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Garramuño, un nadador de letras profundas

Es un nadador de aguas profundas y horizontes abiertos, no solo en los mares y en los ríos, sino en la escritura de ficción. Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949), es uno de los grandes novelistas de Colombia en el mundo, autor de una célebre novela escrita antes de cumplir veinticuatro años: “Breve historia de todas las cosas”, que publicó en 1975, deseando derrotar con ímpetu propio el universo avasallante de “Cien años de soledad”, de García Márquez.

El día que se encontró con el escritor, le autografió su primera novela y tuvo el inmenso coraje de escribirle: A García Márquez, a quien pienso matar... literariamente”. García Márquez desconcertado le preguntó:¿Tendrás los suficientes huevos de dinosaurio para hacerlo? Aquello quedó como el desafío excéntrico de un escritor que a lo largo de su vida ha probado con más de treinta y cinco libros, que no necesita matar literariamente a ningún monstruo, porque él mismo, es su propio monstruo, y la vida escasa a duras penas para seguir los propios pasos.

García Márquez leyó la novela y le gustó pero no quiso decírselo públicamente porque “si lo hago puede ocurrírte como a otro joven escritor colombiano, al que le elogié su primer libro, y no volvió a escribir”. En el caso de Aguilera Garramuño, su novela con una reedición ampliada que abarca las cuatrocientas cincuenta y seis páginas, resiste el paso de más de cuatro décadas, y convierte a su autor, en un caso singular en las letras del continente.

En la última semana de septiembre estuvo de paso el escritor Aguilera Garramuño por Cartagena, luego de ser homenajeado en Montería por el grupo El Túnel y sus antiguos amigos y lectores, los escritores José Luis Garcés González y Antonio Mora Vélez. Dictó la conferencia: “Cómo ser escritor sin morirse de hambre”.

La Alcaldía de Montería le entregó las llaves de la ciudad al escritor y académico de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana. Aguilera Garramuño con la llave suspendida en el aire, perplejo y maravillado, dijo que en ninguna parte del mundo le había ocurrido semejante homenaje, y miraba la llave diciéndo con juguetona picardía: “¿Es que con esta llave puedo entrar a todas las casas de montería?”.

Al día diguiente, en Sincelejo, en la Universidad Cecar dictó la conferencia “De Cien años de soledad a  Breve historia de todas las cosas”.
Al amanecer de su homenaje estuvo a punto de lanzarse al río Sinú y los mismos monterianos le advirtieron que no lo hiciera, sin saber que el escritor es nadador profesional, ganador del Master Bronce en 100 metros libres, un minuto 38 segundos. Una vocación que ejerce después de cumplir sus sesenta años, ganándole a los más jóvenes y a los de su edad que se atreven a semejante hazaña. En ese arte diario de nadar lo acompaña su esposa mexicana Leticia Luna Varela, escritora de cuentos infantiles. 

Septiembre fue un mes intenso en prodigios y celebraciones para el escritor colombiano que reside en México desde hace 37 años. Su libro “Relatos, aventuras y andanzas  poco ejemplares y arriesgadas de la vida de un escritor con varias historias de montaña, selva y amor o sexo”, fue declarado finalista del Concurso Nacional de Novela y Cuento de Colombia. Estuvo en Medellín y allí habló sobre el medio de la novela que lo impactó en su juventud. En Cartagena, será homenajeado en 2018 con nel premio Libro de Oro, en el Teatro Adolfo Mejía por el Parlamento Internacional de Escritores.

El nadador
“Soy el primer escritor en 2017 que es campeón mundial en natación máster”, me dice a su paso por Cartagena. Nadó 1.500 metros en 32 minutos en la isla Sacrificio. Su hermano Jorge Aguilera quedó de segundo puesto.

El espíritu aventurero y desafiante del escritor es una suma afoertunada del alma de sus padres. De Marco Tulio Aguilera Camacho, el padre médico que hizo en Colombia la primera y exitosa trepanación en los años treinta. Ruth, la madre, la expulsaron de un colegio de monjas porque discutiendo con una monja le bajó los calzones y le pegó en las nalgas.

“Mi mamá se escapó y en una playa en Punta del Este, conoció a mi papá. Pero cuando mi padre tenía 40 años, se enamoró de una niña de 17 años. Y lo expulsaron de todos los clubes sociales de Bogotá. Regalaba las consultas a los pobres y encaraba las humillaciones de los ricos. Fue heredero de una inmensa fortuna que se esfumó. A mis quince años nos fuimos de Bogotá para San  Isidro de El General de la Quebrada de los Chancos,  en Costa Rica”.

En ese pueblo, el escritor fue adorado hasta el punto que uno de sus habitantes le ofreció de regalo cuatro hectáreas de bosque. Nadar, escribir, leer , editar, dictar conferencias, y tocar el violín, son algunos de los oficios de Aguilera Garramuño, pero lo que más ama es llevarle la contraria al mundo, corregirlo, desafiarlo, maravillarlo con su infinita imaginación y su sentido del humor, para escribir cuentos y novelas sobre amor y desamor. 

En Cartagena, quiso ver el Claustro de la Merced donde reposan las cenizas de García Márquez, que ese día estaba cerrado. El guardia tenía orden de no dejar entrar a nadie, por los trabajos de restauración del claustro, pero alcanzó a verlo, respetando la orden del guardia. Vio la bala de cañón de Drake disparada en 1741, y guardada como un milagro al caer en medio de los fieles de la iglesia Santo Toribio, sin tocar a nadie.

Se hizo fotos con las palenqueras. Comió junto con su esposa, como un par de niños, un helado callejero de guanábana. Compró un sombrero blanco. Se hizo fotos en las arcadas de las murallas, frente al mar. Guardó en su maleta, libros de cuentos, novelas, poemas y ensayos de autores contemporáneos.  De esa correría por el Centro,  siguió por la muralla hasta la puerta minúscula de la casa de García Márquez. Llovió al anochecer y el vuelo de los dos hacia México se adelantó, lo que impidió que el escritor se lanzara al mar a nadar.

Epílogo
Sus historias prodigiosas escritas en diversas series de narraciones,  en más de más de medio siglo de escritura, empezarán a tocar el espíritu de los lectores colombianos. Resonará el  espíritu de quien cada día, le hace el amor a las palabras.



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