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Guillermo Dávila, vida de mago

Guillermo Dávila ha sido mago toda su vida. Cumplió 88 años y recordó aquellos años en Cartagena en que fue a la vez linotipista e ilusionista y gerente de ideas fantásticas.

Guillermo Dávila saca de su bolsillo un billete de veinte mil pesos y lo  mastica hasta convertirlo en un montón de papelitos blancos.

Sus manos sostienen con sutileza y picardía, el sortilegio del instante en que los papelitos blancos desaparecen transformados en el mismo billete de veinte destrozado por sus dientes. Esa travesura de magia es una de las tantas que hace para el asombro de quienes lo conocen de cerca. A sus 88 años es el más viejo de los linotipistas  que trabajaron en el periódico naciente El Universal.

Es  sobreviviente de una época que recuerda con una deslumbrante exactitud. Vino de Bucaramanga a Cartagena y conoció a Domingo López Escauriaza, fundador del diario cartagenero, quien le propuso que se integrara al núcleo de linotipistas.

Mucho antes de llegar, había quedado embrujado al conocer al mago Richardine, el mismo que encantó al niño García Márquez en Aracataca.

El espectáculo de la mujer desmembrada en dos enormes cajas, que podría verse por separado, y luego, el cuerpo entero en un parpadeo hipnótico, los impactó a los dos en Aracataca y en Bucaramanga. En Cartagena, bajo la mirada de Clemente Manuel Zabala, el joven Dávila recibía las columnas del joven García Márquez, e iniciaba en el periódico sus primeras prácticas de ilusionismo y prestigitación.

Una de las grandes travesuras de Dávila fue desaparecer una página de cierre que había sido armada con los plomos ardientes de los linotipos, letra a letra. Aquello era un asunto hipnótico. Clemente Manuel Zabala, con su ternura habitual, lo tomó del brazo y le pidió que una travesura igual no volviera a repetirse en la sala de redacción. Fue allí donde García Márquez se hizo amigo del joven mago y linotipista. Años más tarde diría el escritor que siempre se sintió un prestidigitador, un hombre que hacía magia con la yema de sus dedos, sobre el papel en blanco. Declaró que él en el fondo envidiaba a los magos de feria desde que era un niño, y era tan incapaz de hacer magia que había terminado refugiándose en la soledad de la escritura.

Para el Mago Dávila, la linotipia es un arte que describe como una “música hermosa que surge al acariciar las teclas del piano. Palabras sabias se eternizan al rozar las teclas del linotipo. Los dedos se van posando, rítmicamente, sobre el desgastado teclado. Pequeños y grandes resortes se contraen y se expanden y dejan escapar vertiginosa y ordenadamente, de las celdas de un magazine, las matrices de cobre en las que en su bajo relieve se introduce el candente plomo para darle vida y consistencia a las palabras que ya pueden ser impresas”.

Dávila evoca la casa colonial que fue sede inaugural de El Universal, una mansión que alguna vez pudo ser el refugio secreto de unos monjes de la Inquisición, persiguiendo herejes y sospechando que toda sensualidad a la intemperie podía ser la encarnación de una bruja. Así persiguieron “y condenaron a la higuera a más de “una negra mulata pechos de aguacate”, como decía Jorge Artel.

“Me convierto en el linotipista de Gabriel García Márquez. Gabriel sentado en la silla de su escritorio mientras leía los diarios, las revistas, o mensajes, levantaba sus piernas y ponía sus pies, calzando zapatos bien lustrados, encima del escritorio.

Gabriel, 24 años. Yo, 22. Él es reconocido como escritor. Sus lectores y directores lo señalan como “promisorio”. Tiene la certeza de lo que será. No tiene dudas sobre a dónde quiere llegar. Yo soy aficionado al hipnotismo. Todos empiezan a llamarme “El Mago” Dávila, linotipista con nueve años de experiencia que me han permitido recorrer los talleres y redacciones de El Liberal, El Espectador, Jornada, El Siglo, entre otros.

Nos hacemos cómplices de Manuel Clemente en el intento de sacar un diario sin errores, bien escrito, al día, y que estuviese en la calle muy a primera hora de la mañana. Fue allí, en una de esas noches, cuando pensé que García Márquez era el hombre para que hiciésemos el periódico que había soñado: ¡el más pequeño del mundo! Se lo propuse. Me lo aceptó. Se llamaría Comprimido.

Y remato, para quienes se han preguntado por qué un linotipista mago y un premio Nobel de la literatura colombiana resultaron ser amigos y socios en su juventud, repitiendo las palabras de mi socio en “Vivir para Contarla”: “Para mí, compartir con un mago la rutina diaria fue como descubrir por fin la realidad”.

Sus amigos magos
Conserva una foto en la que aparece con sus amigos magos vestidos de frac, en una de las ceremonias de la asociación nacional de magia. Están: Ali-Vad, Gustavo Lorgia (Padre), Max Lond, Charlessar, Richardine, Ming Fu, entre otros. 

¿Qué reflejan los rostros  de estos magos? Una mirada que atraviesa el tiempo y el espacio físico. Dávila es uno de los más jóvenes de ese grupo. Es delgado, su semblante tiene un halo de sonreída picardía. Es elegante y seductor de públicos.

Fue él quien mantuvo unidos a los magos de todo el país, a través de encuentros en diversas ciudades del país, y a través de su revista Arcano.

Siempre ha tenido Dávila una intuición para los números y la suerte. Un día apostó a un caballo que jamás había conocido, en la apuesta hípica del 5 y 6, y ganó. Desde entonces, la gente creyó en todos sus vaticinios que al final, resultaron ciertos.

El arte de levitar
Dávila aún guarda y lleva en su bolsillo su carnet de mago. Los magos de Colombia se reunían en una gran cena cada año y compartían sus  herméticas vigilias. Con el advenimiento de las nuevas tecnologías, la magia tuvo que reinventarse y desafiar a los incrédulos.

Tal vez, lo más impactante de su tarea de ilusionista es hacernos ver que alguien que se ha dormido en un sofá empieza a levitar. Dávila es un veterano en levitaciones. A sus 88 años, conserva el más fino humor y una gracia contagiosa que le permite ser en la vida cotidiana, una criatura que ha cumplido cuarenta y cuatro años dos veces, sin permitirse envejecer, junto a su esposa Gloria.  Así ha sido su magia que nace más allá de sus dedos.

Tal vez en su  sereno y dulce corazón de ilusionista.

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