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Héctor Elías, el payaso más formal del mundo

No importa si tiene el corazón remendado o la sangre hirviendo, Héctor Elías Lozano siempre encuentra la forma de hacer reír a su público. Siempre.
Aquí está, frente a mí, con sus ojos tristes y su voz recia. Serio. Es un empresario al fin y al cabo, el empresario de la risa.

“Sé que nací en Purificación (Tolima) un día de San Valentín, el 14 de febrero de 1956...la hora sí se la debo, no tenía reloj ese día y no me di cuenta”, dice, entonces una carcajada fulmina la seriedad de su voz. Saca del bolsillo izquierdo de sus jeans una nariz de payaso redonda y desgastada...parece tan vieja como sus incontables canas.

Pregunto por su recuerdo más viejo y bello, ahora sus ojos café y sus labios sonríen, habla de las tardes frías de Purificación, de circos y malabaristas, colores y música. Reconstruye en minutos aquellas tardes en que el pueblito se llenaba de payasos y él, entre risa y risa, comenzaba a contemplar su futuro...ni siquiera sospechaba que iba a ser payaso, solo reía.

Apenas bajaba el telón y él regresaba a la casa, se paraba frente al espejo para imitar los números del circo. Imaginaba a públicos inmensos riendo con él, a grandes y a chicos felices por sus gracias. Solo imaginaba. Nunca dijo que quería ser payaso.

Después, aún siendo un niño, se mudó a Bogotá junto a sus papás, María de los Ángeles y José Ramón. Ya casi no había circos, pero él seguía soñando con miles de sonrisas. Estudió, fue teatrero y conoció al amor de su vida, Rosa Elena, la mamá de sus tres hijos y su compañera de chistes. Comenzó a vender electrodomésticos para ganar dinero, y le iba bien, tanto que también hacía shows humorísticos gratis hasta que encontró compañeros y vio que ellos sí cobraban. Y lo más importante: vio que sí podía vivir de la risa, y decidió convertirse en empresario.

Al principio, era un payaso cualquiera. Comenzó haciendo fonomímicas como Jaimito, un niño precoz. Usaba siempre un disfraz azul de marinero y mucha gente le dijo que se parecía al Kiko, del “Chavo del Ocho”, y entonces se volvió Kiko. Infló sus “cachetes de marrana flaca”, le puso un toque chillón a su voz y convirtió a su esposa en la popular Chilindrina. Y fue Kiko. Su primer gran número fue en el Teatro de la Media Torta, en Bogotá. En ese escenario conoció a artistas como Julio Iglesias y Raphael.

Se olvidó de las neveras y los televisores por completo para entrar al mágico mundo de la televisión, todavía a blanco y negro, todavía mágica por personajes como el inmortal Pacheco y su “Animalandia”.

“Trabajé en ‘Animalandia’ un tiempo muy fugaz, ya ni recuerdo en qué año, sé que fue en los 80, conocí a los payasos Bebé, Pernito, Tuerquita, los magos...hice muchos contactos y me embarqué en esta empresa del humor. Entré a circos grandes como el Gasca”, dice.

Vio caer a Tuerquita - Alberto Noya- en el hueco profundo de las drogas, estar a punto de morir porque lo acuchillaron...y justo cuando todos pensaron del pobre Tuerquita que era mejor morir que seguir en el infierno del vicio, él se levantó. Es como si hubiera resucitado sin morir, porque dejó las drogas y consagró su vida a Dios. Esa es la historia más triste y luego esperanzadora -irónicamente- que Héctor ha visto en la industria de la alegría.

En Cartagena

Como un Kiko de 25 años, llegó a Cartagena el mismo año que el Papa Juan Pablo II pisó estas tierras. Fue en 1986. “Yo vine como p’abril y el Papa llegó en junio o julio”, agrega.

De su llegada a La Heroica, Héctor recuerda el rostro, pero no el nombre del periodista cartagenero que lo persiguió pensando que era el mismísimo Carlos Villagrán, el mexicano que personificaba a Kiko en “El Chavo”. El colega comenzó a entrevistarlo emocionado... no podía creer que Villagrán estuviese aquí y que lo tuviese tan cerca hasta que Héctor lo bajó de la nube. Entonces solo pudieron reír y reír del chascarrillo del destino.

En la Cartagena de entonces no había mucho entretenimiento que ofrecer a los niños, así que Héctor con sus shows de magia, con su Kiko y con su Chilindrina, colonizó ese mismo año el Centro de Convenciones. Actuó para pacientes de la Casa del Niño y para pequeños de las barriadas más populares, contratado por la Alcaldía. Hizo televisión en Cartagena. Acarició el éxito.

Hace poco más de diez años, se fue de gira por Colombia y visitó todas las poblaciones donde hubiese estadio o coliseo. Pasó por Sincelejo, Magangué, Mompox, Montería, Pereira, Medellín, Bucaramanga, Cúcuta, Valledupar...Y precisamente de la tierra del Cacique Upar tiene una de las anécdotas más bellas:
“A Valledupar llegué con mi equipo, hicimos una campaña muy buena y el día de la presentación la gente respondió tan bien, que entraron 8 mil personas y muchos quedaron por fuera. El coliseo estaba a reventar y cuando acabó el espectáculo, el celador me dijo: ‘oiga, lo felicito. Solo dos personas han llenado este lugar: Diomedes Díaz y usted’ ”.

Lo más bello, dice Héctor, que se ha puesto una nariz roja nueva -la vieja está sobre la mesa-, es contemplar la sonrisa de miles de personas. Saber que los chistes a veces son borradores del dolor, que limpian el corazón. Que la alegría es universal. Que la risa es una herramienta infalible para sanar almas.

¿Qué es lo triste de la industria de la risa?
-Lo más triste es que a veces tienes el corazón hecho trizas, hay problemas grandes, pero te subes al escenario y tienes que hacer reír a los demás. Recuerdo que un tiempo mi mamá estuvo enferma y me tocaba actuar, dejándola en su lecho...hay que hacer de tripas corazón.

Epílogo
Ya Chilindrina está dedicada a sus nietos, pero Kiko...Kiko sí hay para rato. Y a veces se disfraza de mago, cuando se le da la gana es Jaimito o, por estos días, se quita la nariz roja, se pone gorro, barba y barriga y ¡Zas!..Se vuelve Papá Noel.



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