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Entre el guardián y el rehén

Es bajito, de contextura gruesa, habla hasta por los codos; y, cuando sonríe, deja ver con orgullo su diente de plata.

¿Quién pensaría que este simpático hombrecillo era el ideólogo del Frente 37 del grupo guerrillero Farc? Más aún, el cuidador estrella del excanciller Fernando Araújo Perdomo, secuestrado en 2000.

Camilo fue uno más de los desempleados que dejó la recesión económica colombiana en la década de los 90, de modo que con la liquidación de su último trabajo invirtió en ropa de segunda mano y se dedicó a venderla en las famosas pacas del Mercado de Bazurto.

El lugar era frecuentado semanalmente por un tipo que le compraba mercancía. Camilo le guardaba las mejores pintas. Pronto se convirtió en su mejor cliente y hasta en su amigo. Algunas veces se iban a tomar cervezas juntos y a quejarse del Gobierno y de cómo las malas decisiones de algunos gobernantes los tenían jodidos.

El extraño hombre dejó de frecuentar el lugar por tres meses. Luego apareció diciendo que ya había hablado con su jefe y que el trabajo era de Camilo, si lo quería.

Sería supuestamente un mensajero y tendría ingresos de hasta 1 millón de pesos mensuales. Ese día le dio una suma de dinero y le dijo que volverían hablar.

A los 15 días, regresó diciendo que el jefe quería verlo; y que si estaba dispuesto hablar con él, tenían que viajar hasta una finca.

“Me imaginé que era con un ganadero, por aquello de la finca. Nos encontramos en el cementerio Jardines de Cartagena. Me dio 20 mil pesos para el pasaje hasta Ovejas, pero me dijo: 'ni tú me conoces, ni yo a ti'. De ahí me empezó a parecer rara la vaina”, cuenta el desmovilizado.

En el bus se sentaron en puestos diferentes, como un par de extraños. Llegaron hasta Ovejas (Sucre) y de ahí salieron para el municipio de Chalán. Llegaron a una tienda a eso de las 2:00 de la tarde; y, estando allí, Camilo notó que su compañero de viaje era muy popular y saludaba a todos con familiaridad.

Se quedaron en ese lugar hasta el anochecer, cuando llegaron dos caballos que los llevarían a su destino. Mientras se adentraban, empezó a ver gente uniformada con brazaletes lo suficientemente grandes que decían Farc. En ese momento supo lo que le esperaba.

Llegaron a un campamento y de inmediato lo mandaron a dormir. En la madrugada lo despertaron y vio a su nueva familia: los integrantes del Bloque 37.

Cuenta que a las 10:00 de la mañana le presentaron al líder de ese bloque, Martín Caballero. Es más, fue el cabecilla del grupo guerrillero quien le puso el seudónimo de Camilo. Sin embargo, el cartagenero le dijo que agradecía su oferta, pero que a él le habían dicho que trabajaría de mensajero.

“Me dijo que efectivamente yo iba a ser el mensajero, porque mi labor consistía en llevar las encomiendas a las ciudades. Acepté. Ya estaba metido en el queso”, dice.

Durante esa primera semana recibió entrenamiento físico e ideológico. Todas aquellas ideas del marxismo y el comunismo iban penetrando su mente y muy pronto cambió su forma de pensar.
Lo mandaron a la ciudad y su trabajo consistía en repartir el dinero a los presos políticos; y éstos, a cambio, le suministraban información valiosa en disquetes. Sólo tenía que subir cada ocho días por más dinero.

A los tres meses de estar en ese trabajo, Martín Caballero le pidió que se internara con ellos, que sería el educador del frente y, por tanto, debía enseñar a leer y a escribir a los guerrilleros. Y no eran pocos los iletrados.

También le correspondía asumir el rol de ideólogo. Fue así como todas esas ideas marxistas y comunistas que un día aprendió le tocaba compartirlas con los nuevos integrantes del bloque.
“Así fue mi ingreso formal. De ahí pa´ allá no volví a bajar. Perdí comunicación con los viejos, con todo el mundo, 8 años en esas”, relata.

De verdugo a amigo
En una ocasión, estando ya en Los Montes de María, el jefe del bloque le dijo a Camilo que haría parte de la comisión de cuido de Fernando Araújo. Sin embargo, le explicaron que estaba prohibido hablar con los retenidos.

Ese día el excanciller estaba haciendo su rutina de ejercicios en el pequeño rectángulo que se había convertido en su hogar. Trotaba, saltaba, hacía flexiones de pecho y hasta abdominales todos los días. Cuando vio que habían cambiado al guardia lo saludó de manera enérgica: “Buenos días, ¿Cómo estás? ¿De dónde eres tú? ¿Cómo te llamas?”

Camilo guardó silencio e ignoró al retenido. Esa era la orden, no hablar con ningún secuestrado.

Al rato, Camilo estaba hablando con otros guerrilleros y Fernando le escuchó el acento y volvió a abordarlo:

-Tú no eres de aquí. Eres cartagenero.

-Usted lo ha dicho.

A partir de ahí se rompió el hielo y comenzó una amistad. Camilo le contaba qué tan desarrollada veía la ciudad y que se había muerto una tal Vicky Yidios. Araújo le dijo que ella era muy buena amiga de él y que era modelo. En la selva había tiempo para hablar de todo: de boxeo, natación, etc. Uno de los mejores planes era escuchar el programa radial Historias del mundo, de la filósofa e historiadora Diana Uribe.

Ya en la selva se había regado el rumor de que entre Camilo y uno de los retenidos más valiosos que tenía la Farc existía mucha confianza.

Para evitar cualquier percance, decidieron quitarlo de esa comisión. Pero al poco tiempo lo regresaron y fue ahí cuando se fortaleció la amistad con Araújo.

“Le dije que me enseñara algo de cartografía, porque él sabe del sol, la luna. Después le dije a Martín Caballero que él nos podía dictar un curso de inglés. Así que se convirtió en el instructor de inglés de Caballero, una radista, otra persona ahí y yo. Nos enseñaba la pronunciación y todo”.

Recuerda en especial que Araújo le decía que saliera del monte, que se desmovilizara, que allí no había posibilidades y que lo estaban explotando.

“Yo estaba más pendiente de él, que de los demás. Trataba de que no le faltaran ni el agua, ni la comida. La orden era que si él iba a orinar, yo tenía que ir detrás, pero la verdad es que no lo hacía. Confiaba en que no se iba a volar”.

En el bloque se enteraron de que Camilo no estaba prestando la guardia como era y lo sancionaron. Lo pusieron a cocinar por cinco días y le tocaba hacer hasta cincuenta viajes de leña. Por fortuna, el calor le hinchó la cara, y a los lideres del bloque les tocó suspender el castigo.

Lo mandaron esa vez para el departamento del Magdalena. Se abrazaron y hasta lloraron juntos el día de la despedida.

“Me dijo: 'viejo Cami, nos vemos. Pero en otra parte y en otra ocasión”.

Estando en el Magdalena escuchó por un radio pequeño, que siempre cargaba, que el campamento de Martín Caballero había sido asaltado por tropas del Ejército y de la Armada. Escuchó que habían matado a Martín, a su esposa y a su hijo.

A los días, mientras buscaba leña para el desayuno, escuchó que Fernando Araújo se había escapado. Se emocionó tanto que expresó en voz alta una frase que pondría en riesgo su vida: “Erdaaaaaaa, pegué un brinco de la alegría y dije: 'No joda, se fue Fercho'”.

Sin imaginarlo, un guerrillero que estaba cerca lo escuchó e informó a varios uniformados lo que había expresado Camilo.

Lo mandaron a un consejo de guerra y él se defendió como pudo. No le hicieron nada, sólo le quitaron el fusil. Así que él presentía que pronto se acercaba su final.

A los pocos días estaba prestando guardia con una compañera y ésta le confesó que lo iban a mandar a una misión al municipio de El Difícil y allá lo asesinarían.

Camino a ese lugar, hicieron una parada para comprar algunos víveres. Una señora que tenía su casa en la carretera los ayudó y permitió que esa noche cocinaran allá.

Camilo siempre cargaba una cuchara con la que revolvía la comida. Esa noche la dejó a propósito en la casa de la amable mujer. Caminaron, aproximadamente, 15 metros arriba y ahí se instalaron. A la mañana siguiente, la guerrillera que cocinaba comenzó a quejarse de que habían dejado olvidada la cuchara y así ella no iba a cocinar.

El comandante de ese bloque mandó a Camilo a buscar la cuchara, y le dijo que aprovechara y borrara las huellas que ellos habían dejado en el camino la noche anterior.

Recogió el implemento y caminó derecho sin rumbo fijo. Durante todo el camino recordaba las palabras de Fernando cuando le decía que se fuera de ahí, que se desmovilizara. Era ese momento o nunca.

Tenía temor de que alguna patrulla lo capturara y no creyera que se iba a entregar. Un camión de un lechero lo acercó hasta la estación de policía de El Difícil y ahí fue su entrega.

“En la entrada de la estación había un policía y le dije: 'compa, me vengo a entregar. Soy guerrillero del Frente 37', pero el policía creyó que yo era un loco, porque venía de civil y sucio. Le saqué mi pistola y fue cuando me creyó. Esa fue mi entrega”.

Exigió un cura y la defensora del pueblo. Necesitaba tener garantías. En la selva les dicen que cuando alguien decide desmovilizarse, lo desaparecen.

“De ahí pa' allá, mi vida cambió. Todavía están esperando la cuchara, porque no regresé más”, dice riéndose.

Lo llevaron a la base militar de Plato (Magdalena) y lo visitó un general para preguntarle cómo lo habían tratado y si lo habían golpeado.

Mientras conversaban, le preguntó qué pasaría si a Martín Caballero le dieran de baja. El desmovilizado respondió que si eso ocurriera, el bloque 37 desaparecería. Así fue como el oficial le contó que Martín estaba muerto.

Lo llevaron a una casa de paz en Bogotá y, por medio de la jefe de prensa del Ministerio de Defensa, quien contactó a su colega de la cancillería, se logró el reencuentro entre el exguerrillero y Fernando Araújo.

Tal como se lo había prometido el excanciller, se volvieron a ver. Esta vez en otro lado y bajo otras condiciones. Araújo lo motivó a que estudiara y hasta lo ayudó a conseguir un trabajo en una empresa de construcción en Cartagena. Actualmente sigue laborando y mantiene contacto con su antiguo rehén.

“El viejo Araújo me abrió los ojos. Si no fuera por su cantaleta, seguiría en el monte o estaría muerto. Ahora estoy más libre que nunca, porque yo también me sentía secuestrado en la selva”, concluye el guerrillero del desaparecido frente 37 de las Farc.



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