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Fidel Castro y una de sus visitas a Cartagena

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Cartagena amaneció aquel miércoles 11 de agosto de 1993, con una bandera de Cuba en la muralla. Se rumoraba que Fidel Castro tenía dos días de estar oculto en la ciudad, pero nadie lo había visto. Sólo al final de aquella mañana, Fidel rompió el silencio para conversar con los periodistas. En uno de los muros abandonados del barrio de Getsemaní alguien había escrito en letras rojas. “Viva Cuba”. La policía vio la bandera ondeando en la muralla y la retuvo.

Frente a doscientos periodistas que habían llegado a la Casa de Huéspedes Ilustres, Fidel Castro había concedido una rueda de prensa que empezó a las 11 de la mañana y culminó a la 1 menos 20 de la tarde de aquel miércoles. Sus palabras fueron una revelación para los medios de comunicación.

Les dijo a los grupos guerrilleros que se acogieran “al camino de una paz negociada sin que se derrame una gota más de sangre”. Aquel llamado parecía una paradoja en alguien como él que había sido protagonista del movimiento guerrillero en América Latina, pero ante los rostros sorprendidos de los periodistas, advirtió que esa declaración no pretendía inmiscuirse en las decisiones internas de ningún país. Confesó que había países interesados en que Cuba y Estados Unidos revivieran sus relaciones. Pero su concepción de la democracia era muy distinta a la que se practicaba en el mundo.

Las preguntas de Fidel
Moisés Álvarez Marín tuvo el privilegio histórico de guiar a Fidel Castro y García Márquez por Cartagena de Indias. Y el Museo Histórico de Cartagena está ahora en el mismo lugar donde vinieron a buscarlo hace veintitrés años. Permanece en el Palacio de la Inquisición, en donde Moisés dirige tanto el Archivo y el Museo Histórico de Cartagena. De aquel encuentro sólo conserva dos fotos: una en la que aparece junto a Fidel Castro y García Márquez, y otra en la que le enseña a Fidel Castro el plano del ataque de Vernon.

Recuerda que no se había repuesto del impacto de la presencia de Fidel Castro, cuando él le soltó la primera pregunta: ¿Cuál fue la causa para que 400 marines norteamericanos vinieran a invadir a Cartagena de Indias en el Siglo XVIII?

“Me tiró a rajar”, dice riéndose él. “Le dije que era una fuerza de apoyo que mandaron los hoy Estados Unidos para la expedición de Vernon. La reforzó en Londres y en Jamaica al mando de Lawrence Washington. Lo de la bahía fue una estrategia militar”.

Fidel escuchaba en un silencio la respuesta de Moisés. De inmediato hizo la segunda pregunta: ¿Por qué el Castillo de San Felipe no se construyó en el cerro de la Popa?

Le expliqué que la elevación del Cerro de San Lázaro en donde está construido el Castillo de San Felipe, es suficiente y el cerro cercano a la ciudad y era muy estratégico el alcance de los cañones desde allí, más que desde el Cerro de la Popa. No sólo era estratégico sino efectivo disparar los cañones desde el Castillo de San Felipe. La tercera pregunta fue aún más difícil: ¿Cuánto equivaldría en dólares para Cartagena, el asalto del Barón de Pointis? Le dije que había que trasladar los valores de la época. En ese entonces ese asalto equivaldría a 50 millones de ducados, es decir, 50 millones de dólares de ahora mismo. Era como si hubieran destruido cinco veces el Castillo de San Felipe que había costado 11 millones de pesos en aquella época, en 1697. Pointis dejó arruinada a Cartagena. Me vi en aprietos con esa pregunta y Gabo dijo. “Él es así. Te tiró a rajar. Y si no hubieras sabido, el que no hubiera podido dormir tranquilo es él”. Moisés percibió a Fidel como un hombre de ademanes finos y unas calidades histriónicas excepcionales. A bordo, hubo un trago de whisky. La embarcación llegó al Club de Pesca. Allí estaban unos periodistas.

Fidel bajó solo. Volvió a decirles lo de la mañana: “No tengo mensajes especiales para la guerrilla. Lo único que puedo decirles es eso: que eviten derramar más sangre y busquen una paz negociada”.

Luego de responder, Moisés se acercó a García Márquez y le preguntó: ¿Cómo me viste en las respuestas a Fidel? Gabo le dijo. “Debiste meter la pata en algo para ver qué decían los periódicos mañana, pero quedaste perfecto”.

“Bastaba que se miraran los dos para saber que en el silencio estaban comunicándose un secreto. Los dos parecían muchachos haciendo travesuras”, recuerda Moisés.

Los secretos que contó
Entonces en la cena, Fidel empezó a contar la historia del 9 de abril de 1948 en Bogotá, de la que tanto él como Gabo, habían sido testigos. Los dos estuvieron tan cerca en la misma calle del crimen en medio del huracán de aquel día que paralizó a todo el país. Duró una hora y media contando la historia. Nadie lo interrumpió.

Dijo que era la segunda vez que venía a Cartagena, porque la primera vez fue de emergencia después de la muerte de Gaitán. Se vino en un avión de carga que transportaba toros de lidia para Cuba. El avión aterrizó en Cartagena para reabastecerse de combustible, pero él sólo vio la ciudad desde la ventanilla del avión. Lo mismo hizo García Márquez al regresar de emergencia a Cartagena, aún vestido con la ropa de invierno.

Fidel Castro era un muchacho de 21 años que había llegado a Colombia con pasaporte venezolano, con otros dos cubanos: Alfredo Guevara y Enrique Ovares. Era un joven estudiante de derecho, vino a participar en la organización del Congreso Panamericano y tenía una cita con Gaitán a la 1:45 de la tarde del 9 de abril. En la agenda del líder asesinado quedó escrita esa cita. Iban a almorzar en un restaurante cercano a la Avenida Séptima. Estarían allí: Rómulo Betancourt, Leo Matiz y Fidel Castro. Él se hospedó en uno de los viejos hoteles de Santafé de Bogotá, muy cerca de la Avenida Séptima. En el hotel Granada.

En todo caso, prestó un chaleco de policía, unos zapatos de corte bajo que no servían para la guerra, y una gorra sin visera que se convirtió en boina, y cargó un fusil con catorce balas, y atravesó la ciudad incendiada, solo, desamparado, estremecido por el absurdo de aquel día. Vigiló la ciudad de Bogotá desde Monserrate. Esa experiencia le sirvió más tarde para la toma del Cuartel Moncada en 1953.

“Estaba frente a él y era como si estuviera contándome a mí esta historia alucinante”, confiesa Moisés. “Luego, salimos del Club de Pesca rumbo a la ciudad amurallada. Antes de salir, saludó a cada uno de los meseros, se metió en la cocina y dijo “Gracias por la comida de esta noche”. 

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