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Germán Céspedes lleva la batuta

La música ya estaba en su casa, desde que era un niño en Tunja. Las manos de la madre se deslizaban por el teclado interpretando a Chopin. Su madre Beatriz Díaz tocaba el piano en un tiempo de prejuicios en que no se veía con buenos ojos a las mujeres que se dedicaran a la música. Y en la casa se hacían unas tertulias musicales con trío de cuerdas,  con la intervención de apasionados investigadores de la música como Javier Ocampo López, Guillermo Abadía Morales, Enrique Medina Flórez, Jacinto Monroy.

La figura del tío Edmundo Díaz, un sacerdote que poseía un armonio de rodachines, esplende en su memoria. Tocando ese armonio acarició la tentación temprana de la música. Entre los viejos acetatos del tío que coleccionaba música clásica, escuchó por primera vez el Himno de la Armada, sin saber quién la había compuesto e interpretado. La música lo llevó al misterio del autor y de una ciudad que parecía lejana y distante: Cartagena.

El nombre del músico lo sabría después: Adolfo Mejía.  El encanto de la música sagrada que escuchó en la iglesia Santa Bárbara, hicieron lo suyo en su sensibilidad, al igual que el impulso familiar del ingeniero José Antonio Céspedes, su padre, y Beatriz Díaz, su madre, en el estímulo para su vocación musical que empezó a sus ocho años, con la decidida orientación de la maestra de violín Olga Chamorro. También recibió clases en su casa, de la mano de Carmencita Medina de Duque.

Música de olas
Vino en unas vacaciones a Cartagena, junto a su familia, siendo muy niño, y el recuerdo que pervive es el del viejo hotel de Marbella en donde el mar llegaba casi a la puerta del hotel y las olas golpeaban los muros.
La tradición musical de Tunja se fortaleció no solo con su  Academia de Música, entre 1979 a 1985, sino con su Festival de Música que marcó una generación de grandes músicos regionales y nacionales. Uno de esos maestros e impulsadores de generaciones fue el músico Jorge Zorro. En 1979 llegó a Tunja en busca de músicos,  el Maestro José Antonio Abreu (Valera, Trujillo, Venezuela, 1939), el verdadero capitán de la revolución musical en Venezuela y en América Latina, en la formación académica de lo clásico y popular.

Un músico en Rusia
En 1986  decidió estudiar música en Rusia,  en donde obtuvo el diploma Summa Cum Laude en 1997. En 1999,  el Doctorado en música del Conservatorio Chaikovsky en la especialidad de Dirección sinfónica y operística. Tuvo como   maestra de Dirección Coral a Irina Riéshikova.

Se especializó en interpretación de música barroca en la Academia Bach de Stuttgart (Alemania), y Dirección coral del Colegio Superior de música Gniesin. En la sala Rajmáninov  del Conservatorio Chaickovsky, dirigió  su primera obra “El Magnificat”. Allí se quedó 18 años.
Tuvo el privilegio de cantar en el Vaticano en 1993, como director coral, y 2002, en calidad de director y fundador del Coro gregoriano del Seminario católico de Moscú.

“Hay seres con tanta irradiación de luz que no se les puede mirar a los ojos, por la intensidad de su mirada”, me confiesa Germán Céspedes.

“Uno de ellos es el Maestro Abreu, cuya mirada es tan penetrante que es difícil mantener la vista en sus ojos. Otro ser fue el Papa Juan Pablo II en en Vaticano.

El sistema musical que implementó Abreu y que ha sido modelo para las escuelas y universidades musicales en el mundo, se intentó implementar en Colombia, a través del programa Batuta y la Red de Orquestas de Medellín”.
 

La sombra de Mejía

La primera sorpresa fue encontrarse con la música de Adolfo Mejía en Cartagena.

“A Cartagena llegué a través de una convocatoria pública en 2013. Yo era decano del Conservatorio de Música de San Juan de Puerto Rico en 2012. En 2006 había venido a Cartagena, como director invitado por la Filarmónica de Comfenalco,  en diciembre, a un concierto de Navidad. Tenía poca información sobre lo que era la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar (Unibac), visité su página, y bueno, ya el Caribe me había fascinado desde Puerto Rico.

Cartagena es una ciudad con tradición musical, y cada región tiene su propio desarrollo que los diferencia y matiza.

Cartagena es un crisol de razas. Siempre he creído que si bien el objeto de la formación es mejorar la calidad, hay un propio valor plasmado en el talento, en la dignidad del ser integral y en la vida de quienes estudian música.  La pedagogía consiste en saber inspirar. Lo más difícil es conmover las fibras de la sensibilidad.

La experiencia como director de la Orquesta Sinfónica de Bolívar ha sido edificante porque me ha permitido catalizar la experiencia europea en contrapunto con la vivencia cartagenera. La orquesta ganó el galardón Orden Al Mérito Cívico Simón Bolívar, de la Armada Nacional en 2014. Practicamos nueve horas a la semana, los martes a jueves. El Conservatorio Musical Adolfo Mejía, es un programa de la facultad musical en Unibac, y tiene 12 docentes y 13 conmigo. El Coro Polifónico ganó un premio en Sincelejo.

Una  vez le preguntaron a un musicólogo quién era mejor: si un músico colombiano o un músico japonés. Y el musicólogo respondió: un músico colombiano es mejor que un músico japonés, pero dos músicos japoneses son mejores que dos colombianos, porque trabajan en equipo. Y esa es una de nuestras fallas”.

Un experiencia inigualable

En agosto de 2016, el Conservatorio Adolfo Mejía de Unibac, propició un gran hermanamiento de músicos en proceso de formación, con maestros de amplia trayectoria internacional.  Participaron cien  estudiantes de Barranquilla, Cali, Bogotá y Asunción (Paraguay) con sus homólogos de Rusia, Estados Unidos, Cuba, Costa Rica, Perú y Colombia.  La anfitriona fue la Orquesta Sinfónica de Bolívar. Participaron los maestros invitados: el violonchelista ruso Denis Shapavalov, la primera trompeta del Boston Brass, el costarricense José Sibaja; el director cubano americano Iván del Prado, el virtuoso colombiano Rubén Darío Reina, violín, los peruanos Alejandro Encinas, viola, y Carlos Quiroz, trombón.

Epílogo
Pasa por el viejo hotel de Marbella donde vio el mar por primera vez. Las olas golpean contra las piedras. La música lo devuelven a las manos de su madre en el teclado y a las sinfonías de Adolfo Mejía que escuchó en la casa de Tunja.

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