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Huellas imborrables de la guerra

Nada impidió que a los 19 años Gustavo de Rosa viviera una de las experiencias que lo marcaría para siempre. Nunca se imaginó que sería carne de cañón en otra de las guerras absurdas de la humanidad: la de las islas Malvinas.

Hoy, cuando se conmemoran los 35 años de la Guerra de Las Malvinas, entre Argentina y Reino Unido, Gustavo De Rosa, ahora de 54 años, no puede dejar de recordar aquellos días aciagos, cuando siendo un jovencito sin ninguna instrucción militar, fue enviado al campo de batalla a defender la soberanía de su país de origen. El conflicto sigue sin resolverse y él sigue sin entenderlo.

A los 19 años, tras el examen médico de rigor, Gustavo, o ‘El Pibe’, como se le conoce en su medio, resultó apto para prestar el servicio militar, que en Argentina es obligatorio. El 8 de mayo de 1982 ingresó al Ejército. Estando en plena instrucción militar como soldado raso, el 2 de abril de ese mismo año, le informaron que un grupo especial argentino había desembarcado en las islas Malvinas, desde el colegio les enseñan a los “pibes” que ese territorio pertenece a Argentina, geográficamente hablando.

Los convocaron y pusieron en alerta muy a pesar de su poca instrucción militar, dado que los ingleses habían reaccionado a la ocupación y se negaron a salir de la isla. Argentina, para entonces, estaba bajo el poder de los militares, tras un golpe de Estado. El presidente era el general y dictador Leopoldo Galtieri, quien descabelladamente decidió hacerle frente a unos ingleses armados militarmente con tecnología de avanzada.

Al principio, Gustavo estaba feliz porque lo iban a enviar a Las Malvinas. Eso acortaría en unos meses el tiempo del servicio militar obligatorio. Nunca se imaginó la pesadilla que estaba a punto de vivir como integrante del escuadrón de artillería de defensa aérea 601 de Mar del Plata.

El 16 de abril de 1982, como soldado raso, con 38 días de instrucción militar, fue enviado a defender el territorio patrio en las Malvinas. A todas estas nunca se imaginó que habría guerra. El primero de mayo la realidad lo hizo despertar: los ingleses hicieron el primero de muchos bombardeos.

El bautismo de fuego fue para su sección, porque a su unidad le encomendaron proteger el aeropuerto, uno de los sitios claves en toda guerra, pero antes los habían obligado a construir trincheras para guarecerse de las balas y del frío, que ya comenzaba a sentirse. Pese a que Gustavo estaba alejado de zonas de posibles desembarcos, no dejaba de escuchar las bombas.

Hambre y frío, otros enemigos

A medida que pasaban los días (de los 74 que duró la guerra), el frío del Atlántico Sur, el hambre y el miedo comenzaron a hacer estragos en una sección integrada por imberbes soldados. Ver morir a uno de sus compañeros a consecuencia de una bomba de retardo de las muchas que usaron los ingleses, hizo mella en el ánimo de los adolescentes, pero Argentina seguía dando batalla. Todos querían que la guerra terminara, ganaran o perdieran.

Gustavo y sus compañeros no se volvieron a bañar. Muchos sufrieron de lo que se conoce en el argot militar como pie de trinchera, que es cuando los pies de congelan, se gangrenan y deben ser amputados. La otra guerra la estaban librando contra un clima de menos 15 grados bajo cero.

A él, por ejemplo, solo se le quitó el adormecimiento de sus extremidades inferiores cuando al año siguiente de la guerra llegó a Cartagena, donde ya lo esperaba su papá y un hermano mayor, quienes habían viajado a Colombia en busca de mejores oportunidades.

Cuando su sección dejó de ser bombardeada, se prepararon para el combate cuerpo a cuerpo sin estar listos para ello. Solo el miedo los impulsaba. Fueron cuatro días de bombardeos, hasta que el 14 de junio de 1982 llegó la orden de rendición.

Para entonces Gustavo había perdido unos 15 kilos de peso, estaba demacrado y fue tomado como prisionero de guerra por los ingleses, que, aplicando los protocolos internacionales, lo atendieron, dieron comida y respetaron sus derechos, al igual que a todos sus compañeros. Fueron conducidos en barco a territorio argentino, donde, 15 días después de la rendición, se reencontraron con sus familias. A los pocos días juró bandera (ni siquiera eso había hecho) y le dieron la baja. Pero ya el daño emocional estaba hecho.

La otra guerra

En febrero de 1983 llegó a Cartagena, con un trauma postguerra que lo metería en otro infierno: el de las drogas, al que ingresó como una forma de anestesiar y blindar el dolor. Ese fue el precio que pagó.

Debido al miedo, al recuerdo de las atrocidades de esa ‘absurda’ guerra, se convirtió en prisionero del alcohol y las drogas alucinógenas. Entonces comenzó a librar su propia guerra contra las adicciones. Lleva 24 años limpio y ayudando, a través de una organización internacional, a otras personas que han caído en su misma desgracia.

Dice que esa guerra fue tan devastadora... no solo dejó más de 600 muertos, sino que a los excombatientes los arrojó a un mundo donde los veían como bichos raros y los marginaban social y laboralmente. Más de 300 de ellos se suicidaron.

Hoy, Gustavo, que está felizmente casado y tiene un hijo en Cartagena, dice que en una guerra todos pierden y que fue un acto irresponsable del gobierno argentino meter al país en ese conflicto bélico. Sin embargo, sigue convencido de que Las Malvinas son de Argentina, pero hay otras formas de dirimir esas diferencias. Quiere volver a Las Malvinas y para eso planea un viaje con dos de los hermanos que le dio la guerra, Miky y Coty.

“Le doy gracias a la vida por haber llegado a Cartagena, que me adoptó como un hijo más. Son 35 años de vivir en esta ciudad, donde no solo conseguí una familia sino donde he desarrollado mis dos grandes pasiones: el surfing y el viajar en moto. La vida me regaló esa oportunidad después de salvarme en esa guerra”, dice ‘El Pibe’.

 



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