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Juan Chuchita, un joven de 87 años

Si alguien llega al barrio Torices, en San Jacinto, y pregunta por Juan Fernández, nadie sabe a quién están buscando, pero pero si preguntan por Juan Chuchita, todos saben que es uno de los grandes músicos de la legendaria agrupación Los Gaiteros de San Jacinto, en donde canta desde 1975.

Lo conocen más por su apodo que se convirtió en nombre artístico, y señalan de inmediato la calle y la casa del músico que está frente a una cancha de microfútbol. Es allí en la calle 25 y en la casa de placa 36-42. A esta hora está celebrando desde el amanecer del 6 de agosto, sus 87 años. Juan Chuchita duerme muy temprano, poco después que las gallinas se suben a las ramas de la noche sanjacintera, y se despierta antes que canten los gallos en los patios cercanos.

“El sobrenombre de Chuchita me ha dado reputación nacional e internacional”, dice riéndose con picardía. “Nunca me he molestado porque me llamen Chuchita, por el contrario, estoy agradecido. Y mi familia también”.

“Mi papá se la pasa todo el día cantando y chiflando canciones bajo un árbol frondoso de hojas pequeñas que está sembrado frente a la casa”, dice Emérita Helena Fernández Mercado, su hija de 44 años.

“Mi papá es un tipo bacano. Nunca se queja de nada. Un día le prometieron una casa que nunca le dieron, pero tampoco se queja. Él mismo construyó su casa aquí donde vivimos. Un rayo le quemó el abanico y eso le ha perturbado, pero se burla del abanico. Su único deseo es comprarse un televisor de pantalla plana, porque el que tiene tiró la toalla, y es un televisor anticuado. Dice que es un roble, pese a ciertos quebrantos de salud. El 9 de agosto tiene una cita prioritaria en Cartagena con un reumatólogo. Mi papá dice que el día que no se pueda parar de la cama, es porque se va a morir, pero tampoco le tiene miedo a la muerte. La recaída que él tuvo fue por la virosis, la fiebre, la gripa y los dolores con mareos y la hemoglobina baja. Pero se siente bien. No fuma ni bebe. No puede ni debe hacerlo por su salud. Es un hombre carismático, alegre, que todo el día está cantando, y hace felices a quienes le rodean. Le gusta cantar y bailar. Improvisar décimas. No está quieto. Aquí llegan personas de todas las edades a buscarlo. Gente de la región y del país, y extranjeros. Mi papá tiene como su bien más preciado el trofeo del Grammy del año 2007 y un trofeo que le dieron en la Noche de tambó en Barranquilla. La canción que más me gusta de él es la que le compuso a mi madre, “La cumbia de Arnulfa Helena”, de 82 años, con quien ha tenido 10 hijos. En ninguno de sus pasos de mujeriego se permitió dejar un retoño por la calle. Mi papá es organizado”. Pero hace muchos años, cuando su mujer estaba recién parida y con seis hijos, Juan Chuchita estuvo a punto de perder la cabeza por otra mujer, y se alejó de la casa durante dos años. En aquellos años, Arnulfa Helena sobrevivió a punta de hamacas, hasta que el músico regresó a casa a seguir hilvanando la canción inconclusa. El amor sigue en pie, y los dos son ahora la música de la casa.

El espíritu del hogar son ellos, y se sostiene a punta de música. Allí todo existe para convertirse en música. La música puede ser la ocurrencia de un nieto o una nieta. El pregón perdido en la montaña. El tizón en el corazón ante las ausencias y los desamores. La memoria de los días navegados. Los viajes y los conciertos. La gaita sacude a los sanjacinteros de todas las edades. Y en agosto, en pleno festival, la gaita cumple su tarea de reconciliar a los que se han ido y los que  vuelven. La música es la historia del pueblo. Con gaitas se ha contado la historia de San Jacinto, entre la guerra y la paz. La música sigue en la nueva generación. Emérita tiene tres hijos: Iván de Jesús Olivera Fernández, y las gemelas María Angélica Suárez Fernández y Angélica María Suárez Fernández. Los nombres están invertidos. Emérita también compone en secreto. Entre los hijos del músico, hay uno que sigue su camino: Javier Antonio, de 46 años, toca la tambora, el llamador, el alegre y canta. A Juan Chuchita le encantan las sorpresas, como la que le preparó su hija Emérita hace seis años en sus cumpleaños. Lo sorprendió con una olla de arroz con pollo, consomé, torta, gaseosas, y una legión de amigos sanjacinteros. Ahora ella hace una vaca invisible entre los amigos para celebrarle a su padre este domingo. De grano en grano se le llena el buche al pavo, dice riéndose. El padre heredó la grandeza del tío Toño Fernández. Ella lo recuerda como un hombre bajito, gordito, de carácter, pero alegre.

La noche llega y despierta recuerdos de ausencia. Como una música ripiada en la hierba de los burros. Como una música en la quijada de los caballos. Las gallinas merodean y hacen un círculo de plumas en el patio. Miran las ramas del totumo y avisan que la última luz del atardecer ha llegado hasta sus plumas. Entonces se suben una a una en las ramas. Es la ceremonia del sueño de las gallinas. Juan Chuchita también siente que la última luz del atardecer llega hasta sus ojos. Y se prepara para dormir. Es probable que sueñe que cruza trochas y veredas y en lo alto de la montaña llegue con paso ligero a cantarle a los pájaros. Es probable que despierte antes que canten los gallos, y Arnulfa Helena ya tenga listo el café humeante. Entonces la luz del amanecer le dirá: Es 6 de agosto. Han pasado 87 años. Aún está en pie. El cuerpo está dispuesto para una nueva cumbia o una nueva gaita. Y el galillo de guapirreador está claro y dispuesto para un grito de monte capaz de despertar el alma de las piedras. Está listo para una décima montuna y bella que hable de un muchacho que ha llegado a lo alto de su tiempo sin menoscabarse ni sentirse agotado en imaginerías. La música está en pie con él, y sus manos se asoman a la puerta a buscar la luz y la sombra del árbol, para seguir silbando una canción olvidada. Una canción de patios sin alinderar, de cielos lavados por la lluvia de agosto y un corazón de caballo que relincha en el viento, mordiendo su propia sombra. Es Juan Chuchita. Emérita piensa en los granos que desgaja el día y en el buche del pavo invisible.



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