Jaime Fandiño, un ángel contra la epilepsia

24 de septiembre de 2017 12:00 AM

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Cierto día conocí a un carretillero que trabajó en el antiguo mercado de Getsemaní, se llama Alcides y me contó que de niño padeció epilepsia y que un tal Fandiño lo había curado. Poco después me topé con la ‘seño’ Lourdes y volví a escuchar ese apellido: el doctor Fandiño hizo hasta lo imposible por sanar a la hija de la ‘seño’ de una extraña enfermedad por la que finalmente falleció. Escuché que también había sanado a la abuela de Laura, una amiga, y supe que no era casualidad que me topara tantas veces con su apellido en este camino de Facetas cuando me hablaron de su vocación y hospitalidad.

¿Y qué tiene de especial que los pacientes y sus familiares agradezcan a su médico? En el caso de Jaime Fandiño Franky, agradecen porque no han necesitado riquezas para beneficiarse de su eminencia. Porque no recibe un peso por atender a los pacientes que llegan al FIRE. Agradecen porque reconocen en él un corazón humilde, que llegó hace 54 años a Cartagena para emprender una admirable labor en pro de los enfermos de epilepsia. Él es el referente colombiano en la lucha contra ese mal y no le interesa hacerse rico a costa de ello.

Sus inicios
Jaime Fandiño nació el 30 de noviembre de 1934 en Guasca, Cundinamarca. Es hijo de Rafael Fandiño Caicedo, un empleado público, y de Bertha Franky de Fandiño, una maestra de escuela. Es el tercero de 11 hermanos, que estudiaron con gran esfuerzo. En 1953 terminó su bachillerato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá, e ingresó a la Universidad Nacional a estudiar medicina.

Después de hacer su año rural en el municipio de Orocué (Casanare), en 1960, donde se vinculó a la Armada Nacional, aplicó a una beca en Estocolmo, Suecia, para especializarse en Neurocirugía. “Me apasionó mucho la neurocirugía porque desde que estudiaba medicina veía la situación de los pacientes con epilepsia. Cuando llegué a Suecia me di cuenta de la atención que recibían allá, por eso comencé la idea de organizar una mejor atención para estas personas. Después me fui para Chile a hacer un postgrado y allá encontré la Liga Chilena contra la Epilepsia, que fue la inspiradora de la liga colombiana”.

Recuerda que desde niño le ha fascinado la defensa de los derechos humanos. Dice que esa es su razón de ser y por ello ha trabajado incansablemente, especialmente por los derechos de las personas con epilepsia, que muchas veces son discriminadas y marginadas de la comunidad, y por quienes movió cielo y tierra para que se aprobara la Ley 1414 de 2010, en la que se establecen medidas especiales para  proteger y atender a quienes padecen este trastorno.

Cartagena, epicentro de su lucha
Fandiño llegó a esta ciudad, que considera “su segunda patria chica”, para dedicarse a los pobres y a los débiles. Aquí fundó el servicio de neurocirugía de la Universidad de Cartagena, la Liga Colombiana contra la Epilepsia y el Instituto de Rehabilitación para Personas con Epilepsia – FIRE, y aquí mismo, afirma, desarrolló su carrera profesional y su carrera como especialista en neurocirugía.

Son muchos los casos y las personas que ha rehabilitado con el arte de la cirugía. “Tengo muchos ejemplos de pacientes que están bien, llenos de vida y de alegría... Recuerdo muchísimo a un niño de 2 años que tenía una epilepsia intratable médicamente, sufría unas 30 crisis diarias y la madre vivía una angustia terrible. Lo logramos operar y ya no pasa por esas crisis”.

¿Cuál cree que ha sido la base de todos sus logros?
-La dedicación sin esperar recompensas”, responde sin titubear. “Siempre he trabajado aquí (en el FIRE) sin ganar un solo centavo y eso es lo que yo le digo a todos los médicos. Colombia necesita gente idealista, gente que sea capaz de dedicarse a sus ideales y servir a la comunidad.

¿Y cómo ve a las generaciones de médicos siguientes?
-Es una situación complicada porque es una generación utilitarista, pero también el sistema tiene culpa. Los residentes de las especialidades médicas y quirúrgicas tienen que pagar sus estudios con unos costos altísimos... 15 millones por semestre, entonces ellos tienen que salir de la residencia a devolver el dinero y eso es grave. No hay filantropía.

A sus 80 años, Fandiño se pasea por su segunda casa, esa que llenó de los jardines que tanto le apasionan y en la que acoge a esas personas por las que, dice, trabajará hasta que sus facultades lo permitan. Y para eso falta mucho. “En la medicina, mientras uno tenga la mente clara debe seguir, no retirarse. Yo no dejo la medicina. Es mi vocación y la manera como puedo ayudar a la gente”.

DATO
Fandiño tiene cinco hijos: Mónica (traductora), Javier (neurocirujano), Anselmo (biólogo-ornitólogo), Jaime (ingeniero civil-economista), Marta (antropóloga y licenciada en ciencias de la Información). Está casado Margaret Merz de Fandiño, de nacionalidad suiza, su mano derecha en su batalla a favor de las personas con epilepsia.

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