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Kenneth y su corazón restaurado

Hay un corazón para ti, escuchó Kenneth y el suyo, el órgano antes enfermo que aún late dentro de su pecho, se alegró tanto que quizá temió colapsar. Abril 4 de 2016. Nueve de la mañana. Bogotá.

La noticia era tan buena que parecía mentira: un donante compatible significaría despertar de esta pesadilla, espantar un poco a la muerte que tanto amenazó a Kenneth desde que lo diagnosticaron como el único paciente en Colombia con síndrome de Alapa, una rara condición congénita que afecta a 1 de cada 300.000 personas. En fin… Kenneth iba en una buseta con Yojaira -su mamá-, se bajaron, se embarcaron en un taxi y se fueron para la Fundación Clínica Shaio, aferrados a una felicidad más grande que la misma capital. (Lea aquí: Kenneth Polo busca un nuevo corazón).

Abril 6 de 2016. Quirófano. Acostado bocarriba sobre una camilla impecable, Kenneth veía a los médicos de siempre con los anestesiólogos y enfermeras, había llegado el día que esperaba desde el 29 de enero de 2016, cuando le dijeron que necesitaba un trasplante de corazón. Le introdujeron una agujeta plateada en el cuello que definiría el siguiente paso, pero detuvieron todo. Lo único que no podía pasar sucedió: la presión pulmonar estaba muy alta. Imposible operar. Adiós corazón nuevo, porque si lo trasplantaban se iba a estallar como un globo. Había que entregar el órgano al siguiente paciente en espera…

¿Por qué era tan cruel la vida? Por qué, después de rogarle tanto a Dios por un corazón nuevo, de incontables ayunos y ofrendas. Ahora su corazón estaba enfermo y triste, y él resignado a seguir tomando 16 pastillas diarias para sobrevivir, a caminar despacito para no agitarse, a no cargar a sus hijas, a vivir como si tuviese 90 años, cuando apenas tenía 30. Pero había que sonreír y seguir adelante para que no se desmoronaran sus papás, Yojaira y Warner, ni sus hermanos, ni los amigos… Qué va, la aparente tranquilidad de Kenneth no funcionó, estaban devastados.

Tras el intento fallido de trasplante, él vino a Cartagena dos veces y casi se muere: se le inflamaron los intestinos, padeció congestión hepática, uno de los pulmones se le llenó de trombos... vivir un día más parecía una hazaña. Volvieron las pastillas, rehabilitación cardíaca, gimnasio, había que normalizar la presión pulmonar y esperar que apareciera otro donante compatible… ¿Y si no aparecía? ¿Y si Kenneth se moría antes?

¿Y si le remendaban el corazón?

***
Un buen día Fernán Mendoza, el cardiólogo, entró para “resucitar” la esperanza: propuso olvidarse del trasplante y pensar en una reconstrucción valvular completa y Kenneth sería el primer paciente en Colombia y el sexto en el mundo en someterse a esa cirugía. Todo o nada. Vivir plenamente o morir de una vez. Kenneth tenía miedo, pero aceptó sin titubear. Había muchas maneras de perder: hemorragia incontrolable, que la sangre rodeara el corazón, choque cardiogénico, que después de la cirugía el lado derecho o izquierdo del órgano no funcionaran, taquicardias, bloqueos cardíacos, infecciones, infarto de miocardio y muerte.

Junio 21 de 2017. Siete de la mañana. Quirófano. Kenneth, otra vez desnudo en cuerpo y alma sobre la camilla, tenía más miedo, volvió a mirar al doctor Fernán y dijo:

-Acuérdese que tengo una familia y dos niñas que me esperan afuera, estoy en sus manos y en las de Dios.

-No te preocupes, todo va a salir bien.

Anestesia. Kenneth cerró los ojos. Comenzó la esternotomía, es decir, le abrieron el pecho. Lo conectaron a circulación extracorpórea, o lo conectaron a una máquina que soporta el corazón. El doctor Fernán me explica que la arteria coronaria debe nacer en la arteria aorta, pero en Kenneth nació de la pulmonar, y la corrigieron. Repararon la válvula tricúspide. Implantaron una válvula mecánica en posición mitral… Mejor dicho: le remendaron el corazón en seis horas, como cuando uno cose el suéter viejo que tanto ama y que se ha roto.

Ahora Kenneth tenía los ojos cerrados y el pecho abierto, literalmente. La herida en su tórax estaba abierta y él conectado a una máquina que respiraba por él y que bombeaba su sangre.
“Me hablaban y yo escuchaba, pero no reaccionaba. Estaba consciente, pero gracias a la máquina”, recuerda. Lo único que pudo hacerlo reaccionar fue el amor. Despertó el día que le habló su hermano mayor, Warner, “mi ángel, con él he tenido una entrañable amistad desde niños”.

-Papi, vas a salir de ésta, aquí estoy yo, le dijo.

Lo escuché clarito, abrí mis ojos de una vez y le agarré la mano.

Y las máquinas empezaron a pitar, las enfermeras decían: “doctor, abrió los ojos”. “Y sacaron a mi hermano. Comenzó a latir el corazón por sí mismo y los pulmones a responder”.

Este es el único momento de la entrevista donde se quiebra la voz de Kenneth. Se detiene y guarda silencio, se reincorpora y remata: 

-Warner es mi ángel, el motivo por el cual yo abrí los ojos.

La tranquilidad de la Unidad de Cuidados Intensivos invadió los días de Kenneth, que se iba recuperando lentamente. Le cerraron el tórax y cuando pasó el efecto de la anestesia sí conoció el dolor más cruel del mundo. “Ese dolor no se lo deseo ni a Hitler. Me dolía hasta para levantar una uña, respirar y hablar, me duele aún para alzar los brazos, para bañarme y caminar”, me cuenta.

Epílogo
Cuando me digan, ya puedes hacer lo que quieras… Lo primero es visitar a mis hijas, iré a ver a mis muchachonas en Manizales. No las veo hace casi un año y no podía ni siquiera cargar a mi hija pequeña, no me daban los brazos, ni las fuerzas. Tengo que estar más confiado y salir a pasear con ellas. Lo segundo es ir a mi tierra, a Canapote, a jugarme un partidito de sóftbol… sueño con eso. Estar con mis amigos, con mi equipo. Ellos ganaron el campeonato de este año y me dieron el trofeo. También pienso correr, tengo siglos que no corro. Creo que a mis piernas se les olvidó correr.

Y, por fortuna, ahora su corazón está aprendiendo a latir bien. Ya no teme colapsar.



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