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Gerardo Varela y La Chambaculera

Hace treinta años, en 1988, el músico cartagenero Gerardo Varela vio bailotear a una negra espléndida de Urabá, que canturreaba algo que estaba improvisando mientras el joven músico le seguía el ritmo que poco tiempo después, se convirtió en una de las canciones más populares de cada noviembre en Cartagena: “La chambaculera”, grabada por Discos Fuentes en 1989.

La canción empezó a revolotear por las barriadas de la ciudad, hace treinta años, y fue bailada como un fandango palitiao, antes de ser grabada. La mujer que la inspiró fue Argenia Asprilla, de Turbo, una negra delgada y cantadora que se acercó a los músicos del grupo Candombé cuando estaban practicando. En aquel instante, hablábamos de Chambacú, y la sola palabra abrió la puerta de la melodía, recuerda Gerardo Varela.

“En mi caso como compositor, letra y melodía se gestan juntas. A veces, yo encuentro melodía en las mismas palabras”. Gerardo Varela nació en Cartagena, el 12 de mayo de 1961, en una de las accesorias que estaban arriba del almacén Ley, de la Calle del Tablón. “Mi abuela Helena Torres Ospino, que el 19 de octubre cumplirá 109 años, era amiga de Lucho Bermúdez, y bailó muchas veces en su orquesta. Creo que es una de las mujeres más viejas de Cartagena, con la memoria fresca. Mi abuelo Gerardo Varela Turizo, tocaba en Los Corraleros de Majagual. Mi tío Roberto Varela, en la actual Orquesta Majagual. Comencé a tocar flauta desde niño. Recuerdo que una amiga del barrio Los Caracoles llevaba una flauta al entrar a una tienda, y yo quedé encantado con la flauta. Ella me dijo: “Te la presto”, se la recibí, pero nunca más la volví a ver. Hace cuatro días pasé por el barrio Los Caracoles, y entrando en una tienda, me encontré con esa amiga de tantos años, y su saludo fue: ¡Mi flauta! ¡Mi flauta! Con la flauta de esa amiga empecé mi aprendizaje de instrumentos de viento. Luego, me fui a Bogotá a estudiar bachillerato en el Colegio Simón Rodríguez para educadores, y allá conocí a dos chilenos guitarristas: a Claudio Araya Jara y a Vicente Larraín, que venían huyendo de la persecución de la dictadura militar de Pinochet. Claudio Araya, guitarrista de Mercedes Sosa, y sobrino de Victor Jara, el músico chileno al que la dictadura le arrebató la vida por pedazos, cortándole las manos para que no siguiera tocando la guitarra, y luego, la lengua, para que no cantara en prisión. Así que Claudio se refugió en Bogotá, y él fue uno de mis maestros de música andina. Conocí la quena y la zampoña. Vicente Larraín es un gran luthier, constructor y restaurador de violines y violonchelos. Vivió quince años en Bogotá. Lo que más se escuchaba en aquellos años era la Orquesta de Lucho Bermúdez, y mucho antes de los setenta, la música de los clásicos juglares vallenatos como Rafael Escalona y Alejo Durán. Más tarde, el Binomio de Oro. La champeta estaba lejos de aparecer por allí. Me regresé a Cartagena, y mi música fue desde un principio, lo tradicional y folclórico. Recuerdo que compré mi primer clarinete en una casa de empeño. Armé el grupo Candombé. Un día estábamos practicando y vi a aquella mujer de Turbo que inspiró la canción, y luego la cantábamos en los barrios. Una vez, sin grabarla, la cantamos en el Mesón de Rafa, en Tacarigua. La gente se sabía los estribillos. Estuve vinculado al Festival de Música del Caribe, con el Mono Escobar. La Chambaculera se popularizó mucho antes que Diomedes Díaz la cantara en 1991. La lista de canciones compuestas pasó el centenar. Vinieron los Premios Congo de Oro, en el Carnaval de Barranquilla, como compositor de canciones como La cocá, y El bacano, que cantamos con el grupo Tupamaros; El Palito del Carnaval, que ganó un Super Congo; y La chica bomba, que ganó el trofeo a Mejor Canción internacional en Alemania.

Gerardo viaja por los pueblos recónditos del Caribe colombiano, y muy especialmente por Palenque y Mahates, encontrando tesoros musicales que permanecen invisibles. Conoció a Petrona Martínez cuando nadie había escuchado su voz en ningún escenario distinto al arroyito que pasaba por el patio de su casa en Palenquito, en donde sacaba arena que vendía en Cartagena, junto a sus vecinos, origen de la canción La vida vale la pena. La primera presentación de Petrona fue en la sala de redacción de El Universal, en compañía de Gerardo Varela y Guillermo Valencia Hernández, su vecino, quien, desde un principio, fue su tamborero. Gerardo se convirtió en el primer productor de Petrona, editando el álbum inicial El folclor vive. Hace tres años reside en Medellín, en donde prosigue su tarea como compositor, investigador y gestor cultural. “La cumbia sigue siendo la música que identifica a Colombia en el exterior”, dice para reafirmar el impacto de compositores cartageneros en países como México, Chile, Perú y Ecuador. “Luis Lambis, el gran compositor cartagenero, está posicionado en Chile”. Le preocupa regresar a ver los lugares que fueron entrañables en la creación de diversas composiciones. Volvió a la casa de Petrona Martínez, en Palenquito, en donde nacieron las canciones que la han hecho célebre en el mundo, y la memoria ha sido borrada. La vieja casa de palma ha sido derribada, y el arroyito sigue pasando por aquel paisaje y los vecinos siguen viviendo de la venta de arena en Cartagena. Gerardo graba y fotografía todo lo que le impacta. Conserva conversaciones con Petrona Martínez en el patio de Palenquito. Y conserva videos de Magín Díaz cantando sus canciones en el patio de Gamero.

Ahora Gerardo suena su clarinete, cuya melodía brilla en el aire caliente de febrero. Él es uno de los grandes compositores cartageneros, cuya memoria ancestral bebe de la música de la tribu. Una de sus canciones memorables, La chambaculera, forma parte de las emociones de tres décadas. Gerardo escribe y avanza en proyectos musicales y fílmicos sobre la historia musical de nuestros pueblos. Palenquito es uno de ellos. “La música viene a mí de diversas formas y momentos. Una sola frase, una sola palabra, puede desencadenar una melodía. Cada palabra tiene su propia música”. La mujer que bailoteaba y cantaba venida de Turbo, quedó inmortalizada en aquella canción que está a flor de labios de la memoria colectiva. El la atrapó y la convirtió en un fandango para todos.



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