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En la "vuelta" de la resocialización

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“Qué bueno es que por donde pases te señalen por hacer cosas buenas y no por haber robado algo a alguien”.

Fernando, Nelson y Jhon, se acogieron al programa Jóvenes Íntegros, liderado por la Secretaría del Interior de Cartagena y culminaron un proceso de resocialización que les permitió salir de un mundo oscuro que los terminaría llevando, quizá, a la muerte. Hoy dicen con mucha convicción que lograron superar todos sus problemas y solo están centrados en lograr sus metas y sueños.

Esta es la historia de tres jóvenes en riesgo que cambiaron el rumbo de su vida para superarse. La mejor decisión que han tomado.

(...)
En una callecita del barrio Boston, un poco alejada de la avenida Pedro de Heredia, se encuentra Fernando, un joven de 26 años a quien hace tres años un disparo lo dejó en silla de ruedas.

“Un 15 de diciembre empecé vacaciones. Yo estaba trabajando en una empresa. Decidí celebrar después de dos meses de trabajo sin descansar. Me puse a tomar licor y amanecimos... Como a las 6 de la mañana un señor comenzó a discutir con un amigo mío, pero yo entré a aplacar la pelea y le dije que dejara la pelea... sacó un revólver y me disparó. Yo pensé que me iba a morir, le pedí a mi mamá que me perdonara y que cuidara a mi hijo. Estuve grave”, narró Fernando con una mirada lejana al recordar el día en que dejó de sentir sus piernas.

Dice que fue malagradecido con su madre, que fue rebelde y desobediente al no escuchar sus advertencias. “Uno cree que la vida es... la verdad es que yo antes caminaba y me creía un ‘machoman’, yo hasta estuve preso porque era un ‘pelao’ que no pensaba en nada, pero ya no me gustaría hablar de eso”.

Con esfuerzo se graduó hace pocos días como bachiller en la Institución Educativa Omaira Sánchez y su sueño es ser cantante. Un joven de buen corazón escuchó una de sus canciones y se comprometió a ayudarle en sus estudios de música.

“Desde niño me ha gustado la música, compongo canciones y siempre he estado enfocado en la música. Con la ayuda de la Fundación Renovación y Esperanza he tenido un cambio de vida drástico, porque he tenido muchas oportunidades, he aprendido muchas cosas, y sobre todo a pensar en la superación”, dijo mientras estaba sentado sobre su cama, en su habitación, rodeado de fotos y esquelas de amor que le ha regalado su novia.

En otra zona de la ciudad, en el barrio Nuevo Paraguay, están los otros dos jóvenes. Bajo un árbol de Limón me esperó – muy puntual- Nelson. Estaba sentado sobre unos troncos, donde muy seguramente antes se sentaba con un fin distinto. Me habló sobre su pasado, lo que ha hecho para cambiar y lo que espera para un futuro cercano.

“Yo me retiré del colegio por el conflicto, por las peleas. Yo estudiaba en el Fernández Baena y no podía bajar porque los de acá se enfrentaba con los del Paraguay... cuando iba por allá me ‘baqueteaban’ (se refiere a que lo atacaban o perseguían para agredirlo). Mi mamá siempre me decía que me retirara de esos grupos porque iba a buscar la muerte, porque no peleábamos nada, era solo para creernos más fuertes que los otros”.

Con 23 años, Nelson es padre de dos hijos de 5 y 3 años, cursa el ciclo IV de bachillerato (correspondiente a los grados 8 y 9) en la Unad y terminó un curso de jardinería en la Escuela Taller Cartagena de Indias. Ahora desea estudiar soldadura y tener un mejor empleo para sacar adelante a su familia.

Bajando la calle, a escasos metros, hay un parque. Allí están varios jóvenes de la fundación haciendo limpieza. Se acerca Jhon con una mirada pícara y a la vez intimidante. El inicio de la conversación con él no fue la más amena.

-Hola, mucho gusto, dije. Me sujetó fuerte la mano y me miró fijamente al tiempo que decía su nombre.
-¿En qué andan?, pregunté para romper el hielo.
-Aquí, viendo pasar el tiempo, me respondió en tono sarcástico.
- Y... ¿ya terminaron de limpiar el parque?, cuestioné nuevamente.
- La verdad no sé, ahora fue que llegué. Me acabo de levantar. (Eran casi las 11 de la mañana).

Seguí conversando con Nelson y otros muchachos, pero luego, Jhon, quien en principio dijo que no daría más entrevistas porque ya lo había hecho en ocasiones anteriores a este medio, contó toda su historia espontáneamente. Aquel joven que infundió miedo en mí, obtuvo mi atención por más de media hora con su relato y manera de expresarse, algo que no se espera de alguien que se dedicaba al hurto.

“Cometí muchos errores y creo que todos hemos cometido errores, pero lo importante es que hay que dejar eso a un lado, porque para poder tener éxito tenemos que ser personas de bien y depende de lo que uno haga en esta vida... eso mismo recibirá. Yo hoy puedo decir que soy otra persona”.

Con mucha convicción y positivismo dice que será un excelente bombero de la ciudad, ya que se capacitó con esa institución a través del programa Jóvenes Íntegros de la Secretaría del Interior. “Ahora quiero hacer todo lo contrario a lo que hacía antes. Antes ponía en peligro la vida de las personas y hoy quisiera salvarlas si están en peligro”.

“Yo crecí sin un padre. En mi casa pasamos tiempos difíciles, desde que tengo uso de razón vi las drogas y las identificaba. A pesar de todo mi mamá trató de estar pendiente, por eso creo que no fui tan malo, pero ella pasaba trabajando como empleada doméstica para conseguir lo poco para comer que teníamos y no podía estar al cien por ciento pendiente (…) pero los niños siempre tratan de imitar lo que los grandes hacen y eso fue lo que aprendí de otras personas. Ahora siempre ayudo en la fundación y sé que tengo potencial para atraer gente, tengo liderazgo”.

Jhon relata que un día salió al parque. Tenía detención domiciliaria y dejó el brazalete electrónico en su casa. En ese momento no encontró lo que esperaba pero sí lo que le ayudaría a cambiar. En ese parque estaban los miembros la fundación y desde entonces se fue alejando del rumbo equivocado.

Sus casos, aunque distintos, tuvieron un pasado similar, lleno de errores, conductas irregulares y rebeldía, pero lo más importante es que fueron capaces de analizar su situación y “cambiar el chip” para dar un vuelco a su historia. ¡Ya no andan en la “vuelta”!, como dicen.

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