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Javier Krahe: "Las flores que saldrán por mi cabeza, algo darán de aroma"

Un mes. Bueno, un mes y cuatro días han pasado desde que falleciera el hacedor de canciones más riguroso que alguna vez he escuchado. Javier Krahe era ante todo rigor, rigor humorístico, rigor literario, rigor irónico, rigor que intentaba asombrar con palabras e historias.

Usted quizá no sepa quién es. ¿Y éste por qué merece que se hable de él? La pregunta temeraria se responde de sobra con una pequeña búsqueda en la red. Sucede que a Colombia llegó su música precedida de la estela del trovador, también español, Joaquín Sabina, quien lo consideró su maestro en el arte de juntar palabras sobre una armonía.

En el caso de Krahe las melodías son apenas un pretexto para narrar lo escondido, su particular visión de una sociedad harta de moralismos y escrúpulos.

A un mes del suceso del que se burlaría en algunas canciones de su amplísimo repertorio —Los siete pecados capitales, El Cromosoma, o Fuera de la Grey—, parece todavía una de esas bromas crueles que esbozaba al final de una frase con una sonrisa. Esos temas abocan a su público a unos versos puntiagudos, sofisticadamente mordaces. Nos hablan de un hombre lúcido, ateo, feminista, pero sin exagerar.

A nadie más que a él le habría parecido improcedentemente cursi, hasta el bostezo total, todas las notas de prensa que se han escrito sobre su muerte. Él mismo lo vaticinaba en El Cromosoma: “Tranquilo puedo vivir de mi historia, sabiendo que a las puertas de la gloria mi nariz no se asoma, la muerte no me llena de tristeza, las flores que saldrán por mi cabeza, algo darán de aroma". 

Su conducta no era política ni religiosamente correcta. Y al parecer fue así desde niño, o eso dicen sus amigos del Colegio del Pilar, en Madrid, España. Cuentan que Javier se aplicaba a sus estudios y sin mayor esfuerzo sacaba buenas notas. Eso fue desmejorando conforme se iba aburriendo de ese cúmulo de conocimientos inútiles que, con mucho esfuerzo, nos impone la educación de la época.

Canciones singulares

Se adivinaba el espíritu insumiso, iconoclasta, hábilmente relatado en sus canciones.

Dos aspectos son claves en su obra. En primer lugar su facilidad por las letras, por la arquitectura de las rimas, de las esdrújulas, de una lengua castellana de la que emanaban todas las canciones. Letras que surgen de la lectura de los clásicos de la literatura, de los poemas de Garcilaso de La Vega y todo el Siglo de Oro español.

En segundo lugar su profunda convicción personal, su sentido de autoconfianza, porque con treinta años, sin saber tocar la guitarra, decidió —insumergible— dedicarse al mundo de la composición musical, sueño que alcanzaría presentándose en un local, de la mano de Chicho Sánchez Ferlosio, a los treinta y cinco.

Para reunir valor Krahe se tomaba uno o varios vasos de whisky antes de subir a la tarima, y para relajarse, un valium. Después, ya en una “edad provecta”, como le gustaba decir, no necesitaba de lo uno ni de lo otro.

El primer hecho habla de una suerte de destino que se iluminaba progresivamente. El segundo puede que sea el secreto que separe a los ganadores de los fracasados: la voluntad. No más que eso —o quizá sí—. Javier fue un trasgresor, pero sin proponérselo. Utilizó el humor para hacer canción pregunta, canción insulto.

Como Ulises

Confieso que desde que me enteré de su muerte, el 12 del mes pasado, no pude escribir una coma, pero tampoco he podido dejar de escucharlo. Antes lo hacía cada vez que recordaba sus versos en asociaciones mentales o juegos de palabras: “Tengo una novia que finge que no tiene orgasmos y al reprimir sus espasmos, al sofocar su laringe, me pone cara de esfinge…”, “Mi esposa padece furor uterino, no damos abasto ni yo ni le vecino…”, “… en primer lugar le gusta bailar, bailar y bailar conmigo y sin mí, en segundo lugar le gusta tomar el sol junto al mar conmigo y sin mí, en tercer lugar le gusta follar conmigo y sin mí, pero en cuarto lugar le gusta follar conmigo, más que sin mí”.

También hay tiempo para el amor, para las diatribas, e inclusive para la mitología en sus universos rimados.

Dudo que haya alguna canción que cuente, en poquísimas líneas, la novela homérica La Odisea, y que haya sido hecha ¡en octosílabos! Desconozco un recuento de amores más plural y celeste que Abajo el Alzheimer. Tampoco sé de alguien al que se le haya ocurrido hacer una canción sobre los métodos de matar utilizados en el decurso de la historia, como sí lo hizo Krahe en los años ochenta en su tema La Hoguera.

Otra palabra que podría aproximarse a una definición brumosa de su obra es la ironía. Como muchos, Javier creía que no era necesario decir que alguien es tonto, bastaba con sugerirlo.

Me parece que esa es la diferencia entre ironía y sarcasmo. El último simplemente se burla. La primera muestra el absurdo, pero, también, otra imagen paralela, un disparate contrastado. Así nace el tema ¿Dónde se habrá metido esta mujer?, el retrato de un marido que llega a casa, no encuentra a su esposa, y es lo suficientemente pendejo para no advertir que ha sido abandonado.

Un tranvía en libertad

El título de su último álbum debió habernos puesto sobre aviso: Las diez últimas.

Krahe, 71 años, había dicho que no sabía si continuaría girando en conciertos por España, no porque no tuviera éxito —de hecho nadie conoció éxito más pronunciado y fiel, de público y crítica, que él—, sino porque estaba fatigado. Ese último disco se vendió con un libro, El derecho a la pereza, una refutación de la idea del trabajo, escrito por el francés Paul Lafargue.La publicación sugería una reflexión sobre el concepto del trabajo, las nefastas consecuencias de la era industrial y ponderaba el ocio de los antiguos griegos.

Por excepcionales razones, y hasta sinrazones, Javier Krahe continuará en esa memoria digital que se guarda también en el corazón. “… El muerto no tiene cura, sube la temperatura de un tranvía en libertad…”.

Cómo dejar ahora de evocar cada una de sus fulgurantes letras: “Señora que añora mi mente doliente, mi boca te invoca, si umbrío, sonrío. No encuentro mi centro, sin rastro del astro, que un día lucía con bellos destellos. Malvivo cautivo de penas morenas, morena melena y senos morenos…”.

Ustedes pensarán que soy un nostálgico irrecuperable o un sensiblero sin remedio, pero uno en fin tiene sus héroes siempre discretos y a la sombra.

Krahe lo era, lo es y lo será para mí. Gracias a él empecé a indagar en la música de George Brassens y de Leonard Cohen, a quienes él admiraba tanto como yo lo admiro a él. Escuché en una entrevista que fue influenciado, fundamentalmente, por Brassens y toda la canción de autor francesa de los años cincuenta. Supe que durante una época él necesitaba desentrañar las letras de ese trovador y que, cada día, apenas llegaba a su casa en el barrio Malasaña, de Madrid, se ponía a escucharlo por más de dos horas.  

Como se puede intuir, nunca lo vi actuar en público. Entre otras cosas porque fui a España en verano y en esa estación Javier no trabajaba. Podía darse ese lujo.

Sin embargo, y de esto no hablaré mucho para no aburrir, escribí una nota para El Universal en la que hablaba de la vida y los milagros de Krahe. Una semana después me escribió Javier López de Guereña, su amigo guitarrista y productor con quien trabajó por más de 32 años. El músico me contó que le había gustado el artículo y que iba a mostrárselo a Krahe. Fue lo más cerca que estuve del cantautor.

Murió de madrugada. A Zahara de los Atunes, Cádiz, Andalucía, Sur de España, donde tenía una casita con dos patios, llegó de súbito, el 12 de julio, la “parca” con un paro al miocardio —indolora—, y a dormir.

Yo creo que cuando llegó La Flaca, a Javier le hizo gracia. La miró con los ojos muy abiertos, con los últimos impulsos de humor, sin un ápice de desgracia. Con la misma locura apasionada con la que escribía canciones para entretenerse a sí mismo en tantas noches insomnes en su casa de la playa, junto al mediterráneo.



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