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Foul Ball: La muerte de un sueño

Veintidós de septiembre de 1991, el día que mi hermana me disparó. Cinco balazos. Sobreviví, pero ese  domingo murió mi sueño. Mi nombre es Luis Alberto García Orozco, me dicen “el Betamax” y crecí en el Barrio Chino.

De niño, era muy inquieto, ¿sabe? Me gustaba andar en la calle, jugando y corriendo. La buena vida, para mí, era el desorden de los amigos. Tenía cinco años cuando un tío me llevó a un partido de béisbol, fue amor a primera vista...y pensar que al principio ni quería ir.

El béisbol dejó de ser un simple deporte y se convirtió en mi prioridad, mientras más crecía, más tiempo le dedicaba. Fui siempre un estudiante promedio que esperaba ansioso la hora de salida para jugar.

Tan enamorado estaba del béisbol, y tanto descuidé mis estudios por él, que mis papás me castigaban escondiendo mi ropa, para que no saliera. Pero nada se interpondría entre el deporte y yo: salía a jugar en ropa interior. Un día me escondieron los calzones y me fui a jugar desnudo.

En una de esas tantas escapadas, llegué al campo del barrio y vi a otros niños practicar y me dije: éste es mi oportunidad para triunfar y ser grande, como Joaquín Gutiérrez, uno de los primeros Grandes Ligas de Colombia. Hablé con el entrenador, Iván Pineda, y ¡me aceptó en el equipo! Comenzó mi formación inicial como beisbolista. Tenía seis años.

Estaba tan feliz y mis papás tan molestos. Pensaban que era un deporte inadecuado. Tuve que practicar a escondidas,  y a escondidas me convertí en el mejor del equipo. Era jardinero y segunda base.

Cuando empecé a figurar, hacía maromas para llamar la atención de periodistas, había que empedrar el camino de la fama. Iba detrás de ellos a dar mi opinión de los partidos y sobre el béisbol profesional de Cartagena. Empecé atletismo a mis catorce años, era un complemento de mi pasión.  Y me sirvió, me ayudó a escalar el primer peldaño: ser parte de la Selección Bolívar en ambos deportes.

En el campo todo marchaba excelente, pero en la casa…

Somos siete hermanos, soy el menor. Cuando empecé a ser reconocido, cuatro de mis hermanos comenzaron a odiarme. Estaban resentidos porque creían que mis padres me apoyaban y que era el consentido, pero no, ellos no querían que jugara.

Tenía catorce años cuando mi sueño comenzó a hacerse verdad: scouts de Estados Unidos me veían, y gracias a mi talento me propusieron firmar con los Kansas City Royals...¡no tan rápido! Debía esperar mi mayoría de edad para entrar en su academia. En los años siguientes trabajé duro para que no se arrepintieran.

A los diecisiete años conocí a Liliana Lorduy Mendoza, el otro amor de mi vida. Era feliz. Tenía una vida envidiable: joven y, de cierta forma, famoso. De pronto algunas personas deseaban estar en mis zapatos...una de ellas: mi hermana, prefiero no decir su nombre. Su envidia era tal, que me hacía maldades para que no llegara a los partidos.

Y llegó el día. El peor de todos. Jamás olvidaré el 22 de septiembre de 1991. La vida se cayó pedacito a pedacito.

Esa mañana...
Recuerdo que esa mañana había quedado en encontrarme con Liliana, mi novia, en Arjona...por eso presentía que iba a ser un domingo especial. Estaba sentado viendo una final de tenis de Estados Unidos, cuando llegó mi hermana y empezó a discutir con mi papá. Intenté impedir que le faltara al respeto, el momento perfecto para atacarme. Sacó un arma, me disparó, corrí, baleó a mi papá y me buscó para acabar conmigo. Apretó cinco veces el gatillo: costillas, manos y columna vertebral.
Me desmoroné, pero mis ojos seguían abiertos. Lloré pero no perdí la consciencia. Vecinos pidieron un taxi, recogieron a mi papá y a lo que quedaba de mí. ¿Y mi hermana? Ella quedó congelada ahí, sin hablar, sin huir. La Policía llegó y se la llevó.

Supe que llevaba meses planeando todo, practicó tiro al blanco para que no hubiese imperfecciones en su plan, pero para su desdicha, mi papá y yo seguimos vivos contando la historia. No demoró en la cárcel, ya tenía ciertos contactos que hicieron su “dulce” estadía en prisión muy corta, solo tres meses.
Recuerdo que un día que abrí los ojos y sentí que me faltaba algo: solo podía mover mi boca y ojos.

Mi mamá pasaba llorando. Yo no entendía lo que pasaba hasta que me dejaron solo con el médico. Con todo el esfuerzo del mundo, porque ni siquiera podía hablar bien, le exigí que me explicara qué había pasado conmigo. Hubo un silencio aterrador. Bajó la cabeza y dijo: “quedaste cuadripléjico, no podrás moverte nunca más”.
Las dos últimas palabras retumbaron en mí. Era un eco doloroso: “nunca más, nunca más”…

Nunca más iba a sentir el calor de un abrazo. Nunca más sentiría esa adrenalina al correr de una base a otra. Nunca más.
¿Y las Grandes Ligas? Se quemaron con cada bala.

Cuando por fin sepulté mi gran sueño, comencé a pensar en mi vida como hombre. ¿Liliana estaría dispuesta a seguir una relación conmigo? ¿Podré tener una familia?
Liliana respondió cada duda con hechos. Nunca se apartó de mí. Se convirtió en una de las mayores motivaciones para recuperarme.
Los siguientes cuatro meses le metí toda mi fuerza a las terapias y funcionó: recobré la movilidad en mis brazos y tengo sensibilidad en las piernas. Sí, quedé en silla de ruedas, pero estoy vivo. No era el plan que ella quiso, sino lo que Dios tenía preparado para mí.

Me fui a vivir con Liliana y comenzamos a estudiar contaduría pública en la Universidad Rafael Núñez. Arreglaba computadores, vendía ropa...buscaba la forma de trabajar. Tuvieron que pasar nueve años para que llegara nuestra primera hija: Elizabeth.

Fue una alegría indescriptible, un impulso para seguir. Hice radio para hablar de deporte y de discapacidad. Y en 2005 llegó nuestro siguiente hijo: Samuel.
Dejé de lado el deporte en la radio para hacer un nuevo programa, “En contacto con la discapacidad: Ventana abierta a esta comunidad”, que aún está al aire por Oxígeno (1360 AM).

A mi hermana le pedí perdón. Sé que es ella quien se equivocó, pero jamás quise despertar en ella envidia. Pedí perdón porque debía liberarme del odio para ser feliz.
¿Sabe? No sienta pesar, porque soy un hombre afortunado. Mi hijo Samuel es beisbolista, quizá después de todo sí se cumpla mi sueño a través de él.
Hago parte del tres por ciento de personas en el mundo que se recuperan de una cuadriplejia.

Recuerde, soy un milagro que habla.

 



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