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En noviembre suena Pie Pelúo

El hombre que llevaba el enorme bajo recostado en el pecho, era Pedro Laza. Era menudo, tímido, discreto, escurridizo, y casi ya no salía a la puerta de su casa en la calle Cochera del Hobo. No preciso cómo llegué a su casa. Tal vez fue Alfredo Pernet Morales, quien me guió hasta allí. Pero al llegar, Pedro Laza, una leyenda viviente de la música popular de Cartagena, me recibió con una serena y dulce bienvenida, y me señaló una de las mecedoras de su casa.

Le dije que yo compraba su música sin saber quién era en los bazares caóticados de la Montería de los años setenta. Pero toda su música me hacía feliz, y era capaz incluso de olvidarme de todo, hasta de la pobreza. Una noche de julio trece, día del cumpleaños de Yolanda Ester Guerra, mi madre, una banda gigantesca se tomó mi casa de la calle 31 con 7 en Montería, en donde vivíamos.

Honorio Tatis, mi padre, quiso darle la sorpresa musical a mi madre llevando una banda de viento, una “chupacobre”, decían despectivamente mis vecinos. “Una pelayera”, les aclaraba mi padre. No sé cómo en el aturdimiento de la felicidad, mi padre pensó que la banda no llegaría a la casa cuando eran ya las ocho de la noche, y entonces decidió llamar a una segunda banda, que llegó con la velocidad de la solicitud.

Y no terminaron de bajarse de los tres jeeps en donde venía la banda, cuando otros jeeps se estacionaron en la puerta de la casa: era la primera banda. Así que yo jamás vi a tantos músicos reunidos en la sala de mi casa, por gracia de mi padre, que ante el desconcierto de mi madre, resolvió el asunto de manera salomónica: “Que se turnen”.

Y tuvimos dos bandas de viento. Uno de esos músicos nombró en la noche a Pedro Laza, que no había venido nunca al Sinú pero tocaba con músicos de la Sonora Cordobesa. En aquellos días lejanos encontré un tesoro callejero: Banda de la Boquilla, que tenía en la carátula dorada un negro feliz tocando el bombardino, y al fondo, acaso la silueta del mar con sus bohíos de palma.

Los porros nos devolvieron una alegría inusitada, y junto al arará mentolada que rallaba mi madre para aliviarme en mis caídas, no faltó nunca un porro a tiempo para contrariar los mediodías inciertos de arroz con lentejas que mi madre convertía en manjares de la nada.

Yo había iniciado una siembra improvisada de tomates en el patio para alegrar aquel blancor del arroz pilado, y siempre que la mesa estaba servida, aparecía con mis tomates.

La vieja radiola o el viejo tocadiscos molieron sin cesar porros de Pedro Laza y de un señor invisible que hizo la sembradura de porros desde la década del veinte: Alejandro Ramírez Ayazo, el autor de María Varilla, himno de todos los pueblos del Sinú. Cuando el concierto de las dos bandas había afinado nuestra alegría hasta las lágrimas, mi padre le pidió a los dos directores que tocaran Tristezas del alma.

Esa música, me dijo mi madre, me hace recordar el tono triste de las procesiones y los entierros, tiene una belleza profunda que nos hace llorar a todos. Así que entre lágrimas alegres Yola y Honorio bailaron aquel porro, con la ceremonia que tiene la música cuando se ha quedado a vivir para siempre en el corazón.

Aquella noche fue una de mis grandes emociones de muchacho en el Sinú. Poco después tuve la experiencia de ir al Festival del Río Sinú y meterme en la rueda del fandango.

Quien no haya ido jamás a un fandango no podrá imaginarse cómo es eso de una vela encendida que a la vez enciende el cuerpo y el alma mientras todos bailan como en un círculo gozoso. En aquellos días yo me perdía los sábados tan solo para escuchar a Goyo Valencia contando historias sobre los porros. Al llegar a Cartagena, le pregunté a Alfredo Pernet si conocía a Pedro Laza. Fue él quien me dio la dirección de su casa, pero no recuerdo en qué instante toqué a su puerta.

Y su visita se volvió frecuente y alentadora. Un día, Pedro Laza sacó una selección de algunos de sus porros y me firmó con su mano temblorosa el álbum. Conservo esa grabación. Pedro Laza abrió sus álbumes de fotos que tenían crucecitas en tinta negra: “Son los amigos músicos que han muerto”, y entre ellos estaba un joven bolerista legendario que había cantado en su orquesta: Daniel Santos. No tenía aún la cruz de la partida.

En los albores de los ochenta le conté de mi encuentro a mi amigo de infancia, Luis Germán Porras, quien ha coleccionado toda su vida los buenos porros de Cartagena y el Sinú. Fue él quien me presentó a Émery Barrios Badel, el más apasionado investigador de la música popular de Cartagena y el Caribe, y fue él quien nos compartió su música que encontraba como tesoros ambulantes en los puestos de música de acetatos de segunda mano. Émery cogía una peinilla y la forraba con una panola roja y curaba los surcos de los discos rayados.

Toda su vida hasta la madrugada de su muerte, coleccionó música, y su felicidad era que llegara noviembre. Junto a Émery, la vida nos premió con dos amigos melómanos y estudiosos de los fenómenos sonoros: Jorge García Usta y Édgar Gutiérrez. Los tres están hoy en la parranda del cielo. Pero su recuerdo nos devuelve al cascabel de la música compartida.

Pedro Laza me contó que la bella canción Pie Pelúo, la más conocida de las obras que aparece en el acetato Fiesta y corraleja, surgió de una visita a la zona de tolerancia de Tesca. En uno de los bailes, Pedro vio un enorme lunar velludo en el pie de una mujer de color melaza. 

Clímaco y Rufo Garrido fueron cómplices de este descubrimiento que se convirtió en un himno de las Fiestas de Independencia. Laza nació en 1904 en Cartagena, pero nunca había ido a conocer el Sinú, solo a través de los porros. Nos contó que el nombre fue una ocurrencia certera de Antonio Fuentes, el fundador de Discos Fuentes, que sentía que al nombre le faltaba algo.

Y de repente gritó: “¡Pedro Laza y sus Pelayeros”. Curioso que Laza, que grabó con la Sonora Cordobesa, con la Orquesta Sincelejo, Luis Enrique Martínez y Alejo Durán, no hubiera emprendido ese viaje al Sinú. Grabó con Daniel Santos, Nat King Cole, Libertad Lamarque, en la pesquisa endiablada de Émery, pero no llegó a Montería. Una noche fuimos William Fortich y yo a su casa, y la sorpresa fue mayúscula cuando Pedro Laza confesó: “No conozco a San Pelayo, tierra musical”. William lo invitó. Pero murió antes.

DATOS:

Antonio Fuentes  le pedía a los músicos de Pedro Laza y sus Pelayeros que tocaran como si estuvieran en cualquier plaza de Cartagena. en un patio o en la sala de nuestra casa. La música se quedó a vivir para siempre en la memoria.

Pedro Laza estaba feliz porque iría a conocer a San Pelayo y el Festival del Porro, invitado por su director William Fortich. Pero la muerte impidió ese deseo. La música de Pedro Laza y sus Pelayeros tiene raíces sinuanas.



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Comentarios

Música para todo el año

¿Quien dijo que la música de Pedro Laza es solo para Noviembre?,ese es un invento de las emisoras,la gente se alegra todo el tiempo al oir y bailar un porro,no es solo en Noviembre,se debe tocar esta música todo el año,se lleva en la sangre.