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En las sombras de Soledad Román

El halo de esta mujer está en la casa. En la cama pequeña, nupcial, solitaria, con su toldillo vaporoso que aún pervive en el segundo piso de la casa en el Cabrero. En los espejos y cofres.

En el semblante delgado, el espíritu desenvuelto, independiente, aguerrido, que se percibe en sus fotografías y en el retrato personal que hizo el poeta José Asunción Silva al llegar aquel 20 de agosto de 1894 a Cartagena de Indias.
En una de estas cartas firmadas por Silva evoca la vitalidad y la gracia de Soledad Román, quien lo paseó en coche por las calles del centro amurallado, lo invitó a beber vino, lo llevó a la botica Román, fundada por su padre, y le enseñó su propia cigarrería “El Dique”, en la que ella negociaba tabacos. Entre las sorpresas de aquellos días ella misma le recitó de memoria sus Nocturnos, le enseñó una fotografía que ella conservaba de Elvira, la hermana del poeta. Fueron días de una intensidad y enormes perplejidades para Silva. La apertura del tren que partió hacia Calamar en la que uno de los primeros pasajeros fue el mismo poeta, colmó de emociones y palpitaciones al visitante. Pero en todo ese registro de cartas, sobresale Soledad Román, bajo la sombra meditabunda y recia de Rafael Núñez.
Sólo hay que cerrar los ojos e imaginarse a Soledad Román recorriendo las calles de Cartagena de Indias en 1894, abrumando de atenciones a Silva. Y pensar que en aquella sociedad conservadora, excluyente, prejuiciada, reprimida, una mujer como Soledad Román, la esposa del cuatro veces Presidente de Colombia, Rafael Núñez, era contemplada con los ojos dobles de la malicia, el chisme, el murmullo y la especulación. Jamás le perdonaron los adversarios políticos de Núñez su matrimonio civil con Soledad Román. Y que ella misma hubiera participado en la evasión de Mariano Ospina Rodríguez de una de las mazmorras del centro amurallado. Vivía apasionadamente junto a su esposo una vida “paralela y antípoda”, y tenían conflictos religiosos y políticos, pero siempre lograron convivir armónicamente en medio de las diferencias. No fue una heroína pero cumplió un “influjo sereno y un impacto definitivo en la formación de la nacionalidad”, apunta Juan Gabriel Uribe.
Todo era motivo de chismorreos: la pareja dormía en alcobas separadas. Se conservan las dos camas en el museo de El Cabrero, los 215 artículos de la Constitución de 1886, los dos escritorios en los que escribía Rafael Núñez, el retrato magistral que le pintó Epifanio Garay, los aguamaniles en cada cuarto, el retrato de Soledad a sus 25 años, el juego de vajillas, una lámpara de bronce, unas mecedoras vienesas, los libros de Núñez, el piano de cola, los espejos austríacos, el gramófono, cartas manuscritas con el pulso nervioso del dueño de casa, el aroma dormido en las botellas del siglo XIX, las señales de sus habitantes.
Tal como lo ha contado ahora María Espinosa de López en una breve e interesante semblanza sobre Soledad Román, con la que ha ingresado a la Academia de Historia de Cartagena de Indias.
La casa guarda el espíritu de esos dos seres gigantescos que fueron decisivos en los destinos de la nación colombiana. Todo parece intacto, como la pluma a punto de deslizarse por el papel, en las manos ausentes de Rafael Núñez. Por las tardes, el viento estremece los viejos cocoteros y por la madera sube el suave aliento salado del mar. Todo en Cartagena de Indias parece signado a lo sobrenatural. Llegué una tarde a preguntar por la directora del Museo del Cabrero y mi perplejidad fue mayor cuando supe que se llama Soledad Román. Lo que faltaba. Llegamos donde queríamos. No me extraña que alguien llegue a trabajar en esa casa y se llame Rafael Núñez. En Cartagena de Indias todo eso es posible. Soledad Román se sonrió y me dijo sin ínfulas que era pariente de la legendaria Soledad Román y me condujo a recorrer un poco los silencios de la casa y a reencontrar a Soledad Román en los objetos. La mujer sobrevivió treinta años a su esposo. Aquella Soledad Román cerró sus ojos el 10 de octubre de 1924. Tenía 89 años. Bajo la blancura del mármol de la Ermita, reposan sus restos. Junto a él. Aún sigue dando de qué hablar.

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