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Joe era Joe

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Mucho antes de que alguien colgara en las redes sociales el video de un concierto de Joe Arroyo en Londres, ya ese material andaba despertando admiración entre los melómanos del Caribe colombiano, no solo por la calidad interpretativa del llamado “Hijo mayor de Cartagena”, sino por la solidez y sonido de su orquesta “La Verdad”. (Escuche aquí: Joe en Londres).

En algunos apartes del penumbroso escenario se alcanzan a notar los rostros de un Chelito de Castro jovencito, parado ante el piano; lo mismo que de Víctor “El Guachi” Meléndez y Johnny Arzuza en los coros, puesto que casi todos los primeros planos son dedicados a Joe, quien alarga y encoge, según la pieza de turno, ese clarinete que tiene por voz, acompañado por el tumbao que le dictan sus pies y golpes de clave. Toda una gala de coordinación física y mental, como solo saben conducirla quienes nacieron para alegrar tablados y multitudes.

No recuerdo en qué momento llegó a mis manos esa película en formato de DVD. Solo sé que me sentí orgulloso de que Joe fuera colombiano y cartagenero (para más señas), desde que lo vi abriendo el espectáculo con ese “Confundido” que publicó a mediados de los años 70 con el marco musical de “Fruko y sus tesos”, y que en el audiovisual en comento se escucha fresco, vibrante, vigoroso, como si fuera la primera vez que lo cantara.

Más adelante echa mano de “Mary”, “Ban Ban”, “A mi Dios todo le debo”, “Yamulemao”, “Echao pa' lante” y “Musa original”, todo ese repertorio sin dejar caer ni un ápice del timbre de su canto. Una música paralela suena en la oscuridad del recinto, y no es otra que la gritería de la gente combinada con aplausos indudablemente motivados por la energía que Joe recogió para ellos en los ardientes solares de su Región Caribe y se las entregó envuelta en paquetes de melodías y ritmos que les partieran el corazón.

Pese a su gusto por la música afroantillana que asimiló de los picós de Nariño y Bruselas, Joe nunca se ufanó de ser uno de esos soneros fecundos, de esos que improvisan rimas y frases al estímulo de un coro y un montuno. No, Joe no era de esos. Él lo sabía, y jamás pretendió ocupar tronos que no le pertenecían.

Pero sí se sabía poseedor del feeling que se necesita para responder con clave dentro de una pieza salsera, como todas las que llevó a los estudios de grabación, ya fueran de su autoría o de plumas ajenas. Joe sabía ambas cosas. Sabía lo de sus limitaciones repentistas y lo del calor de su alma para llenar el espacio de colores con la voz.

Por eso compitió en los mejores escenarios del mundo con una combinación de ritmos afrocaribeños, representados por cumbias, porros, chandés y bullerengues, que él sabía acoplar muy bien con los aires haitianos y jamaiquinos, en una afortunada mezcolanza que no tuvo empacho en bautizar como “Joesón”.

Daba lo mismo imaginarlo cantando al frente de una banda pelayera, de un conjunto de gaitas o de una big band salsera, porque su esencia y sus maniobras para generar alegría serían siempre las mismas. Con ellas sabría arrancar aplausos y sonrisas sin sentirse menos que otros. “Yo sé de lo que soy capaz, pero ellos que hagan lo suyo que yo hago lo mío”, afirmaba como queriendo ratificar lo antes dicho: jamás pretendería usurpar habilidades que no le incumbían. Lo suyo era el canto sincero, sencillo y aldeano de la tierra que lo vio nacer.

Los hombres grandes no necesitan premios, pero Joe los tuvo todos. Tuvo el principal, que fue el nacer dotado de una bendición artística que muchos le hubiesen querido esquilmar, tal vez echando de lado el frenesí casi demencial que lo invadía. Tuvo el reconocimiento de todos los públicos y la fuerza desmedida de un caballo para empujar con pecho y galillo el huracán creativo que surge silvestre en cada playa o rivera de las aguas que hieren el suelo patrio.

Nunca, jamás, se creyó sonero, pero se podría hacer una soberbia antología con piezas interpretadas a fuerza de salsa como “La madera”, “Rebelión”, “Confundido”, “Me le fugué a la candela”, “Abandonaron el campo”, “En Barranquilla me quedo”, “Mary”, “El ausente”, “Noches de arreboles”, “Ban ban”, “Por ti no moriré”, “Mama”, “El árbol”, “Somos seres”, “La guerra de los callados”, “Las cabañuelas”, “Con gusto y ganas” y “Fuego en mi mente”, por solo recordar las más populares, sin excluir “El ventanal”, que “El Nene y sus traviesos” llevaron a las pastas sonoras cuando el cantante era un recién desempacado Juan Carlos Coronel.

La sonería, el pregón, la inspiración, el arte de improvisar, de descargar sobre la marcha, tiene ciertos parámetros que obedecen más a las emociones del corazón que a las técnicas y cientificismos de la misma música. Pero además es cierto que la inteligencia y la visión previa también se juegan sus coartadas cuando se trata de adornar canciones con las respuestas que se le deben dar a un coro en el desarrollo de la historia que se esté cantando y contando.

Joe sabía eso. Conocía muy bien lo aprendido en la escuela picotera de la calle, pero a la vez estaba enterado de que una clave bien asumida necesita de buenas rimas y hasta cuartetas para darle carácter y sabrosura, para llenar los espacios que no pertenecen a los metales, y es ahí cuando “...el alma se me agita, mi prieta...”

O como enseñaba Maelo, el de la Calle Calma: había que inventar palabras, si la inspiración no acudía en el instante. Y él era un maestro autorizado para discurrir un “timbarén”, un “bernabé”, un “sarará” o apuntes así, que eran como salvavidas en medio de un arrebato de voces y pailas acosando al cantador en la rueda del areíto.

Y Joe era un cantador de pelo en pecho y armas tomar, un trompeador de cascajo caliente que se defendía con relinchos, guapirreos y onomatopeyas en homenaje a tambores y platillos, pero sobre todo para bien asumir el compromiso de llevar el guajeo hasta las últimas consecuencias.

Joe no era un sonero propiamente dicho, pero sabía que su salsa tenía otro marisco. Sabía variar las melodías durante la pronunciación de sus coplas con tal de hacerle un esguince al demonio de la monotonía. Un demonio que era él mismo, quien a veces descendía hasta los infiernos, pero luego se le fugaba a la candela, que siempre quiso acabar su vida de rumbero. Es que con Joe nadie podía. 

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