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En Córdoba, la vida sabe a galleta de limón

La Señora Elia de Jesús Riaño Hoyos tiene 74 años y unas manos benditas para preparar galletas de limón, el  producto estrella de la repostería de Córdoba.
De 74 años, recibe a los visitantes con una enorme sonrisa, o con un cariñoso abrazo. No le importa si son conocidos o no.

El enorme quiosco de palma en el patio de su casa, donde se refugian de los 38 grados de temperatura que regularmente reinan en Mateo Gómez, Córdoba, es el lugar perfecto para establecer su horno, que a diario ve salir a más de trescientas galletas de limón. Allí huele a masa dulce… el olor embriaga. Hay sillas, taburetes, un murito donde también se pueden sentar los visitantes (y es necesario porque conversar con Eli es amañador) mientras que en el patio descubierto hay matas de plátano pochocho y flores por doquier.

Eli es la matrona de las galletas de limón en su pueblo y una de las mujeres que preserva esta cultura repostera. ¿Los ingredientes? leche, nuez moscada, canela, vainilla, limón ralladito, anís, mantequilla, bicarbonato medido...

Su producto es esperado a diario por clientes del pueblo, municipios aledaños y muchas veces departamentos y países vecinos, pues los encargos no tienen fronteras.
“Acabo de hacer las que van para el aeropuerto (Garzones), esta mañana mandé a La playita y me dijeron que no alcanzaban”, cuenta con orgullo.
La señora Eli es bajita, tiene el cabello canoso, una voz aguda pero cariñosa, las manos siempre empolvadas de harina de trigo y un delantal improvisado que sobre todo le proporciona comodidad. 

Abre el horno y el calor parece no afectarle. Una ráfaga de aire con olor a anís con leche se esparce y aparecen, como saludando, unas veinte galletas listas para presentarse en sociedad.

Las saca del horno, toma un puñado de harina y la esparce sobre las creaciones, para darles el toque, la presentación que necesitan para que se vea que son las originales y también para que no se atrevan a pegarse.

Pone una a una las galletas sobre un mesón, toma una brocha especial y sacude las galletitas. Parece que les hiciera cosquillas, luego las voltea y repite el proceso. Aún estando calientitas las mete en varias bolsas transparentes y las envía a sus destinos. 8 galletas por dos mil pesos, un manjar si se combinan con leche, o café.

Para el recuerdo
Si se viaja por las carreteras de Sucre y Córdoba, no sólo los diabolines acaparan la demanda, sino estas galletas de limón. Tienen un sabor particular, son compactas pero bastante suaves si se les remoja y al comerlas se unen tan bien los ingredientes que uno no sabe si ha comido más leche que anís, limón, o azúcar. Lo único que queda en el paladar son las ganas de volver a dar otro mordisco. 

“Aquí dicen, ‘pero es que tú no nos das la receta porque a mí no me quedan estas galletas como a ti, le estás mezquinando algo’, y digo ‘noo ¿por qué? Si toditos tenemos derecho a trabajar,’ uno tiene que saber cuánta azúcar echarle, cuánto de cada cosa. El azúcar es medido, la harina igual, leche hasta que quede en su punto, pero si le faltó azúcar a esa masa cuando se la esté estirando prrrr se recoge, ¿y qué le está faltando? Pues azúcar”, afirma.

Sus manos son benditas para las creaciones. También hace “mano negra” y enyucados, pero sin duda su fama y popularidad se han expandido gracias a las galletas de limón.
Mara Luz Ayola ha llegado a comprarle una veintena. “Vente a las 4 que ya están listas”, le responde la señora Eli.

Hace años, cocinaba en un enorme caldero, que funcionaba como horno poniéndole una tapa encima y echándole “una miguita” de harina por dentro. A carbón y tedioso, porque el proceso de cocción tardaba horas. “Yo asaba en caldero. Tres bindecitos (piedras para hacer el fogón), coge uno el carbón y prende pa’ que dé brasita y arriba tiene una ‘táttara’ (tapa) y le echa una miguita de harina al caldero y ahí echa las galleticas, ahí se van asando”, explica.

El nuevo horno es su más preciada herramienta, claro está después de sus manos con sazón de repostera. En 20 minutos más o menos están las galletas, “la hora si no la tengo medida porque yo hay veces que ando hablado contigo, veo y ¡miércoles, se quemaron las galletas!

La difunta Ana Carmela Hernández le enseñó hace ya más de veinte años a hacer las galletas, decidiendo Eli probar a ver si le salían buenas o malas. Tal cual le enseñó Ana así las hace, “y desde la primera vez me quedaron espectaculares”, dice contentísima.

La casa de Elia queda al lado de un arroyuelo donde antaño, los niños se bañaban. Es una enorme casa de esquina donde vive con su esposo y sus hijos, desde donde ha construido un emporio de galletas que más que dinero, le ha dejado una enorme satisfacción personal. Hará galletas toda su vida, eso quiere.

Eli sonríe. “Me preguntan que si yo no me canso de hacer tanta galleta y yo digo, no y ¿por qué me voy a cansar?”.

                             (...)

La periodista Patry Lora, del El blog Monteriano, afirma que de esta galleta nace el popular dicho: “más empolvá que una galleta de limón”. 



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