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Guía de amor para incrédulos

¿De verdad existe el amor verdadero? o bien, ¿ de verdad existe en esta época, el amor verdadero?
Sólo es mirar hacia nuestros papás, tíos y abuelos. Ellos aún están juntos, y sea por las razones que sea. Me sorprende que a los 20 años empezaban a conformar una familia y ¡wow! hasta el sol de hoy.

Pero parece que en esta época eso es imposible. Encuentro que en unas de esas páginas de noticias raras, el psicólogo español Rafael Santandreu, autor del libro Las gafas de la felicidad , afirma que deberíamos cambiar de pareja ¡cada cinco años!

La protagonista de esta historia, Rebeca Covos, pondría el grito en el cielo nada más de mencionárselo, pues lleva 40 años al lado de su esposo Pedro Julio Blanco, a quien acompaña a vender “raspao” diariamente hasta el Colegio El Líbano. Trabajan juntos, ríen juntos, viven una vida austera juntos y en sus palabras, han edificado su casa basándose en el respeto. Ella tiene 65 años y él 72.

“En el hogar, pasan tantas cosas que hay que saber comprenderse, él tiene una manera de ser y yo, otra manera de ser. Ahí hay que haber comprensión”, dice Rebeca. Ella tiene unos hermosos ojos azules que producen tranquilidad. Su cabello es rubio y es muy bajita de estatura. “Tengo un temperamento bien mmm”, dice cerrando el puño, pero es imposible creerle.

Dos veces al día parten hacia su trabajo. Él lleva su mirada centrada en la calle y en ella. Ella sonríe por tener su compañía, aunque sufre con el calor de Cartagena. Hace pocos años que viven en El Líbano. Antes vivían en Caracas, Venezuela. “Mantenemos nosotros la unión porque... es que la soledad es muy fea”, afirma la mujer.
A Pedro se le sube la tensión, lo que le produce pérdida de audición. “Entonces si usted le habla por el oído que oye, oye, pero si le habla por el otro, no oye. Usted se cansa de pedirle un raspao y él no oye”, cuenta su amada. Los niños, en su mayoría un tanto necios, aprovechan el letargo en el que a veces se sume Pedro y abren los tarros de esencia dulce. Ahí está presente Rebeca, para “espantarlos”. Ella es de Bucaramanga, él es de San Onofre.

Es tan notable su buena relación que todos en el barrio los aprecian. Hernán Teherán, uno de los vecinos, es quien me lleva hasta el hogar de esta pareja. “Ellos trabajan juntos, y mira cómo se mantienen”, dice admirado.

No hay lugar como el hogar

La habitación huele a su pasado. Un enorme baúl de madera se alza como un altar, rodeado de piezas de cerámica y coloridos adornos que transportan al visitante a los años 70.

Hay por lo menos cuatro cuadros colgados en cada una de las paredes de su habitación. También hay recuerdos, del padre de Rebeca, que la acostumbró a ganarse el pan siendo muy niña, fotos de los nietos de ambos, y también de los hijos. Hay una imagen de una joven Rebeca con un vestido rosado.

Ella era muchacha de servicio, él jardinero. Se conocieron hace cuarenta años. Afirman haber trabajado por más de diez años en Venezuela con Pedro Mendoza, hermano del empresario Eduardo Mendoza Goiticoa, quien a su vez es abuelo del líder opositor Leopoldo López Mendoza.

“Estuviéramos en mejores condiciones”, dice ella. En una de las paredes tienen la foto de Don Pedro. “Trabajamos diez años con ellos, y el señor Pedro dijo “yo les voy a dejar a ustedes para que vivan y no trabajen más”. El escrito que les cambiaría la vida queda en un cuaderno, quemado sin querer.

“No somos ricos, no tenemos lujos, pero vivimos bien”, completa Rebeca. En su hogar la cerámica lacada se asoma en cada rincón, colorida, contando una historia.
“Cuando él tiene la razón, yo me pongo bajitica y no contesto, y cuando yo cojo mis rabias, me siento por allá. Al ratico ya llegamos como si nada. Estar separados, no es tener un hogar. Dormir uno por aquí y otro por allá y hacer ver a la gente que está circulando el hogar, es engañarse a uno mismo”.

Pedro Julio tiene una voz bajita, habla casi que en susurros. “Me gusta en realidad de ella, su personalidad, su modo de ser, en realidad fue eso. Cuando nos conocimos me gustó mucho”.

A ella la conquistó su sinceridad. “Es un hombre serio. Me habló claro desde un principio, no me ocultó sus hijos, yo le dije que yo buscaba una pareja para toda la vida, no un hombre por una noche. Tampoco me le entregué hasta que no vi que todo lo que me contaba era verdad”, dice soltando una carcajada, “él creía que yo tenía un cinturón (de castidad) o algo así”.

Hay plantas en su casa, y muchos animales. La sensación que produce su hogar es de tranquilidad, aun cuando viven en una comunidad con altos índices de violencia. Su hogar es como un refugio que los protege de la Cartagena de afuera. “Ese pájaro muy poco lo hay aquí en Colombia, lo hay en Venezuela”, dice Pedro, mostrando un Arrendajo. Tiene además un turpial, una cotorra y un canario. A sus pies se arrastra un tierno gato, que está operado para que no para más gaticos.

“Allá arriba hay matas de orégano, hay toronjil y hay... eso que venden en el mercado... ¡ la moringa!”. Las plantas son de Rebeca.

Ella tiene un hijo de su primera relación y él tiene hijos también. La crianza de estos últimos corrió por cuenta de los dos. La construcción de una vida juntos parece tan fácil, uniendo sus personalidades. “Si yo tengo algún dolor él está pendiente de mí y si él tiene algún dolor, entonces yo estoy pendiente. Mi carácter lo he dejado a manos de Dios, porque él es que me hace cambiar. Yo no saco nada con ser agresiva porque la gente se me va. Cuando cometo algún error, le pido disculpas”.

Y entonces, Rebeca y Pedro vivieron felices para siempre...



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