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La bala que firmó la paz en La Habana

Las balas de ametralladora calibre .50 empezaron a convertirse en bolígrafos, una iniciativa de la ministra Gina Parodi con el aval presidencial. Con uno de estos se firmó la paz con las Farc el 23 de junio en La Habana. El casquillo de bronce de diez centímetros fue transformado en un “balígrafo” de catorce centímetros, fue diseñado por la empresa publicitaria McCann Colombia, Reinhard Dienes Studio y Pablo Fog. Cada balígrafo tiene una sentencia grabada: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”. El balígrafo fue guardado en un estuche de madera, para el instante histórico en La Habana. Tanto Santos como el jefe de las Farc, Timoleón Jiménez “Timochenko” , tomaron la antigua bala de ametralladora y firmaron el compromiso del fin de la guerra, con el grupo guerrillero más antiguo de América Latina. Pero los primeros en recibir el balígrafo fueron los niños y los jóvenes ganadores del Concurso Nacional de Cuento promovido por el Ministerio de Educación Nacional, el 31 de enero de 2016 en Cartagena, dentro del evento Hay Festival. Así que esa bala de ametralladora también escribirá no solo historias de paz, sino la historia contemporánea de la imaginación de los futuros cuentistas y novelistas.

Con las balas que se convirtieron en bolígrafos o balígrafos, como las escopetas que se convirtieron en escopetarras, hay historias conmovedoras. Las balas de ametralladora y las escopetas han tenido que ser expuestas a un proceso de purificación, para esa compleja y secreta metamorfosis de convertir la sangre en tinta o los disparos en ráfagas de sonidos. El diseñador e ingeniero Pablo Fog le quitó la pólvora a quinientas municiones de ametralladora, y procedió a hacer los balígrafos. El luthier bogotano Alberto Paredes tuvo un estremecimiento la primera vez que convirtió una escopeta en guitarra en 2003, iniciativa del músico César López. Algunas de las escopetas aún tenían manchas de sangre, y tuvo que limpiarlas muchos días, para despojarlas de las impurezas, pero incluso, ya limpias, seguían guardando el recuerdo de la muerte. Se le ponían los pelos de punta cuando en las noches, viendo esas escopetas, pensaba que habían sido instrumentos usados para la muerte. Lo mismo ha ocurrido con las balas de ametralladora que han sido convertidas en balígrafos. Las balas son la mejor manera de convertir la sangre en buena tinta para un mejor destino de la nación.

No es casual que mientras escribo esto, mi amiga Graciela Rincón me envíe desde Mozambique, una imagen de un enorme árbol construido con armas de la guerra civil que asoló a ese país durante once años, entre 1964 a 1975. La imagen del árbol cuyas ramas y flores son fusiles fundidos, al igual que las esculturas del artista mozambiqueño Goncalo Mabunda, que transformó armas de los dos bandos en disputa en materia prima de su arte, me remite al momento histórico de Colombia, que aspira a convertir en 2016 las armas de sesenta años del conflicto armado con la Farc en tres esculturas monumentales.

EPÍLOGO
Cuando me llegó el balígrafo a casa, con ese mensaje inolvidable de la ministra Parodi, dejé la bala silenciosa en la mesa de la casa, en forma vertical, y en mi familia sintieron cierta perturbación por todo lo que representaba aquel objeto, porque incluso así, en silencio, y en esa forma, evocaba su antiguo pasado de muerte. Mi mujer y yo guardamos la bala en su estuche de madera, y la contemplamos a distancia. Parecía todo, menos una bala o un bolígrafo. Era un pequeño testimonio de un día histórico en la vida de Colombia. Alberto Paredes mira los rifles de asalto AK-47 y tarda un tiempo en pasar del espanto de las huellas de la guerra a imaginar el sonido que saldrá de las cuerdas de la guitarra. Las escopetas son afinadas por la sabiduría de sus manos de luthier y han logrado que las escopetarras sean instrumentos de arte y pacificación entre los seres humanos. Desliza sus dedos sobre las cuerdas y toca una canción que tiene aromas del interior de Colombia. Qué va uno a pensar que bajo esas cuerdas hubo un gatillo que alguien activó para derribar milagros. Qué va uno a pensar que bajo la piel dura del bronce de los balígrafos que sostuvieron Santos y “Timochenko”, en el protocolo de la firma de paz, ese mismo bronce tuvo como blanco a la muerte y no a la vida. Balígrafos y escopetarras tienen destinos comunes dentro del entramado tormentoso de imaginar que alguna vez podíamos sentarnos en la misma mesa, los perseguidos y los perseguidores, y dar un paso histórico, que como toda metamorfosis tiene un largo camino de transformación. 

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