La Ana Gabriel venezolana

24 de septiembre de 2017 12:00 AM

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Por Eidis Figueroa Arnedo

-Buenos días -dice ella, paralizada en el pasillo de un bus-.

-Mijita, córrete, córrete, que si te ven ahí no se van a subir -responde el conductor-.

-Me llamo Elsa Villalobos, soy venezolana, vine a Cartagena hace tres semanas por la situación de mi país y vengo a cantarles una canción.

A nadie le interesa lo que esa mujer tiene que decir. Quizá piensan que es una vendedora ambulante más hasta que ella canta: Siempre, como ya es costumbre día a día es igual, no hay nada que decir, ante la gente es así, amigos simplemente amigos y nada más...

Tanto se parecía su voz a la de la cantante mexicana Ana Gabriel, que los pasajeros comenzaron a aplaudir y uno que otro coreaba: ¡Sí se llama, sí se llama!

Con unos cuantos pesos, y un nuevo “trabajo”, Elsa se bajó del bus y nos cuenta su historia.

***

Esa canción, ‘Simplemente amigos’, significa mucho en la vida de María. No solo es la canción favorita de su mamá, sino que a partir de ella descubrió el talento que hoy la tiene soñando con una vida mejor en Cartagena.

Elsa recuerda que la cantó por primera vez cuando apenas era una niña. Estaba en su natal Maracaibo y su mamá cumplía años. El mejor regalo que se le ocurrió fue entonar la ranchera. Todos quedaron boquiabiertos, Elsa era una Ana Gabriel venezolana, bueno, su voz, pero nunca pensó en sobrevivir a costa de ese talento.

“Estudiaba en Venezuela, pero por la crisis que se está viviendo en mi país tuve que retirarme para trabajar y ayudar a mi mamá con los gastos. Pero no fue suficiente, así que me vine a Colombia hace cuatro meses”, me cuenta Elsa, de 24 años.

Vino a Cartagena a trabajar en lo que tocara y ganar dinero para mandarle a su mamá, que se quedó en Maracaibo y ni siquiera había podido construir una casa decente. “Me vine de Venezuela con una amiga que tenía un familiar acá, en el barrio El Pozón. Cuándo llegué era un ranchito muy pequeño y me pregunté: ¿dónde vamos a dormir todos? Aún así yo estaba llena de esperanzas, solo me preocupaba encontrar un empleo y mandarle dinero a mi mamá para su casita”, agrega.

El panorama no era alentador. Todos los días salía a buscar trabajo y regresaba sin encontrar nada. “La amiga con la que vivo consiguió un trabajo en la Terminal de Transportes. Un día llegó diciendo que no iba a volver más a trabajar. Había pasado dos semanas desde mi llegada y no conseguía nada, vi en eso una oportunidad, me vestí y me fui a la Terminal”, cuenta, mientras recuerda el afán y la ilusión con la que salió. Al llegar, le rogó a la dueña del negocio que le diera el trabajo sin importarle cuál era el sueldo o las condiciones de trabajo. “Le dije que era de Venezuela, que necesitaba el trabajo, pero casi no me contrata porque soy gordita, ella quería alguien con mejor cuerpo. Después de unos minutos rogándole, aceptó. Me ganaba 18 mil pesos el día, trabajaba más de 12 horas de pie y solo me daban un consumé de pollo de almuerzo”. Una semana después de trabajar en ese lugar tuvo que renunciar porque se enfermó.

Y comenzó el sueño musical
Al llegar a su casa en la noche de su último día de trabajo se dio cuenta de que quizás había cometido un error, ¿ahora qué haré? Se preguntaba esta joven, que solo pensaba en su madre que estaba en Venezuela padeciendo necesidades. “Canté, fuerte y entre lágrimas esa canción de Ana Gabriel que le canté a mi mamá por primera vez por su cumpleaños”, cuenta.

“Siempre, como ya es costumbre día a día es igual. No hay nada que decir ante la gente es así. Amigos simplemente amigos y nada más”, y de repente una voz la interrumpió. ¡Qué bien cantas! ¿Cómo es tu nombre? -le dijo-. Elsa no sabía quién era, extrañada de su gran apreciación comenzó a hablar con él y se enteró que era Leo Díaz, productor musical de Cartagena.

“Me propuso grabar en su estudio. A los días de ese encuentro, fuimos a su estudio y compusimos una canción en honor a mi país, se llama ‘Alza tu mano’”.

Este fue el comienzo del sueño musical de Elsa, bastó solo con que la escucharan cantar para que un nuevo camino se abriera ante sus ojos, pero una canción no solucionaría su situación económica, ni la de su familia en Venezuela.

Leo le aconsejó a Elsa que se montara en los buses y cantara, y así fue. Al día siguiente se levantó muy temprano a la Terminal de Transportes y se montó en el primer bus que vio. Era el bus del que les hablé al principio, y desde entonces no paró.

“Yo nunca contemplé ganarme la vida cantando, lo hacía en mi casa por gusto, nunca estudié música. Ahora estoy feliz de que esto me esté pasando, aunque no me lo creo estoy muy agradecida con el apoyo que me están dando”. A costa de su voz, pasó de vivir en un ranchito de madera a un cuarto de cemento. “Lo que estamos viviendo en Venezuela es terrible y aquí tengo un poco de esperanza para traerme a vivir a mi mamá conmigo, hace dos meses que no hablo con ella y es realmente triste. Quiero conseguir la cédula de extranjeros, para conseguir un trabajo estable y un carnet de salud”, añadió.

Ahora Elsa o Ana Gabriel, como le dicen en los buses, debe seguir cantando para avanzar en su vida. Quizás su destino es ser cantante o imitadora o la vida la lleve a lugares que no se imagina. Por lo pronto, seguirá siendo la Ana Gabriel venezolana que se sube a los buses a cantar. 

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