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Fabián Álvarez cuenta historias, conecta mundos

Cuando me dijiste que querías saber quién carajos era yo, se me ocurrió compartir un café y un jugo -me dice Fabián-. A las cinco y cincuenta y seis, esta tarde agoniza y huele a café y al jugo de mango que acabo de pedir. Abro mi libreta negra con las preguntas y el discurso de siempre: Para que quede en la grabación, por favor, dime tu nombre completo… ¿Cuándo naciste? ¿Dónde vives?, etcétera, etcétera, creo que nunca un cuestionario había sido tan inútil, y ya veremos por qué.

Mientras me dice que nació en el Hospital de Bocagrande un 3 de junio (así, sin año, ¿a quién le importa el año?) y que tiene dos hermanos, “con cara de tres” (es que creció con un primo al que ama como un hermano), lo veo perderse en la pantalla de su portátil y aprovecho para observar el pocillo pequeño de café y el libro de la mesa que, supongo, debe estar leyendo: Ficcionario, de Ricardo Silva Romero. Él vuelve a mirarme, que me siente a su lado, me dice… Voy.

Él: “Te quiero mostrar algo”. Yo solo veo en la pantalla del portátil una foto suya frente al mar...

“Un ser humano que llamaron Fabián Ricardo Álvarez Rocha, eso soy, por aquello de las etiquetas que aún necesita la sociedad -su voz se mezcla con la canción gringa que suena en el fondo de este coffe-bar y con el sonido de la licuadora, me siento como en una película-. Pero ¿y si soy lo que amo? Antes de cumplir 30 años, cuando me estaba preguntando quién soy, fue inevitable hacer esa asociación con las cosas que amo: esencial y definitivamente, considero que soy lo que amo. Ailoviu -leo en una foto en la pantalla-, ailoviu, hayoreja, haynariz –dice él y yo río-. Cuento historias y conecto mundos”.

Si cerrara los ojos y solo me dedicara a escuchar a Fabián, me costaría creer que fue un niño callado e inseguro: esta ¿entrevista? tardaría una hora con 16 minutos y 35 segundos, y yo habré hablado máximo, máximo, cinco minutos. Pero como le estoy mirando a los ojos, le creo que tenía algo de miedo, que no hablaba mucho y que, como todavía no aprendía a escribir, no sabía muy bien cómo expresarse, en parte por eso a medida que crecía se volvía un “acumulador” de preguntas sin responder. A los cinco años, las pareces blancas de la casa aparecieron como una revelación, a lo mejor rayando y rayando podría decir lo que se le diera la gana, aunque a veces, eso implicara una nalgada.

Tanto rayar la casa le sirvió, vaya que le sirvió para convertirse en un buen estudiante de artística de La Salle. Los años pasaron, La Salle pasó y el amor por el arte permanecía, pero... “17 años, me gradúo del colegio y entro a la universidad sin mayores pretensiones que las de un pelao que no tiene ni puta idea de qué hacer con su vida. Decido estudiar diseño gráfico, porque decirle a mis papás que el arte me iba a dar de comer no era la mejor opción para perpetuar la economía familiar”, me dice mientras me muestra una foto del adolescente ‘mechudo’ que solía ser. Era 2004 o 2005, Fabián no lo recuerda bien, pero entonces, estudiando diseño gráfico, comenzó a ver el poder iconográfico y comunicativo de la fotografía.

¿Cuál poder?, pues el de esa, la foto a blanco y negro de una niña que se ve detrás del hueco en la pared que Fabián tomó hace más de diez años y que hoy llama ‘Sperando’. La protagonista esperaba que le dieran la teta, pero no, no, no: su mamá estaba amamantando a su hermano menor, uno recién nacido y a ella la sacaron de la casa. “Estaba haciendo fotos de la amamantada y de repente ella se asomó por ahí, es un cuadro sobre cuadro demasiado lindo y un momento coyuntural, ahí me di cuenta, nojoda, que una imagen podía decir lo que 19 años antes yo no podía expresar ni en el lenguaje hablado, ni escrito. ¡Oh, divino error!, estudiar diseño para darme cuenta de mi verdadera pasión”, me explica ahora, mientras ambos miramos la foto como si la hubiera acabado de tomar. Puedo sentir el hambre en los ojos hermosos de la pequeña negra.
Pero el diseño gráfico también pasó. En noveno semestre, justo antes del final, tuvo que retirarse de la universidad porque no había para pagar el semestre.

“Ahí, este tipo inseguro, callado y con miedos, empieza a sentir seguridad, porque era la única opción, y se sienta con sus papás por primera vez con la convicción que nunca antes había tenido y les dice: ‘voy a emprender’ ”. Duró un año ganándose veinte o treinta mil pesos tomando fotos en fiestas, en discotecas. Entre sus planes estaba conseguir un empleo, pero no lo encontraba, no era fácil. Intentó durante meses trabajar en medios de comunicación, pero nadie le paró bolas y, mientras tanto, andaba por ahí tomando fotos en los semáforos: retratando las pequeñas historias de malabaristas. Un buen día, el 7 de septiembre de 2006, no se encontró con ‘maromeros’, sino con una gran historia. La ciudad había colapsado por la primera gran protesta de mototaxistas que, incluso, impedían la entrada al Centro Histórico. A Fabián le gustó ese alboroto, ese caos donde todos gritaban lo que se les daba la gana, y empezó a tomar fotos. Ahí sintió el ardor por los gases lacrimógenos por primera vez, ahí vio su primera ‘lluvia’ de piedras y se quedó todo el día tomando fotos. Se unió a un grupo de fotógrafos y periodistas, como por instinto de protección, y le dijo a Manuel Pedraza: “Quiero ser como usted”. Él, un fotógrafo ya experimentado, no le prestó atención, pero en la tarde le entregó un papel con un e-mail y le dijo: “Envíame lo que tengas”. Fabián lo hizo, le pasó unas cinco fotos, nada sangriento, y “al día siguiente fui a comprar el desayuno y vi en la primera página de El Tiempo mi foto. No sé si te puedes imaginar lo que significa un año de búsquedas, y una primera foto, todo el país viendo mi foto. Ese pelao, que no pasaba de hacer fotos en las fiestas y los semáforos, para mí era una reafirmación. Era una cachetada: despierta, eres bueno para esta vaina”.

Poco después, estaba trabajando como freelance en el mismo periódico, aprendiendo a ser sagaz, a tomar decisiones “estéticas, de contenido, rápidas y objetivas”. A vivir más rápido, para que no te chiveen, a quedarse un poco más en las protestas para encontrar una historia, profunda y diferente a la de los demás… Pero vivir tan rápido cansa, y Fabián se aburrió de la prensa con sus presiones y quiso hacer una pausa. Viajar a la tierra de sus ancestros: Boyacá. Se fue a conocer la Laguna de Tota con cámara en mano y con un despecho grande en el corazón, había terminado con su novia. Allá se encontró con una vida simple pero hermosa, una que no conocía y que lo maravillaría. Luego volvió al Caribe, para retratar su tierra. Se fue a hablar con el maestro Fernando, de los Gaiteros de San Jacinto, a preguntarle a qué huelen los Montes de María y él le respondió que a tamarindo y guama. Volvió a Cartagena para inmortalizar las Fiestas de la Independencia y su fuego, a los niños de La Boquilla ser felices a bordo de un columpio, y a ser feliz él mismo, dándose cuenta de que no sabía bailar, pero cómo le gustaban las bailarinas.

“Era un tipo extremadamente inseguro, que no sabía bailar, y un día dije: ‘marica, yo no sé bailar’. Vi a unas bailarinas en unas discotecas, me encantan las bailarinas, me encantan, dije: ‘yo soy inseguro, pero me voy a levantar a una bailarina para que me enseñe a bailar’. Tuve cuatro novias bailarinas, y ninguna me enseñó, pero fue gracias a autoexponerme a la danza, aun a pesar y no por mis inseguridades, a querer aprender a bailar, que me encontré con la danza hace diez años o doce”.

Y llegamos a la foto que yo quería: la que ganó hace poco el primer lugar en la convocatoria ‘A punta de bolsa’. Su protagonista, Carolina Salinas, es una bailarina, amiga de una exnovia bailarina de Fabián, que un día decidió alcahuetearle una locura: “Le dije, marica, no estamos haciendo nada, vamos a ir al Centro. Sueño con despistar a la gente, con sorprender a los que están saliendo del trabajo, re aburridos, pensando en mil cosas, y yo quiero que vean cosas bellas, vamos a la calle a bailar’ ”… Ella bailó y todos la miraban. Él tomó la foto -y mil más-. Ellos contaron sus historias, él conectó varios mundos. Para conmemorar el Día de la Danza (29 de abril), el Ministerio de Cultura abrió la convocatoria ‘Celebra la danza, celebra Colombia’, que pretendía resaltar la importancia de la danza en la vida de los colombianos. La convocatoria incluía tres categorías: video, ensayo literario y fotografía, en esta última, Fabián ocupó el primer lugar.



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Comentarios

pues ...

Muy bellas fotos y realmente cuentan una historia.