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Jacanamijoy pinta su memoria

Le ha crecido una barba blanca que delinea su rostro sereno y meditabundo de sacerdote indígena, del Valle de Sibundoy. Las manos de Carlos Jacanamijoy (Santiago, 1964), señalan un color recóndito que no está en el lienzo sino en su memoria: es el color de los ojos de su abuela mirando el mundo para contárselo al nieto.

La abuela reaparece en su memoria en Cartagena, sentada en un banquito de madera y arrullando el día con unos cantos remotos del amanecer de los Andes, cuando aún el cielo no podía divisarse entre el plumaje tornasolado de infinidad de pájaros en vuelo. Los cantos son también como plumas que salen de sus labios, arco iris diminutos que se dispersan por el aire e invaden el rancho de la tribu, con nuevos colores y sonidos. Muy cerca del fuego de aquel fogón primitivo en el Putumayo, el niño Jacanamijoy sacaba pedazos de carbón con los que pintó los primeros dibujos en la piel de la tierra y sobre los sacos y las telas de la abuela.

Era como querer pintar aquellos cantos, aquellos aleteos de pájaros. Su padre, el chamán de la tribu, el sacerdote de la fiesta del arco iris, le daba de beber en el tránsito a la pubertad, el yagé depurativo y ceremonial, con el que los chamanes se purifican de las impurezas humanas y las naturalezas contaminadas, y no lo usan con los aspavientos artificiosos de los alucinados modernos, no para trabarse sino para armonizarse por dentro y por fuera, para intuir otras realidades más allá de la pupila.

El chamán es un hombre serio y confiado, no un charlatán para atrapar incautos, y sus realidades son muy distantes a las que forzadamente buscan los cazadores de experiencias urbanas y que muchas veces culminan con aventuras nefastas. No es que Jacanamijoy pinte bajo los efectos del yagé. Es que Jacanamijoy tiene en su memoria natural tanta fiebre de color, que no requiere de nada artificial. Él solo se deja llevar por la memoria de sus ancestros.

Se deja llevar por la voz de su abuela y por los el camino de los susurros y el brillo de los plumajes. Cuando decidió estudiar artes plásticas en la Universidad Nacional en Bogotá, quiso desarrollar sus propias intuiciones frente al fuego de la infancia, seguir pintando con el carbón de las nuevas emociones y evocaciones, llorando como un niño bajo la lluvia en un arroyo en las aguas incesantes, impetuosas y orgánicas de los colores. Nadie se enteró, solo al final, en la noche de graduación, que el muchacho silencioso de ojos asiáticos que estudiada junto a ellos, era un indígena. Le pidió a su abuela que lo acompañara al grado, pero ella le dijo: “No, mijo, no quiero morir en esas lejuras”. Convenció a su padre que lo acompañara, y toda la familia fue, toda emplumada, con los vestidos tradicionales de la tribu. Aquello fue una conmoción emocional y cultural para sus compañeros de la universidad y para el rector, quienes desde ese instante supremo, empezaron a apreciarlo, conocerlo y reconocerlo no como un ser distinto, sino como uno de los tantos colores que tiene el arco iris colombiano. En aquella noche alguien murmuró: “Es el primer indígena que se gradúa en artes plásticas”. Es un error de apreciación. Los indígenas han sido en este país los pioneros de un arte aún no reconocido ni valorado. Y no han tenido que estudiar teoría del color, porque más que teoría ellos la viven día a día: el color es el espíritu del corazón. Y Jacanamijoy salió aquella noche de la universidad, flotando en las sílabas de agua y cielo de su abuela y sus padres. De esa experiencia humana se nutre toda la bella pintura que ha forjado a punta de memoria y nuevas intuiciones en más de treinta años de creación. Es una obra que ha estremecido al mundo occidental y oriental, hasta erigirse en una representación de la Colombia desconocida e inexplorada.

Ahora frente a los seis lienzos que exhibe en Cartagena en la colectiva Macondiando 2017 en el Museo de la Presentación, Jacanamijoy señala en su lienzo dos objetos en medio de su aparente reino de abstracciones sensoriales y reales. Uno es un piano, uno de los símbolos de la cultura occidental. Otro, es un pequeño banquito que lo remite a su infancia y a su abuela. Los dos objetos provenientes de dos culturas diferentes están integrados en un solo lienzo, en una convivencia de luz y armonía. Es la misma convivencia que reclama el mundo de hoy. De sentir que el banquito de la abuela tiene tanto valor sentimental, emocional y cultural, como el piano en donde ha resonado la buena música del mundo europeo y americano.

Mucho tiene que aprender el mundo de la sabiduría de los indígenas, y no solo a preservar la naturaleza de la que formamos parte, sino a respetar a las criaturas que nos rodean en este planeta. No a seguir viendo como exóticas y diferentes a las comunidades indígenas del planeta, sino a integrarlas a la manera de ver, comprender y sentir el mundo en que vivimos. Nuestra estima cultural estaba tan desorientada cuando sentíamos que todo lo que venía de afuera era bueno solo por venir de afuera, y subvalorábamos lo nuestro solo por ser nuestro. Ahora las cosas empiezan a cambiar.

Pero no ha sido fácil para Jacanamijoy. Cada vez que sale más allá de Colombia, percibe que la humanidad aún tiene prejuicios sociales, raciales y étnicos. Mientras su obra abre universos en su memoria ancestral, impacta en todos los públicos no solo por sus colores brillantes e iridiscentes, sino por sus profundas conexiones sensoriales con la naturaleza de la selva en el Putumayo. Sus pinturas nos llevan a la emanación de aguas, a nacimientos de peces y pájaros, a las ceremonias de la tribu en las fiestas del arco iris, a instantes con su abuela, al columpio de su infancia, al esplendor de una flor diminuta que solo dura un día. “No me había fijado en esa flor roja que crece en mi aldea y que solo dura un solo día, así que decidí integrarla a mis obras”.

Epílogo
Jacanamijoy cruzó la calle en plena luz de mayo y vio al vendedor callejero de mamoncillos. Iba con sus amigos franceses que llegaron a Cartagena a exponer con él en Macondiando. Jacanamijoy compró varios gajos de mamoncillos y les dio a probar. El sabor del mamoncillo era un sabor nuevo para los franceses. Así es la revelación del mundo. "Mis pinturas son un juego de percepciones, de memoria, todo lo veo en colores, los sonidos, no tengo el sentido del olfato_(soy anósmico). Expreso todo en color”.

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