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En la Heroica no se juega bolita de uñita como antes

Solo esperaba que amaneciera febrero para tirar el trompo. Que asomara marzo para jugar bolita uñita. Que llegara abril para rodar el yoyó. Mayo para “romperse” un hueso de la mano derecha con la coca de madera. Y agosto era para volar “pandongas”, barriletes o cometas, este último nombre importado del interior del país. Fútbol con bola e’ trapo sí había todo el año, igual que la “tapita”, o “checa” en Barranquilla.

Vaya que los tiempos han cambiado. Hace veinte años, Guillermo Martínez o Guillo -como le dicen en Los Calamares- era dueño de un arsenal grandioso: nueve trompos, tres cocas, siete yoyos y trescientas bolitas de uñita que guardaba cuidadosamente en tres tarros de manteca y un par de medias viejas. Ahora casi no hay ni espacio para jugar fútbol en las calles atestadas de carros.

¿Recuerda la rayuela? ¿Le suena el escondido? ¿Dónde está el Jimmy? ¿Fusilado? Esos juegos “criollos” se han perdido de las esquinas heroicas. Es difícil encontrar a los “pelaos” disfrutando de aventuras físicas, en las que solo se necesitaban ganas, tiza, balón, cabuya o checas.
Ya no existen esas ansias en vacaciones de que llegue el día siguiente para salir a “pelarle” los trompos a los “vales”. Nada. Es que ni siquiera se encuentran trompos “manuales”.
***
Voy a Bazurto, almacén por almacén. Pregunto por trompos, bolitas de uña y yoyos...¡no hay! Solamente encuentro cocas. Hasta el mercado está cambiando.

La ciudad crece. Un informe del DANE muestra que en 1983 la ciudad tenía 700 mil habitantes; en una proyección que se hizo en 2009 del Censo de 2005 hay 971 mil 700 habitantes. Se podría decir que en los últimos treinta años la población ha crecido vertiginosamente, más que los 450 restantes.

Sumemos a eso el fenómeno urbanístico y los juegos del computador, internet y sobre todo de teléfonos inteligentes reemplazaron la calle hace rato. El suelo, dueño de muchas de las “cocás” en las rodillas de los que nacieron hace veinte años, era el que ofrecía los mayores atractivos de diversión.

Y es que en Colombia hay más celulares que personas. Lo confirma el informe presentado por el Ministerio TIC,  al finalizar el 2014: el total de abonados a la telefonía móvil fueron 53 millones 583 mil 664, mientras que el número de habitantes no supera los cuarenta y ocho millones. Los niños, niñas y jóvenes de esta época ocupan su tiempo libre en el “barrio virtual” que ofrece la tecnología. Pocos salen a jugar a la esquina.

Para el sociólogo Jair Vega, los juegos recreativos como el trompo o las bolitas de uñita obedecen a una sociedad de barrio que ya no existe. “La calle antes no era un sitio de peligro ni riesgo, la violencia no estaba tan marcada, no había tanto tráfico; hoy no existe espacio para el juego de la misma manera. Y aquí entra el desplazamiento urbano: hace veinte años la gente vivía en enormes casas y las puertas estaban abiertas por doquier, se compartían espacios comunes, las casas no tenían rejas, etc. Hoy son más los edificios y conjuntos cerrados”, apunta Vega.

La electrónica ha reconfigurado los juegos y los ha convertido en virtuales, “por eso hoy ya no nos paramos con los amigos en la esquina a conversar, sino que lo hacemos por chat”, explica el sociólogo. Con los virtuales, añade Vega, se pierde la base territorial, la vida de barrio que uno tenía, la cancha de tierra, dejando atrás las habilidades físicas.

Guillo -el del segundo párrafo- cuenta que lanzaba el trompo con la pita y lo agarraba con la palma de la mano, que era capaz de pegarle a una bolita de uñita tirando a una distancia de un metro. “Esas destrezas son casi imposibles de encontrar hoy. ¿Cuándo vas a volver a ver tú a un pelaito de Los Calamares bailando un yoyó o haciendo trucos con el trompo? Yo creo que nunca, porque ahora no quieren soltar el celular”, expresa.

Bien lo dice el periodista e historiador Carlos Arturo Fuentes: “los juegos ‘criollos’ corresponden a un período en los que solo había medios de comunicación como la radio y los periódicos. De allí nos informábamos de lo que pasaba en el mundo; entonces la prensa y la radio pertenecían además a una sociedad local y no global como la que vivimos hoy, donde televisión e internet ocupan gran parte del tiempo de las personas”.

Volviendo a jugar con tierra
Llego a la calle Líbano del sector El Progreso, en Olaya Herrera, a orillas de la Ciénaga de la Virgen. Huele a fango, a tierra húmeda, a niño sudado, a fútbol callejero, a “pistoleros”.

Detenida en el tiempo encuentro esta callecita angosta, a la que solo se puede entra de frente en un carro y salir en reversa.

Ahí están “los Tartaritas” curtidos de arena, dos niños del barrio a los que cariñosamente les dicen así porque su papá arregla tártaras. Están jugando con un balón que hicieron de trapo y aserrín. Con ellos está una que le dicen la Negrita...también Nicolle, Andrés, Gabriel, Yeimer, Yanelsy, Yinet, Estiven, Pedro y diez niños más pateando el “balón”.

Detienen el juego y van a la orilla de la Ciénaga. Saltan la cuerda frente al ancho y contaminado cuerpo de agua que expulsa un hedor fétido. Lo hacen bien, son hábiles, se nota la práctica, se nota que usan poco la televisión, que no andan con celulares.

Sus casas son de palo y arena. Viven encima del relleno de La Virgen. A lo lejos se percibe un agradable olor a arroz de coco frito. Aquí se come buen arroz, poca liga, pero buen arroz.

“Ufff, seño -me dice un niño-, nosotros aquí saltamos cuerda tos’ los días”.

La de ellos no es la realidad de todos. La ciudad ha dejado atrás al grupo. La vida se individualiza cada vez más. Antes el televisor juntaba a las familias, hoy cada uno tiene el suyo en el cuarto.

Y eso, para Vega, no está mal. “No creo que se recupere esa tradición y la idea tampoco es volver. No es como el cuento de que todo tiempo pasado fue mejor, repensarse está bien. Hay que mirar el origen  de los parques, para qué son. Hay que reconfigurar el espacio público para el encuentro de la gente y a lo mejor allí resurjan la rayuela, el trompo y el Jimmy”.

Ya lo decía la canción del maestro Fredy Molina: “No volverán los tiempos de la cometa, cuando yo niño, brisas pedía a San Lorenzo”. Báilame ese trompo en la ‘uña’.

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