Julio, la vida no es una basura

07 de diciembre de 2014 12:02 AM

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Julio César Salas es más que el tipo que recoge la basura: es el “superpapá” de Juan José, Brayan Andrés y Daryelis.

Con orgullo, y en un tono enérgico que se va resquebrajando a medida que habla de ellos, me confiesa que es papá soltero.

“Soy papá soltero de tres lindos y hermosos hijos que son mi vida entera”, expresa.

Es imposible no conmoverse al verlo. Sonríe en medio de lágrimas hablando de sus pequeños. Cualquiera que presencia su historia sentiría unas ganas inevitables de consolarlo. Lucha con sus emociones y saca una sonrisa enorme para reincorporarse en el relato.

Su esposa se fue del hogar justo cuando nació su último hijo, hace 9 años. Al parecer, los ingresos que tenía en aquel momento no eran suficientes para ella y decidió marcharse cualquier día y abandonarlos.

Julio estaba seriamente desanimado, pero más que eso se sentía angustiado. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a educarlos? ¿Quién cocinaría? Eran algunas de las preguntas que lo rondaban.
Sin embargo, lo que más le preocupaba era hacerse cargo del menor de sus hijos. Sólo tenía un añito y no sabía cómo lidiar con alguien de esa edad.

“Ay Dios mío, no sabía cómo poner esos pañales. Me quise volver loco. Por fortuna mi mamá me enseñó. Me tocó aprender de todo un poquito: cocinar, lavar, atenderlos”.

Al tratarse de niños sabía que la alimentación que recibieran sería clave para un buen desarrollo físico y mental, de modo que se metió a un curso de cocina en el Sena y, después de no saber fritar un huevo, aprendió a preparar los platos más complejos y exquisitos.

-¿Cuál es el plato favorito de sus hijos?-pregunto.
-Para ellos todos los platos son especiales. Ellos no se ponen con pretensiones conmigo.

INTENSO RECORRIDO

Nos encontramos en las oficinas de Aseo Urbano, en Mamonal, empresa donde labora hace 10 años. Ese día, la temperatura podía estar en 32°, pero parecía de 38°. ¡Qué calor! ¡Qué sol! Mas a Julio no parecía afectarle. Se veía tan risueño y optimista.

Lucía un uniforme nuevo, lo digo por los colores vivos del traje. Tenía todos los implementos de trabajo consigo, aunque es más que obvio que utiliza si acaso la mitad de ellos. Tanto tiempo manipulando desperdicios le ha hecho perder el asco y hasta el tapaboca olvida ponerse a veces.

Nuestra cita era a las 9 de la mañana, pero él estaba despierto desde las 4:30 de la madrugada. La ruta lo recoge a las 5 y comienza a trabajar de 6 de la mañana a 5 de la tarde. Ese día el recorrido empezó en la Transversal 54. Una vez llegamos ahí se olvidó de la entrevista y se montó en uno de los extremos traseros de un camión recolector que lo esperaba.

La única oportunidad que tenía para conversar con él era cuando se bajaba a recoger la basura. Por la naturalidad con que lo hacía, no parecía que estuviera tratando con desperdicios.
Cuando me le acerco me cuenta que ha visto desde las cosas más desagradables hasta objetos valiosos en la basura. Hay tesoros en los basureros. Las imágenes más fuertes son de las zonas donde hay invasiones.

“Uff, se puede encontrar lo que no te imaginas. Uno se encuentra de todo. Salen tanques llenos de excrementos. Muchos compañeros no se adaptan porque este es un trabajo muy fuerte. Una vez encontré un feto de un bebé”.

En otra ocasión, mientras hacía el recorrido por el barrio Bocagrande, una empleada doméstica tiró al camión una bolsa de basura. Pero a Javier el sonido cuando impactó la bolsa con el compactador le pareció extraño. Se fijó entonces y se dio cuenta que se trataba de un revólver calibre 38. Antes que la máquina lo compactara, logró sacarlo y lo aseguró.

“En eso veo que un señor sale corriendo detrás del carro. Estaba angustiado. Resulta que la empleada se confundió y le botó la bolsa donde tenía toda su dotación. Era un policía. El señor no cabía de la emoción cuando le dije que alcancé a sacar el revólver. Pero la ropa y lo demás sí se perdió”.

Otra vez fue Julio quien se confundió. Estaba haciendo su ronda por el Mercado de Bazurto y lanzó uno de los bultos que encontró en el camino. En esa ocasión también salió el dueño del bulto detrás del camión recolector. El hombre, casi llorando, le pedía que lo ayudara, que eso no era basura, sino un bulto de ñame que no había desempacado aún.

Cuando vamos saliendo de la trasversal y subiendo hacia la Crisanto Luque, tanto la reportera gráfica como yo sentimos que no podemos más. No es solo el sol, es el olor de la basura combinado con el calor y una sed que parece insaciable. Y pensar que a Julio César todavía le falta coger toda esa avenida, subir a la Pedro de Heredia por la tienda Los Chagualos y devolverse para el sector de la Bomba El Amparo. Ah, si tienen capacidad deben seguir hasta San José de Los Campanos y Ternera. ¡Qué tragedia!

Los más duros con ellos son los mismos beneficiarios. La gente los mira por encima del hombro solo porque se gana la vida recogiendo basura. Hay hasta quienes los llaman “Ambos hieden”. Sin embargo, nada de esto desanima al chambaculero que vive agradecido con Dios y la vida por tener la oportunidad de ganar un poco más de un sueldo mínimo mensual.

Aprendió a compartir desde su pobreza y cada 26, después que le pagan, se va al Mercado de Bazurto a comprar varios mercaditos (de esos que cuestan 20 mil pesos) y los reparte en zonas vulnerables como La Perimetral y La Candelaria.

No tiene problemas con nadie. No le interesa llenarse de rencores. Incluso, es amigo de los supuestos recicladores que le abren las bolsas de basura antes de que llegue el camión.

“Antes me enojaba, pero ya no. Hasta ellos tienen derecho a rebuscarse para su comida y su vicio”.

Julio fue escogido por sus mismos compañeros como operario del mes. Es un hombre muy noble. De esas personalidades genuinas que uno ya no ve por allí. Me despido y ni se percata. Está demasiado ocupado buscando tesoros en la basura. 

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