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José Salgado Galarza pinta en la cabeza de un alfiler

Con un pelito de castor casi invisible, José Salgado Galarza, pinta sobre las cabezas de alfileres de un milímetro: corridas de toros, retratos y paisajes.  Y hasta catedrales sobre un cabello de mujer.

No lo creería si no lo hubiera visto con mis propios ojos, con una lupa en mano para comprobarlo. El retrato del papa Juan Pablo II, lo hizo en aquel julio de 1986, a su paso por Cartagena, y en un instante del protocolo le entregó el alfiler visible en un corcho, asegurado en un cubo de vidrio, en el que sobresalía una minúscula tela roja. El papa tampoco lo podía creer, hasta que tomó la lupa y vio su propio rostro sonriente y  la mano levantada saludando. Debajo de esa saludo aparecía la ciudad de Cartagena. El artista hizo el rostro del papa en la cabeza de un alfiler, y lo amplió en un lienzo  al óleo, en gran formato, con la ciudad amurallada debajo de las manos del papa. Lo que no pudo hacer el artista en el alfiler fue firmar su obra. Y lo hizo dentro del cubo de vidrio. La obra reposa como una curiosidad casi invisible en el Vaticano.

Ha perdido la cuenta de cuántas cabezas de alfileres ha pintado en la vida. Hace muchos años hizo el retrato del artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, en  la cabeza de un alfiler y le llevó la lupa al artista para que se viera, y Guayasamín quedó deslumbrado. El artista  tardó diez días haciendo su retrato. A veces, el pincel de castor se le desaparecía de la yema de sus dedos.

José Salgado Galarza, el hijo de José Ignacio Salgado, un constructor, y Zeneida Galarza, una modista, nació en la provincia ecuatoriana de Tungurahua, en Ambato, el  10 de julio de 1949.

“Desde niño pintaba sobre papeles, paisajes montañosos, pero también dibujaba aviones, y lanzaba aquellos dibujos a los aviones que pasaban por mi casa. Jugaba a lo que jugaban los niños de mi pueblo y mi tiempo, con carritos de madera. Tuve maestros en Ecuador, Venezuela y Estados Unidos, pero fui siempre un autodidacta, yo seguí la voz de mis condiciones innatas. De mis padres heredé la seriedad y la honradez para seguir adelante en la vida. Hubo una época en que hice pinturas abstractas, pero en lo abstracto es más difícil desdibujar que dibujar. Yo duro seis a ocho días haciendo una pintura sobre la cabeza de un alfiler. Mis grandes maestros han sido Vang Gogh, Pizzano y Alexander Calder. Me gusta pintar paisajes frente a ellos. Por ejemplo, he pintado en varias miniaturas el paisaje del monte Chimborazo, en donde Bolívar escribió aquellas páginas sublimes y románticas: Mi delirio del Chimborazo, al pie de la majestuosidad del paisaje ecuatoriano.

Lo que más he pintado sobre las cabezas de los alfileres son gestas heroicas, corridas de toros, paisajes y retratos. He retratado toreros como Rodolfo Gaona, Silverio Pérez, Carlos Arriza, Paco Camino, Manuel Benítez, entre otros. Toreros mexicanos y españoles”.

Pintar en Cartagena
“Es un privilegio pintar en una ciudad patrimonial como Cartagena. He vivido aquí durante muichos años, y he desarrollado mi pintura frente a este mar. Una vez saqué del fondo de varios aljibes del  Centro amurallado, cantidades de monedas del siglo XIX, algunas de ellas, las pinté. Hice miniaturas de pescadores, de gente bajándose de los barcos, de niños jugando en la playa.

Pero no solo pinto sobre cabezas de alfileres. Trabajo todos los formatos, pero he consagrado muchos años a la miniatura y a los formatos gigantescos. AHora mismo estoy en un proyecto monumental y en la organización de una exposición que sintetiza treinta años de arte”.

José dice que no hay un solo día de su vida que no  esté frente a un lienzo pintando un cuadro.

Cuando está pintando no quiere que nada lo distraiga. Su celular queda en buzón, mientras  suelta sus pinceladas. “Cuando pinto, muero, y cuando termino, revivo”, le dijo al periodista Fernando Villarroel en 1976 en una entrevista.

Ahora lo veo pintar en silencio un paisaje en donde aparece la Plaza de la Aduana. Sus terracotas resplandecen bajo los colores del puerto. He ido a su taller a ver sus diminutos pinceles de castor que son como una mínima pelusa sacada de las aguas.

He visto las miniaturas de dieciséis centímetros en los que ha dibujado los paisajes de todo el continente, las alturas sagradas de los Incas  y los Mayas. Las pinturas sobre la cabezas de los alfileres hay que verlas con lentes muy poderosos. Hay uno en el que aparece un paisaje montañoso, y otro, una corrida de toros. Conserva la imagen del papa Juan Pablo Segundo, dibujado en la cabeza del alfiler.

Pinta de día, pero muchos años pintó de noche, enfrentándose a los cambios de luz. Dice que sus ojos se han desgastado de tanto retratar miniaturas en las cabezas de los alfileres. Es una hazaña que ha superado las obras de otros artistas en su país.

Pintar sobre el cabello de una mujer es otra de sus aventuras. Dibujar una catedral con sus fieles adentro. O pintar una corrida de toros, con una multitud. Es el desafío de quien pinta retratos que parecen  salidos de una luz demasiado transparente e inverosímil.

“A veces voy con mis alfileres y nadie sabe que llevo ciudades dibujadas allí. A veces voy con mis pinceles invisibles. Ese es el arte. Y cuando alguien se asoma a ver con la lupa, descubre que en ese milímetro cabe el mundo”.

Epílogo
Nada lo hace más feliz que sentarse a pintar horas y horas hasta habitar el paisaje que ha elegido para sus lienzos. Ahora sigue pintando casas antiguas de Cartagena, baluartes, plazas y horizontes cerca al mar.

“Sí, lo que me hace más feliz es pintar.  Pero nada me hace más feliz que ver a mis nietos Isabella y José Ignacio, pintando. Eso sí es la felicidad absoluta”.

José Salgado Galarza descubre que es mediodía y no vino a su casa, la señora contratada para la comida. Entonces, suspende la tarea frente al lienzo, y se mete a la cocina, con la misma pasión con que prepara sus colores. Y prepara unos camarones con verduras.

Y suelta alguna sorpresa para la otra paleta de su plato. Colores que esperan su paciencia y su devoción por la belleza.

[18:11, 30/12/2017] Víctor Mora Sí:



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