Harold Herrera, el 'rey' de los zancos en Cartagena

18 de noviembre de 2018 12:04 AM

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Cada noviembre, Harold Herrera danzaba airoso con sus zancos, de unos dos metros de altura, en cuanto desfile había en honor a las Fiestas de Independencia de Cartagena. Brincaba, se reía, ondeaba la bandera cuadrilonga y parecía resplandecer. Hoy está postrado en una cama, no puede moverse debido a fracturas en su fémur y cadera. En una habitación fría, en una clínica de la ciudad, con una sábana de colores desgastados y un gorro quirúrgico desechable, trata de protegerse del frío, dejando al descubierto solo sus ojos.

Este año su suerte no fue la misma. El domingo 11, un amigo lo invitó a participar en un desfile en el barrio La Candelaria, y él decidió ir aunque sabía que ese evento se le cruzaría con el Cabildo de Getsemaní, a donde, finalmente, resolvió enviar a dos de sus pupilos. No pasaban las tres de la tarde cuando sintió una cuerda que torpedeó sus pasos. Perdió el equilibrio. No tuvo tiempo de reaccionar. En segundos estaba tendido en el suelo, viviendo una de las experiencias más traumáticas de toda su carrera artística, y en medio de un dolor intenso, pensaba en lo que le acababa de suceder mientras escuchaba a un amigo reclamar por un acto que, al parecer, fue intencional. Desalmado. Harold estaba a punto de cerrar su participación, pero, desafortunadamente, estaba ahora inmóvil, esperando una ambulancia.

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La primera vez que Harold se subió a unos zancos sintió un poco de miedo. Fue en un taller dictado por la entonces directora de Bellas Artes, Sofía Camacho de Covo, y desde entonces esas herramientas se convirtieron en una parte importante de su vida. Su trayectoria empezó hace unos 25 años, cuando entró a esa escuela a estudiar teatro. “Creamos un movimiento teatral excelente y pese a que (Bellas Artes) todavía no estaba oficializada como una universidad, tenía buenos maestros y el pénsum no tenía nada que envidiarle a algunas universidades. Tenía profesores cubanos, mexicanos, y de muchas otras partes. Yo hice taller de zancos, pantomima, acrobacias, cuanta cosa. Me preparé y empecé a encaminar mi vida artística”, contó desde una cama en la clínica Barú, donde lo acompaña su esposa, Flor Cásseres, y donde esperaba una segunda cirugía que le habían programado para el día siguiente.

“El arte fue un gran motor de desarrollo personal”, me aseguró. Harold nació en las faldas de La Popa, en medio de carencias. Explica que su infancia fue muy difícil y dura, sin querer ahondar en detalles, pero él encontró en el teatro, en los zancos y otras expresiones artísticas, la forma de cambiar su difícil realidad.

En un artículo publicado en 2016 por este medio, el periodista Gustavo Tatis narra cómo fue la vida de este ‘zanquero’ y gestor cultural que se ha esmerado por encaminar a muchos jóvenes de su barrio, Pablo Sexto Segundo, y de otros sectores de la ciudad, en diferentes expresiones culturales para alejarlos de la violencia y las drogas. “Su madre, Minerva Pérez Padilla, murió en su tercer parto, cuando él tenía 5 años. Su padre, Samuel Herrera Watts, se metió a defender a un amigo en una riña, y murió a tiros… la vida lo sacó de casa temprano en busca de una familia que encontró en el abuelo músico. Pero antes vivió un año durmiendo en el corazón de madera de un barco en el Muelle de los Pegasos, en donde el capitán se condolió del muchacho huérfano y desamparado. La señora solícita de los patacones en el quiosco se los daba de comer con queso. Y fue allí donde supo del abuelo”.

Dice que, tal vez, por su propia experiencia, siempre se ha interesado en propiciar espacios para el arte en beneficio de niños y jóvenes de su sector, donde él no encontró oportunidades. Creó la Fundación Cultural ‘Llamarada’, una corporación humilde que con las uñas ha tratado de persuadir a las nuevas generaciones con actividades como cine al aire libre, talleres de artes plásticas, teatro, poesía, lectura, títeres. Es sin duda un gestor cultural que se ha consagrado a pulso por su ciudad y que, a través de ella, ha encontrado una manera de sobrevivir aunque no sea la más rentable. “Monto zancos, hago mimos, recreación, pero mi esposa ha sido un bastión en el cuidado de mis hijas y ella también trabaja, es madre comunitaria. Esta no es la calidad de vida que merece un gestor cultural, pero uno hace malabares para poder sobrevivir, se presta por un lado, por el otro, y así”, señala.

A Harold lo llaman el ‘Rey de los zancos’ y no será por casualidad. Ha obtenido reconocimientos por su labor cultural y por su comparsa de ‘zanqueros’, con unos 40 integrantes, que hace dos años engalanó el Desfile de la Independencia con su esplendor. “Yo proliferé esa herramienta escénica aquí en la ciudad, cuando estuve en Bellas Artes. Salía a las calles en mis zancos y la gente se preguntaba: ‘¿Y ese quién es? ¿Está loco?’, porque esas maniobras se veían en Bogotá, Cali, Medellín, pero aquí no. Ahora tú ves que hay muchos y que, inclusive, lo hacen hasta mejor que yo”, dijo.

Puede que a Harold le resulte difícil volver a desfilar en sus espigados zancos de madera, pero él se aferra a Dios para salir bien librado de este doloroso impase.

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¿Qué significaría para usted no volver a montar en sus zancos?, le pregunto. Él calla por unos minutos y dice: “Es como si te arrancaran una parte de ti, porque sientes que ya hacen parte de tu cuerpo, y no poderlos usar es como si te quitaran una parte de ti. Manejo otras facetas artísticas, pero esa es la que más me apasiona. Gracias a esas herramientas me di a conocer y también estoy gozando de la solidaridad y de las manifestaciones de aprecio y de cariño de muchas personas”. Y paradójicamente, intenta sonreír.

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