entender la transmisión de mensajes entre las neuronas; el mapeo y las conexiones del cerebelo; la estructuración de una teoría de la mente que sostiene que la razón de ser de los sistemas nerviosos es la capacidad de predecir para sobrevivir; el descubrimiento que las neuronas tienen actividades eléctricas propias (Ley Llinás); el uso de la cirugía para tratar enfermedades psiquiátricas; sus estudios en nanoburbujas (un cambio en la propiedad del agua que la hiperoxigena sin volverla tóxica), y sus constantes preguntas sobre la conciencia se explican fácilmente y se contextualizan dentro de las etapas de la vida del neurofisiólogo colombiano.

Resulta interesante que en un país con tan poco apoyo a la ciencia y a la investigación, “La pregunta difícil” haya sido el cuarto libro más vendido en diciembre y se mantenga entre los diez en este enero.

El Universal aprovechó la coyuntura del libro para abordar al esquivo y escurridizo Llinás y lanzarle algunas preguntas que contestó personalmente (nos aconsejaron que no las enviáramos por correo o se iba a escapar) en su oficina en Nueva York, frente a sus libros, en un corto receso mientras escribía un trabajo.

¿Si pudiera regresar el tiempo, qué haría o dejaría de hacer en su vida como investigador?

-Haría exactamente lo mismo. He tenido la suerte de tener la vida que he querido.

¿De todos sus descubrimientos cuál es el que más le satisface?

-Quizás el más interesante es que el cerebro no requiere de entrada externa para poder funcionar, es un poco como el corazón, es decir que tiene su ritmo intrínseco propio. Eso es importante porque antes no se sabía eso, y eso ha generado un cambio enorme en cómo entendemos la función cerebral.

¿Más incluso que cuando entendió de niño que todos los círculos eran iguales?

-Me pareció increíble cuando descubrí que todos los círculos eran iguales y que solo cambiaba su tamaño. Me hizo pensar que realmente sí hay generalizaciones que son importantes en la manera de pensar y ver las cosas. De modo que el concepto del círculo me pareció increíble, además el hecho de que la relación entre el diámetro y el círculo es independiente, es una cosa sumamente profunda e interesante.

¿Estamos cerca de encontrar una respuesta a la pregunta difícil, de entender cómo funciona la conciencia?

-Es una pregunta difícil cuya dificultad posiblemente se relaciona con el hecho que no estamos haciendo la pregunta bien. La pregunta “buena” no la hemos encontrado todavía. ¿Cómo funciona el cerebro? Es una pregunta que no va a ninguna parte. Lo interesante sería, algo así como cuáles son las propiedades físicas que se requieren para tener conciencia. Es muy interesante porque aparentemente solo ocurre en biología, los computadores nunca tendrán conciencia, pueden aparentar conciencia, pero tener conciencia no. Y eso ha sido un área de gran discusión y grandes problemas porque, al fin y al cabo, tanto los computadores como los cerebros están hechos de átomos, pero la situación es que la organización es muy diferente.

¿Qué tan lejos cree que estamos de crear máquinas que imiten el cerebro humano?

-Ya existen pero solamente lo imitan, por ejemplo, aún no son capaces de autocorregirse, como hace el cerebro. Pero aún más: son estáticas, no pueden cambiar sus circuitos como podemos nosotros cambiarlos con las neuronas. Son estados funcionales dados en circuitos inamovibles.

¿Todos los animales tienen conciencia?

-Sí, pero diría que tienen distintos tipos de conciencia. Usted posiblemente leyó la parte del libro donde se simula el encuentro entre un humano y un perro. El humano critica al perro por no reconocerse en un espejo, y el perro lo critica por no reconocer en qué hidrante hizo pipí. Definimos la conciencia a la humana. Una mosca que supiera leer en español sería completamente innecesaria (risas), no valdría la pena.

El libro reconstruye sus trabajos con un cirujano suizo para curar pacientes con enfermedades mentales. ¿Es cierto que curaron un paciente con esquizofrenia? ¿Cómo?

-La esquizofrenia es un estado funcional, es un problema cerebral, dado el tipo de esquizofrenia se puede hacer aún más fácil. Con ultrasonido se hace una pequeña lesión y se evita lo que está pasando, que es un circuito que está funcionando mal, y no es más, no hay más misterio. El problema es que hay una cierta diferencia entre el punto de vista de los psiquiatras y el punto de vista de los neurólogos. Para un psiquiatra la esquizofrenia es una enfermedad mental, para un neurólogo es una enfermedad del cerebro. Con el tiempo se organizará mejor la manera de pensar, pero en este momento si yo tuviera esquizofrenia o alguien de mi familia tendría claro a quién llevarlo.

¿Qué otras enfermedades se podrían operar con ese método?

-Las de la categoría que yo llamo disritmias talamocorticales… tinnitus, depresión, ansiedad, esquizofrenia…

¿Por qué no le han parado tantas bolas con este tema?

-A uno le paran bolas cuando las cosas son obvias, y este es un tema complejo de entender. Ahí sí ya no es problema mío (risas).

¿No le duele que 25 años después de la Comisión de Sabios nunca se diera esa revolución educativa y científica en Colombia? ¿Qué le diría al expresidente Gaviria o Samper, a propósito de ese plan que nunca se concretó?

-En Colombia las cosas se hablan pero casi nunca se hacen, y yo creo que tiene que ver con el hecho de que la gente habla pero no hace cosas, hablar es fácil, hacer cosas es difícil, el confort altera. Esto pasa mucho en Colombia, la gente está muy bien en su área de confort y no quiere que la molesten.

¿Cuál es el verdadero estado de las investigaciones sobre las nanoburbujas?

-La investigación sobre las nanoburbujas ya se hizo, entendí cómo funciona y ya estoy haciendo otras cosas. Hay una compañía que hace nanoburbujas y las vende, pero no tiene nada que ver conmigo porque yo no hago negocio. Simplemente quería saber si funcionaba y cómo funcionaba. Encontré qué funciona y cómo funciona, entonces paso la página y voy a hacer otra cosa.

¿Cuál es el mejor recuerdo de su amistad con García Márquez?

-Fuimos muy buenos amigos. Nos encontramos por primera vez en la Comisión de los Sabios, que tampoco resultó en nada, y durante muchos años nos veíamos en México o en Colombia. Nos llevábamos muy bien, me parecía una persona encantadora y nos encantaba hablar y echar lora. Él y yo tenemos unas cosas en común, la importancia de nuestros abuelos y en fin, pero a él le interesaba y me hacía preguntas sobre cómo funciona el cerebro, y cómo es la conciencia, y todas esas cosas que se pueden charlar entre amigos con una cerveza o un whisky.

¿Recuerda alguna anécdota en particular?

-No. Él era un gran escritor que hablaba de cosas comunes, y yo era un científico y hablaba de cosas difíciles, eso hacía que tuviéramos áreas de conversaciones intermedias, siempre muy agradable, sin ínfulas de ningún tipo, porque esa es la ventaja que tiene una persona como García Márquez, y era que no había que decirle “su santidad” o algo por el estilo, hablaba normalmente, como una persona a otra…

¿Ante tantos problemas del mundo contemporáneo, la crisis ambiental, las guerras, etcétera, usted es optimista o pesimista frente al futuro que les espera a sus nietos?

-Yo soy optimista, creo que las cosas que están pasando tienen que pasar porque el sistema tiene que corregirse, pero me parece que el sistema es suficientemente inteligente para poder sobrevivir a todo lo que hace. Que va a haber cambios grandes, definitivamente que sí, pero hemos pasado periodos más difíciles en la historia de la humanidad. Quizás hay algunas cosas muy complicadas, pero a mí me parece que la vida de hoy es muchísimo más sencilla y más productiva de lo que fue en el pasado. Para todos.

¿Es cierto que admira mucho al pintor Jacanamijoy?

-Tengo un mural  de casi tres metros de alto por dos de ancho en mi casa, en Cape Cod. Aunque está elaborado con pintura de avión para que resista el clima, cada cierto tiempo hay que retocarlo. Ahora estamos pensando en hacer una cosa juntos, quizá una metodología de enseñanza, él haría los dibujos y yo haría la parte de conocimiento, pero vamos a ver si se puede hacer o no. Eso siempre es complicado.

Me contaron que tiene una historia buenísima de cómo aprendió a leer…

-Mi abuelo resuelve que va a mandarme al colegio. En la décima quedaba el Colegio de las Migajitas, que eran tres señoras apenas más altas que yo. Y entonces dice: “mijo, tiene que ir al colegio, las Migajitas lo quieren mucho”. Las Migajitas me dicen que si sé leer. Traen un libro. Había un loro con un tomate. Y yo digo: “Aquí dice ‘un loro come tomate’”. “Eso no es lo que dice”. Les digo: “Este es un loro, este es un tomate, ¿aquí qué va a pasar? “Usted no sabe leer”, me dicen.

Crisis. Me voy para mi casa, llego llorando. “¿Qué te pasó?”, me preguntó el abuelo. Me dicen que no sé leer. “¿Y tú sabes?”. “Pues sé”, le expliqué. “Tú estás viendo una figura y deduciendo, pero eso no es verdad, es posible, pero no es leer”. “¿Qué es?”. “Es deducir”.

El abuelo me dice, esas son letras: hay 28 letras, cada una es un sonido, y las consonantes cambian el sonido. ¿Por qué no pintan las cosas? “Lo que pasa, Rodolfo, es que es importantísimo leer. La situación es la siguiente, Rodolfo: imagínate que necesitas alguna cosa y yo no estoy, y resuelves dejarme un mensaje. Lo escribes y lo dejas y te vas. Yo regreso y recibo tu mensaje. Segundo, de pronto quieres acordarte de algo y puedes escribirlo, no necesitas tener todo de memoria. Si escribes no se te olvidan”. “Otra vez, ¿cómo es la cosa?”. “Las palabras se puede traducir en formas sonoras... con eso puedes escribir todo lo que quieras. Puedes descubrir una cantidad leyendo. Es un mensaje de personas que alguna vez estuvieron vivas. Es la manera de convertir el momento de ahora en un momento más largo. Es mágico”. Esa tarde aprendí a leer.

Usted no cree en Dios, ¿en qué cree entonces?

-Soy antiateo. Hay que desaparecer a Dios. Ser ateo no es suficiente. Es una mala idea. Se tira el cerebro. Se crean visiones…

¿Cuál ha sido su mayor error?

-No me he pelado ni una vez. Nunca. Ni una vez. Las ideas son rarísimas pero hasta ahora todas han resultado ciertas.

¿Cuál es el secreto para llegar a los 80 años con tan buena salud y seguir investigando?

-Es suerte, es de esas cosas que el que menos tiene la culpa es uno mismo. Claro, yo me cuido y no hago tonterías, llevo una vida sana, estudiosa y sin problemas. También es cuestión de genética. Definitivamente a los 83 estoy anciano, pero no lo noto tanto. 

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