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Explorando la vida de los científicos en el mar

Siete años atrás Raquel Gutiérrez no se imaginaba su vida lejos de  su ciudad, de su familia,  amigos, y de la rumba, pero todo cambió cuando conoció la belleza del campo y el mar.

Ella es hoy una investigadora de la Expedición Malaspina, a bordo del Buque Oceanográfico Hespérides, de bandera española, que hace 8 días llegó a Cartagena, después de varios meses de estar  dándole la vuelta al mundo.

Después de estudiar para Técnico de Laboratorio, en España, de donde es oriunda, empezó a trabajar en un laboratorio de Ecología. Su primer trabajo consistió en recoger muestras de excrementos de lagarto en el campo, en las Islas Canarias.

Dice que nunca había estado tan cerca de la naturaleza, pero una vez pisó su suelo se dio cuenta que le encantaba y que quería pasar el resto de su vida trabajando por ella.

A principios del 2010 se sumó a la Expedición Malaspina - un proyecto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que evalúa el impacto del cambio Climático y la biodiversidad de los océanos- donde comparte día a día con científicos, estudiantes y marineros (unas 80 personas).

Aunque muchos piensan que es maravilloso y divertido estar a bordo de un barco dándole la vuelta al mundo, no lo es tanto cuando de trabajo se trata.

“Mis amigos y familia dicen que soy una afortunada y de hecho lo soy, pero a diferencia de lo que algunos piensan, se trabaja muchísimo. Sólo descansamos y nos divertimos cuando llegamos a puerto, pero igual el trabajo es maravilloso y nos hace felices”, dice Raquel de 32 años.

El día empieza para algunos, a las 4 de la madrugada, y para otros, a las 7:00 u 8:00 de la mañana y culmina a veces a la media noche. En medio del mar y el cielo azul todos los días son iguales. No hay festivos ni de descanso.

Parte de un día de trabajo transcurre en  un laboratorio donde sólo se ven aparatos y equipos raros de alta tecnología, capaces de estudiar los componentes químicos del agua, la temperatura, el Ph y las especies marinas, entre otras.

“Una vez nos levantamos y desayunamos vamos a sacar muestras de agua con los equipos que se sumergen a más de 200 metros en el mar, luego vamos al laboratorio y depende del trabajo, nos quedamos hasta por la noche. A veces perdemos la noción del tiempo porque en algunos no hay ventanas. Llegada la noche hacemos una reunión para hablar de lo que aconteció en el día y planear el día siguiente y terminamos como a las 10:00 u 11:00 de la noche”, explica Raquel.

A esa hora sólo queda cansancio y ganas de irse a la cama, pero algunos aprovechan para navegar en Internet con sus amigos y familiares, otros para ver televisión o ir al gimnasio que tiene el barco.

Raquel comparte el camarote con una compañera. Apenas hay espacio para el closet, el baño y un pequeño escritorio y desde una ventana pequeña sólo puede observar el mar.

No tiene que preocuparse por la comida ni el arreglo de la ropa, de eso se encargan los marineros con quienes tiene muy buenas relaciones. Ellos también le ayudan con los inmensos equipos que se lanzan al mar para tomar las muestras.

RELEVO

Como en todas partes pueden surgir problemas de convivencia causados por el encierro o conflictos internos, los científicos hacen relevos cada 20 días o cada mes. “Esto nos permite respirar, irnos a visitar la familia y pasear. No todos los investigadores (unos 400) están al tiempo a bordo. Ahora hay sólo 37 y el resto está en tierra continuando con su trabajo”.

Raquel se embarcó en Hawai y estará a bordo en esta última etapa de la expedición.

Hace un par de  meses la investigadora estuvo en otra etapa de la expedición  y tras varios meses de relevo volvió para culminar esta última etapa.

Max Galindo, es un biólogo de 28 años, miembro de la expedición el año pasado se embarcó en Cádiz (España) y ha recorrido desde entonces varios países entre los que se cuenta Río de Janeiro (Brasil) Ciudad del Cabo y Barcelona. Hace unos días llegó al barco para hacer el relevo de Irene Teixidor de 24 años, otra Bióloga quien ha estado por varias semanas haciendo análisis de nutrientes orgánicos.  

A pesar de que se está lejos de la familia, los amigos y su país, es una experiencia que no cambian por ninguna otra. “Cuando convives con tanta gente en un lugar pequeño aprendes a conocerte a ti mismo, a madurar, respetar a los demás, a valorar la amistad y a querer más a tus seres queridos, además de que aportas tus conocimientos a la ciencia, el presente y futuro”, dicen estos jóvenes.

DE REGRESO A CASA

Una vez Raquel llegue a Cartagena, en España, se irá a Mallorca donde vive y desde allí seguirá trabajando. “Ahora toca procesar toda la información que obtuvimos en el mar y es un trabajo también duro, pero no se siente tanto como cuando estás en un barco”.

Ya en su casa Raquel se levanta a las 7 de la mañana y se va en bicicleta al trabajo, a las 5 de la tarde, cuando termina su jornada laboral se va a hacer ejercicio, a nadar o a charlar con sus amigos sobre sus “aventuras”.

Gracias a todos los conocimientos que ha adquirido con este trabajo siente que tiene la obligación de compartir sus conocimientos con los demás y hacerlos tomar conciencia de la importancia de cuidar y conocer el planeta.

Su casa está en el campo en la que tiene una huerta con algunas frutas, vegetales y gallinas.

Sueña con ser una reconocida técnica de investigaciones. “Me encanta hacer parte de un equipo de investigaciones, compartir mis conocimientos con otras personas y aprender de ellos. Creo que eso es lo que hace interesante este trabajo. La experiencia, el conocer personas y aportar a la ciencia es algo que no se compara con nada”, asegura.

TERMINA LA EXPEDICIÓN Y SIGUEN LOS ESTUDIOS

El 14 de julio la expedición habrá terminado sus investigaciones en el mar y ahora todos trabajarán para dentro de unos años presentar los resultados al mundo sobre lo que está pasando con y en el mar por el cambio climático.

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