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Ismael Miranda, una voz sublime en su salsa

La voz de Ismael Miranda es una delicia para los oídos.

Por lo menos, eso sentimos los que tuvimos el privilegio de escucharlo el sábado en su concierto en el Bar  Vueltabajero.

“Su voz suena como un CD, su calificación es de 10 puntos. Simplemente está a otro nivel”, dijo más de uno durante la presentación del cantante puertorriqueño. 

Es como si el tiempo se hubiese congelado en este artista: a sus 66 años aún conserva el timbre que lo caracterizó a inicios de su carrera  en 1967.

Su afinación es perfecta. Sus soneos le dan categoría especial a cada interpretación. Es un  “fuera de serie” en el movimiento de la salsa mundial.

“El niño bonito de la salsa” dejó huella en Cartagena de Indias. Sus fans quedaron fascinados con ese show cargado de sentimiento y sabor caribe.

“Caretas”, “No me digas que es muy tarde”, “Así se compone un son”, “Señor sereno”, Cipriano Armenteros”, y “Vuelve Cipriano” fueron los temas que le  pusieron la “carne de gallina” a los presentes. Miranda es una de las voces emblemáticas del sello disquero Fania.

Fue un sueño cumplido para Dayana Torres, la gestora de este concierto.
 
UN POCO DE HISTORIA

Ismael Miranda nació el 20 de febrero de 1950 en un pueblo de Puerto Rico llamado Aguada. Cuando cumplió 4 años sus padres se  mudaron a Nueva York, buscando un mejor futuro. “Vivíamos en un barrio muy pobre donde se instalaron por esa época muchos puertorriqueños. El entorno no era el mejor. Crecí en medio de malandros, drogadictos y delincuentes. De hecho, fui malandro o pandillero. Eso era lo que había allí”, cuenta Miranda.

“Mi padre se ganaba 60 dólares al mes en una fábrica y se gastaba la mitad comprando discos (LPS). Era un fanático de la  música. Yo comencé cantar desde que salí del vientre de mi madre (risas) y desde los seis años me ganaba la vida pelando cebollas. Después vendía mantecados (helados) en los teatros”.

Miranda sentía por dentro que la vida le tenía algo mejor; aunque, para lograrlo, Dios le puso un sinnúmero de pruebas para endurecer su carácter.

Cuando tenía 15 años, estando en el bachillerato, agredió a uno de sus profesores.

“Resulta que el profesor había abusado de una niña y eso me dio mucha rabia, al punto que fui  donde él y lo enfrenté a golpes. Pasó lo que tenía que pasar: me expulsaron del colegio. Y te puedes imaginar cómo quedaron mis padres con esto. Yo sabía que había cometido un error muy grave y que tarde o temprano tenía que enmendarlo”.

A los 16 años conoció a Andy Harlow, el hermano del destacado pianista Larry Harlow (“El judío maravilloso”), con quien comenzó a ensayar en una bandita que tenía formato de sexteto. Miranda tocaba congas y cantaba. En esos ensayos, el timbalero puertorriqueño Joey Pastrana (q.e.p.d.) escuchó su voz y le propuso que hiciera una producción con su orquesta. Y así fue.

El jovencito tuvo su primera oportunidad de grabar y lo hizo a lo grande. El álbum Let’s Ball marcó un hito en la historia de la salsa con el tema “Rumbón melón”, el primer éxito de Miranda como cantante. Pero había un detalle: nunca le dijo nada a sus padres respecto de esta grabación. Un día se presentó en su casa con el disco y le dijo a su papá que lo pusiera en el equipo de sonido.

El viejo escuchó la orquesta, donde una voz joven soneaba y le ponía sabor. Hasta que llegó el momento más emotivo de esa escena. El adolescente le dijo: “Papi, el que está cantando ahí soy yo”. Y le señaló la fotografía de él que estaba al respaldo del LP.

En ese momento le exclamó a su progenitor: “¡A partir de hoy el mundo es mío!”. El tema “Rumbón melón” señaló el camino de cómo se debería tocar la salsa en Nueva York. Muchas orquestas de esa época tomaron esa  línea en cuanto a arreglos. Por eso esta pieza es considerada como antológica en el movimiento de la salsa.

Pero la falta de contratos en la orquesta de Pastrana hizo que Ismael Miranda saliera de esa agrupación  y terminara siendo la voz estelar de Larry Harlow, uno de los primeros pianistas que grabaron con el sello Fania Records.

Ismael Miranda inició una carrera musical de alto vuelo con el “Judío Maravilloso” al punto de grabar ocho producciones (se destaca “Abran paso”), hasta cuando decidió volverse solista por sugerencia del cantante barranquillero Nelson Pinedo, según contó.

Como solista, también tuvo éxito desde su LP “Así se compone un son”. Los temas emblemáticos en solitario fueron “Cipriano Armenteros”, “Vuelve Cipriano”, “Madre” y “María Luisa”. Luego llegó el reconocimiento a su carrera, al ser parte de las Estrellas de Fania, dirigida por Johnny Pacheco desde 1974.

“La Fania fue todo para mí. Éramos una familia. Nos teníamos un aprecio muy grande. Fui muy amigo de Héctor Lavoe, Pete “El Conde” Rodríguez,

Cheo Feliciano, Ismael Quintana, Santos Colón, Willie Colón... la mayoría de ellos ya fallecieron y a mí me ha tocado enterrarlos a casi todos. Yo fui quien llevó las cenizas de Héctor Lavoe a Puerto Rico, porque él lo quiso así. Soy un sobreviviente de la Fania”.

Y la cereza en el postre la puso con la producción que hizo en 1980 con Willie Colón con el súper éxito “No me digas que es muy tarde”.

En 1984 se dio un gusto muy personal al grabar con la legendaria Sonora Matancera, la agrupación de su predilección.

En la década de los 80, cuando se puso de moda la salsa romántica, impuso el éxito “Caretas”, con el cual conquistó un público muy joven.

Hoy, a sus 66 años, Miranda sigue vigente. Su voz es como el buen vino. Hay “Niño Bonito” para rato.

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