Entrevista con el hacker

27 de noviembre de 2016 07:00 AM

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Yohan* debió advertir la indignación en mis ojos, pero también debió notar la creciente expresión de interés y asombro en mi rostro porque no se detuvo mientras me confesaba que me había hackeado.

Con puntualidad cronométrica, Yohan me esperaba en uno de esos sillones de diseño que abundan en cualquier café del centro de la ciudad de Cartagena. El reflejo luminoso de nuestros espejuelos de aumento se cruzó en cuanto di el primer paso para acercarme.

-¿Qué más? – me saludó a la distancia con una claridad que desafiaba las leyes físicas del sonido en ese ambiente plagado de murmullos, risas y vapores de máquinas de café.

Los hackers generalmente son representados en los medios y la ficción envueltos en sombras, con capuchas amplias que cubren un rostro que responde al fenotipo de una persona tímida y ensimismada. Sin embargo, Yohan podría pasar por el director de relaciones públicas de alguna multinacional afamada en el país. Su sonrisa amplia revela unos dientes muy blancos y exhibe unos ojos tan claros y grandes como el policarbonato de sus lentes sin marco. Su camisa verde manga larga parecía hecha a la medida de su estatura y esbeltez. Los dos primeros botones sin apuntar de la camisa le restaban elegancia a su atuendo, pero le confería un tono casual y fresco digno de un hombre exitoso rozando los treinta años. El cabello perfectamente cortado hacia atrás se balanceaba sin enredarse y el cutis parecía estar listo para rodar cualquier escena de una superproducción hollywoodense aun sin maquillaje.

Antes de que pudiera dudar de mis habilidades sociales para comenzar la entrevista, Yohan desvió mi atención señalando el celular que descansaba en la mesa.

-Se descargó mi celular y necesito llamar un cliente ¿me regalas un minuto? -
-Claro que sí- respondí casi de inmediato mientras le acercaba mi móvil con la pantalla de marcación lista.

Marcó rápidamente y habló en monosílabos anotando unos números en una servilleta. Aunque esta pausa inicial me dio tiempo de plantear mejor mis primeras preguntas, una vez me devolvió el aparato disparé una pregunta que destruyó la estructura inicial que había planteado para ese encuentro.

- ¿Por qué lo hiciste? -
- ¿A qué te refieres? - preguntó mientras los músculos de su rostro se tensaban.
- ¿Por qué me hackeaste? Violaste la confianza que tenía en ti- le dije con dureza y frialdad.
-Entiendo tu indignación. Pero tú también tienes algo de responsabilidad- su semblante regresó a la normalidad.

La expresión de mi cara fue suficiente para transmitir mi sorpresa ante su cinismo.

-No me malinterpretes, sé que haber visto tus cosas sin permiso no estuvo bien y es un viejo vicio que estoy dejando atrás, pero estoy seguro que en el fondo sabes la respuesta a tu pregunta – sonrió al verme controlando mi respiración.

Con rapidez cruzó por mi cabeza el momento en que llegué a su local en el centro de la ciudad. Llevaba mi laptop que estaba inutilizable debido a mi necedad de cacharrear un sistema operativo basado en Linux. Le expliqué a Yohan, mi experto en reparación de equipos electrónicos y además viejo amigo, que instalé una versión Debian sin entorno de escritorio y había borrado todo Windows, a excepción de mis archivos y por consecuente datos personales. Me sorprendió cuando un par de días después me la regresó y me dijo que lo mejor era que contactara al servicio técnico del fabricante para reclamar garantía y restaurar el sistema operativo de fábrica. Aunque su explicación técnica tenía sentido, no pude evitar notar como me esquivaba la mirada y aunque en su momento asumí que tal vez había tenido un mal día, hoy su actitud cobraba sentido: se había sentido mal por haberme hackeado. Me tranquilizó pensar que el acto de habérmelo confesado y acceder a esta entrevista, poniendo en riesgo su seguridad e identidad, era una muestra de lo valioso que era nuestra amistad para él y que solo había cometido un error.

-Sé que es un consuelo de tontos, pero eres la primera persona que hackeo en más de cinco años- me dijo con sinceridad.
-No pues, qué alivio y qué honor- no pude evitar responder sarcásticamente.
-Me cuesta creer en personas que aparentan no tener nada que esconder y por eso lo hice contigo. Claramente tienes muchas cosas que esconder y tienes defectos como todos, pero no los suficientes como para ser un peligro para la sociedad. Eres un buen tipo con tus defectos humanos y por eso me arrepiento porque no encontré nada que pusiera en duda el concepto que tengo de ti. Puedo entender que alguien tenga secretos, vicios y malas prácticas, pero si esos secretos son una amenaza para la vida de otros y nuestro ambiente es cuando me decepciono de la humanidad. Vine a este país porque después de años de delatar anónimamente ante la policía a pedófilos, asesinos a sueldo, políticos y empresarios corruptos, proxenetas, tratadores de personas, entre otros, empecé a intoxicarme. Decidí dejar el hacking por mi salud mental y dejarle esa labor de justicia a quienes les corresponde. – Yohan se extendió como si hubiese leído sin mi permiso las preguntas que tenía anotadas en un documento almacenado en la nube.

-Entiendo, pero ¿no crees que tal vez estas instituciones no tienen el conocimiento informático que dominas y por ello estas personas malas que consumen la sociedad tendrán más ventaja para hacer mucho más daño que cuando tú estabas presente?
-Tal vez, pero tomar justicia por nuestras propias manos no es lo mejor. A veces debemos confiar en otros tipos de justicia y en otras personas porque antes que nada tú eres un ser humano y por ende tus intereses y emociones eventualmente entrarán en conflicto, resultando en que cometas errores, aunque en tu mente estés convencido de que has hecho lo correcto. Cuando tienes una habilidad no puedes sentarte a solas para jugar a ser Dios con la vida de otros. Ten fe en la humanidad – me aconsejó señalando el rosario que reposaba en mi pecho.
-¿Has cometido errores?-
- Muchos, pero no los suficientes como para que deba pagar una cárcel o peor, caer en la locura por causa de la culpa. Afortunadamente me retiré antes que eso pasara “sin querer queriendo” como dice El Chavo. -

Al despedirnos en las afueras del café, Yohan sacó una servilleta del bolsillo y estrechó mi mano entregándomela y antes de soltarme me hizo una pregunta final.

- ¿Sabes cuál es el hacking más peligroso? – sonrió con picardía.
- ¿Cuál? –
-El social. El comportamiento humano es el más predecible de todos y cuando sabes eso puedes obtener información vital de cualquier persona con solo preguntar. Una vez tienes información, el hacking con código se convierte en una mera herramienta para lograr tu objetivo. Cualquiera puede aprender código, pero no cualquiera puede aprender a ganarse la confianza de las personas. A este punto ya sabes que confío en ti, pero te dejo este mensaje para que te protejas un poco más, para que no seas tan confiado porque, aunque no tienes mucho que esconder, me dolería mucho ver que alguien sacara provecho de ti sabiendo esos secretos. Nos vemos mi hermano. – Yohan desapareció con la rapidez con la que eliminas un archivo de tu computador.

Cuando abrí la servilleta leí con asombro mi nuevo número telefónico, una línea prepago que me compré hacía apenas unos días y por ende no había compartido a nadie.

*Aunque cambié su nombre para proteger el anonimato que me solicitó, dudo mucho que el nombre con el que se presenta a todo mundo sea el que sus padres le hayan dado cuando nació.
 

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