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Gotas en la sed de un pueblo

Empezó a llover.

Desde el barrio La Paz en San Jacinto, Bolívar, se admira el espeso follaje verde que emerge con las lluvias.
Atrás quedó el ‘peladero’ amarillento, que hace parecer los campos escenario de guerra. La alegría del agua hace reverdecer el pueblo.

La economía toma un respiro. La leche, el queso y el suero bajan de precio porque las vacas ya tienen buen pasto y producen más. Los cultivos de yuca empiezan a sembrarse y con ellos la esperanza de una buena cosecha.

El agua bendice también la prosperidad  de las cosechas anteriores. Ahora se come aguacate al desayuno, al almuerzo y en la cena. Los mangos caen de los árboles intactos y se pudren en el suelo porque los campesinos se cansan de recogerlos.

Entonces, se nota la felicidad.

En las albercas hay agua, pero la gente siente lástima cuando llueve. Como sus tanques están llenos, el oro transparente que este año empezó a caer desde finales de mayo se derrama y se piensa en la resequedad del pueblo... en la cantidad de agua que se desperdicia ahora y por la que clamarán mañana.

Ahora que el agua cae a cántaros los enormes recipientes de cemento y plástico donde la almacenan, están a rebosar. Ya no hay de dónde sacar canecas (pimpinas) para llenar.

Ya la preocupación se fue. Ya no hay que sacar las ‘dos mil barras’ para pagar una caneca de agua de  tanque, o los ochocientos pesos por caneca de agua de laguna. Esto es lo que llega a costar el agua en pleno verano. La caneca más barata es la de ‘agua de arroyo’ (extraída de pozos subterráneos artesanales hechos en medio de arroyos casi secos).

“La de arroyo es más barata porque es salobre y deja a la gente “mojosa”. Estar ‘mojoso’ es quedar con la piel reseca y blancuzca, y que cualquier persona, con el dedo como tiza, pueda a uno rayarle la piel como si fuera un tablero. Ahí a lo largo del brazo queda esa raya blanca, y es cuando le dicen a uno “quedaste mojoso”. Y si fuera sólo eso. Con el agua de arroyo el pelo le queda a uno “teso”. Eso en el pueblo es sinónimo de pobreza, porque el que tiene con qué siempre se baña con agua de tanque, con la más cara, ya sea porque pudo construir una tremenda alberca en su patio, o porque tiene para diario comprar las canecas de agua”, cuenta Nacho Vásquez, sentado en el pretil de su casa.

Pero ya todos en San Jacinto pueden bañarse con agua de tanque, así que ya todos se ven como gente ‘de plata’.

“En verano, las jarras de agua en la nevera se agotan cada media hora, por eso siempre que le brindan agua a uno está “caliente”. Pero cuando llueve, ¡muchacha! cuando llueve a los sanjacinteros ni nos provoca el agua”.

Bajo el agua

“¡Cómo se ve de bonito el monte! La arena amarilla de las calles se vuelve húmeda y resbaladiza, y es cuando los niños sanjacinteros empiezan a saltar charcos. A ellos sí que les gusta cuando llueve.

“¡Mami está llovieeendo!”. Gritan.
Y si van a ser las cinco de la tarde y no se han bañado, entonces les dicen:
“ Bueno, busca la taza, las chanclas y el jabón de olor”.

Los sanjacinteros tienen la costumbre de dejar en sus patios de tierra, piezas de cemento grandes que sirven de piso para eventualidades como estas. Y se especifica el jabón de olor porque si se acaba mandan a buscar el de lavar ropa.

Pues sí, los niños de San Jacinto son los más felices. Si no se bañan en el patio, emparamándose con las gallinas, se bañan con sus amigos en la calle. Eso sí, si no hay mucho “trueno”. Porque si hay muchas centellas, como también acostumbran a decir los abuelos, entonces el niño se tiene que bañar dentro de la casa, con un tanque llenito de agua si le provoca (aprovechan porque en verano les dejan medio balde de agua de tanque, o laguna, o tristemente de arroyo).

Por ahora...
A San Jacinto, que ha vivido desde su fundación en 1.776 a punta de agua de lluvia, se le olvida el acueducto por estos días, así que esta es también la época de felicidad de sus políticos porque nadie les reclama la llegada de los carrotanques.

Ya existe una cultura ahorradora, o pregúntele a un sanjacintero si no le da pesar pasarse más de media hora debajo de una regadera. “En el pueblo con ocho totumas de agua tengo”, piensan mientras las gotitas de agua los envuelven.

Pero aún cuando las hojas en todas las tonalidades de verde, se mueven con la brisa fría desde la mañana hasta la tarde, en San Jacinto deberían poder vivir todo el año sin preocuparse por este líquido.

Con el agua hasta el cuello tienen el poder para preguntar “y el acueducto ¿para cuándo?”.

 

LA ESPERANZA EN UN PROYECTO

El Universal contactó a Gonzalo Posada, Gerente de Aguas de Bolívar, quien proporcionó datos acerca del proyecto Construcción del sistema de acueducto regional de San Jacinto-San Juan.

El proyecto contempla instalar una tubería de aducción, con captación en el río Magdalena (corregimiento San Agustín) hasta la PTAP (planta de tratamiento de agua potable).

Se proyecta construir una nueva PTAP con capacidad de 120 litros por segundo, rehabilitar la PTAP existente (filtros, sedimentador, floculador) con caudal para abastecer a cabeceras municipales de San Juan y San Jacinto a 30 años, nuevas estaciones de bombeo hasta San Jacinto, y tanques de almacenamiento con capacidad para 1.800 metros cúbicos de agua potable.

La tubería hasta San Jacinto sería de 13.126 metros lineales.

Para San Jacinto, el proyecto abarcaría de un 15% (estado actual) a un 100% mientras que en San Juan sería de un 80% a un 100%.

“Los diseños los hicimos nosotros, Aguas de Bolívar. El proyecto lo revisó el Ministerio de Vivienda Ciudad y Territorio”, explica Gonzalo, quien afirma que “está aprobado técnicamente e incluido en el Contrato Plan Montes de María. Debe contratarse por licitación y eso puede tomar dos meses mínimo. Se iniciaría en septiembre”.

La financiación del proyecto proviene del Contrato-Plan entre el Departamento Nacional de Planeación y las gobernaciones de Bolívar y Sucre con aportes económicos de todas las partes.    



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