¡Muchacho!, le grito al padre Gilberto Hoyos por teléfono. Me responde de forma enérgica: ¡muchacha!. No sabe siquiera con quién habla.
Lo llamé unas 30 veces y nunca atendió el teléfono. A su edad, tiene otras cosas más interesantes que hacer que estar pendiente a ese “bendito aparato”.
Por fin contestó y le expliqué que quería entrevistarlo. Él no comprendió mucho mi interés, pero me dijo amablemente que sí, que vivía en un edificio en El Laguito.
“Bien, ¿cómo se llama el edificio, padre?”, le pregunté. A lo que respondió: “Ese sí es un problema, muchacha”. Por lo que alcancé a escuchar, creo que sacó la cabeza por la ventana, pues regresó agitado y me dijo: “Edificio Cristóforo Colombo, muchacha”.
Es tanta la gente que ha conocido “El muchacho”, como lo llaman cariñosamente, en estos 54 años que lleva de sacerdocio, que sería imposible, según él, recordar todos los nombres.
Cuenta que decidió ser sacerdote, no porque haya tenido alguna revelación divina, o algún llamado especial, sino porque tenía un tío que era obispo, el primero que existió en Manizales. Y eso lo motivó.
Al poco tiempo de haberse ordenado sacerdote resultó ser muy aplicado y lo mandaron a estudiar Teología, durante 4 años, en la gregoriana de Roma. Cuando regresó se quedó trabajando en Manizales.
Estando allá, promovieron a un gran amigo suyo como obispo y éste le propuso que se viniera con él a Cartagena.
“Mi amigo me invitó a su ordenación y, una vez acabó, me preguntó: ‘¿por qué no te vas conmigo para Cartagena?’ Y le dije: ‘Pero que sea un año, porque yo no soy de clima caliente’”.
El supuesto año que pensaba estar en la ciudad se extendió un poco más de lo previsto. Son casi 50 los que lleva radicado aquí.
“Yo soy es del oriente antioqueño, de Granada, un pueblito frío, querido, feo. Son tres f, feo, no sé qué y no sé qué. Ya se me olvidó”, expresa.
Su primer trabajo fue como capellán de la Escuela Naval. Ese lugar no le gustaba ni cinco. Porque, según Gilberto, la escuela había sido fundada por ingleses que practicaban la masonería.
“Yo vine con esa imagen, en una época había mucho masón, pero cuando llegué aquí, ya era diferente. Había unos cuatro o cinco pelagatos”.
Con gran orgullo asegura que estuvo en los primeros tres viajes que hizo el Buque Insignia Gloria. El primer recorrido tenía, como destino final, Europa; el segundo, las Islas Malvinas; y, el tercero, a Norte América.
Confesó al presidente Santos
De todos los jóvenes cadetes que confesó, al que más recuerda, por razones obvias, es al presidente de la República, Juan Manuel Santos.
Todos los primeros jueves del mes se confesaba. No había mes en el que no cumpliera religiosamente con esa cita.
“Ay, era una persona muy correcta. Se confesaba los jueves en la tarde para poder recibir el sacramento de la eucaristía el viernes”.
Luego de estar 20 años en la escuela, pasó a ser el párroco de La Catedral, donde también estuvo el mismo tiempo. Siguió en la Iglesia de La Trinidad, en Getsemaní. Ahora no tiene parroquia y apoya en la iglesia de Bocagrande.
Luego de 54 años de estar sirviéndole a la comunidad, se siente afortunado por tener dos pensiones, una de la Armada; y la otra, de La Salle, donde también fue capellán.
“Mira dónde estoy viviendo. Dios ha sido bueno conmigo. Y bueno, yo no estoy lleno de hijos, así que me alcanza. (Suelta una carcajada)”.
Tal vez no tiene hijos propios, pero sí de corazón. Conoció el caso de dos hermanos huérfanos a quienes crió y educó como sus hijos. Ellos, adicional a los cartageneros, son su única familia cercana.
El padre Gilberto fue el fundador en Cartagena del Movimiento Jornada de Vida Cristiana, un grupo que cumple este año 47 años de existencia.
Esta idea fue traída de México y replicada en otros países como Argentina, España, Uruguay, Estados Unidos y Colombia.
En ese movimiento de la Arquidiócesis fue el asesor espiritual de la presentadora de televisión, Rochy Stevenson; el cantante, Karol Márquez y del gobernador de Bolívar, Juan Carlos Gossaín, entre otras personalidades de la sociedad cartagenera.
Antes de terminar, me intriga saber cómo definiría a Dios una persona que se ha dedicado toda la vida a predicar del evangelio.
“Dios es el ser más perfecto y el que más satisfacciones da. Soy un hombre feliz de ser sacerdote; y, si volviera a nacer, sería nuevamente sacerdote y aquí en Cartagena”, concluye “El muchacho”.


