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Goleta oceanográfica visita a ermitaños del fin del mundo

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Aislados en un islote hundido en un fiordo azotado por los vientos, sobreviven en el siglo XXI con las condiciones del XIX: los ermitaños Ramón y Oretia viven en los canales de la Patagonia de la pesca artesanal de cangrejos.

La tripulación de la goleta oceanográfica francesa Tara, en su expedición “Tara-Oceans” consagrada al estudio de la biodiversidad oceánica, supo de su existencia al fondear en la Bahía de las Lagunas, al sur de la isla chilena de Chiloé, en el centro-sur del país. 

Tras una decena de días de navegación sin ver un alma en los laberínticos y remotos canales del extremo sur del continente americano, los marineros y científicos de la embarcación se sorprendieron al divisar, en el boscoso litoral, una columna de humo que salía de una suerte de refugio. 

Luego vieron lo que parecía una barca y un pequeño bote pesquero de madera sobre la arena salpicada de restos de caparazones de cangrejos, mejillones y conchas marinas. 

Son las preciosas herramientas de trabajo de la pareja que se acerca para recibir a los visitantes: Oretia, una robusta mujer de 37 años bajo un viejo impermeable y un gorro de marinero, y Ramón, de 42, que se muestra desconfiado. Ambos están desdentados y con las encías inflamadas. 

“Señal de escorbuto, por la ausencia de vitamina C”, diagnostica Thierry Mansir, el médico de a bordo. La pareja consume muy raramente frutas y vegetales y no las cultivan; solamente se dedican a la pesca, como las generaciones que los precedieron. 

La misión “Tara-Oceans” se dedica a estudiar la biodiversidad y los ecosistemas planctónicos en ambos hemisferios, en la más pura tradición de los expedicionarios naturalistas de los siglos XVIII y XIX. 

Cuando los tripulantes de la goleta proponen comprarles cangrejos, Oretia impone el trueque: los crustáceos a cambio harina, arroz, aceite, azúcar, carne. De todos modos, no tendría nada que comprar con dinero. 

Su rancho, que consiste en unas paredes de chapa cubiertas por un toldo de plástico, no tiene agua, gas ni electricidad, sólo una rústica estufa a leña para entrar en calor y cocinar. Algunas lámparas de aceite iluminan el interior sin ventanas y en penumbras. 

“Somos muy pobres”, repite Ramón continuamente. “Nací en esta isla. Mi padre fue pescador. Una vida de miseria, como yo y mi mujer. No tenemos dinero para mejorarlo”. 

No tienen ningún medio de comunicación para poder pedir socorro en caso de accidente o enfermedad y el primer médico está a nueve horas de remo. 

No obstante, en el medio de la noche, la débil luz amarillenta de su vivienda parece decir a los viajeros: aquí hay un poco de vida. 

 

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