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La bola que revive a Getsemaní

El azul intenso de los ojos de Matthew Benavente brilla aún más cuando habla de la bola de trapo. El gringo, que vino de Florida a Cartagena para dar clases de inglés, llegó a Getsemaní a enamorarse de un campeonato más viejo que él. Parece cosa del mismo destino. A Matthew le gusta el béisbol, y apenas llegó a estas tierras comenzó a buscar, a preguntar por el deporte...y lo encontró en una hoja de papel pegada en un poste.

“Campeonato de Bola de Trapo de Getsemaní”, leyó. Ese papel fue una revelación: ni siquiera entendía qué significaba eso de “bola de trapo”, pero una imagen se lo explicó. Era el mismo béisbol, pero en versión getsemanicense...así que ese pedazo de papel es el mapa que lo condujo a la Avenida El Pedregal de Getsemaní. A las murallas. Al calor del Caribe, de este pedazo de tierra que impulsó a libertar Pedro Romero.

***

Es la una de la tarde y comienza la fiesta de la “Bola de trapo”.

El sol brilla, suena una salsa vieja, la carretera del Pedregal se convierte en la cancha. Sudan jugadores y espectadores. La cerveza también suda.
El lanzador tira y el bateador, un ‘pelaito’ de dieciséis años, golpea la pelota que pega en las filosas rocas del fuerte y se rompe. El campo mide unos cincuenta metros cuadrados. Gastan siete u ocho pelotas por partido.

Resalta en medio de esta “luna caliente”, el mono de ojos claros es Matthew, el gringo que solo llega los domingos a Getsemaní para jugar en el equipo La Magdalena y para compartir con los compañeros. El pobre tiene la cara ‘colorá’ de tanto calor.

La gente se goza este ambiente familiar. Bailan, beben y cantan como buenos getsemanicenses.

Este no es un simple campeonato. Se juega desde mediados de 1987 y es la excusa perfecta de los hijos del barrio que tuvieron que irse desplazados por el turismo salvaje, para regresar. Para recordar su cuna, su cultura, su gente linda.

Ya son las dos y media, y ahora se enfrentan Caballos contra Carpinteros. Los Caballos pegan primero: se imponen siete carreras por tres, están en la quinta de las siete entradas reglamentarias.

Los jugadores, la mayoría jóvenes entre los 16 y 30 años, se gritan entre sí. “Tírate”, dicen en coro a uno de los corredores de los Caballos que va corriendo de primera a segunda. Se lanza, levanta el polvo y cae. “Quieto”, grita el ampáyer y detrás gimen los Caballos: “así es que essss”.
Los espectadores hablan como si nos conociéramos de toda la vida, me hacen parte de su fiesta, hasta me convidan a cerveza, pero no acepto. Sus voces también se elevan con el lanzamiento de las bolas.

El reñido juego acaba. Ocho a seis es el resultado. Esta tarde se hacen cinco juegos donde participan Carpinteros, Caballos, Rockies, Magdalena, Espíritu Santo, Ajax, Los del patio, Tractores, Aracheros y Angelitos. Cinco partidos, donde juegan mínimo ocho, de los veinte jugadores de cada equipo.

En la Plaza
Era la tarde de mediados de 1987. Toño de Aguas, Mario Vitola, Jesús Miranda, Agustín Julio y Fabio Burgos solo hablaron de deportes en la plaza de La Trinidad. Pensaban: “¿cómo hacemos para recrearnos aquí si no tenemos dónde jugar?” Pensaban en fútbol, boxeo y en su preferido, el béisbol. Se quedaron con el último pero dijeron que la bola era muy pesada, andaba demasiado lejos, y se les ocurrió hacer una parecida, de trapo.

Los hermanos Amaury, Plutarco y José Lombana Meléndez se hicieron responsables de diseñar y confeccionar la bola que sirve para jugar en espacios cortos, la que dura medio partido.

Entre los Lombana crearon las bases del campeonato que se juega hasta hoy con éxito.

Los partidos se jugaban en la plaza de la Trinidad, con bancas, árboles y otros obstáculos que hacían más retador el juego. Bateaban desde el inicio de la calle del Pozo hacia la calle del Guerrero donde quedaba primera base, la segunda estaba en el centro de la calle de la Sierpe y la tercera hacia la calle San Antonio, en la esquina del atrio. Que la pelota saliera de hit (línea) o de jonrón era una proeza y en esas proezas estaba la diversión.

Emigdio Gaviria, por ejemplo, cuenta que jugó toda su juventud, pero un bolazo que le rompió la nariz lo sacó del equipo Los Olmedos, uno de los más tradicionales del barrio. También estaban Sábado Lomba, Los troncos, Cardenales, Los pachas, R26, Getsemanisense y La familia.

Con los cambios estructurales de la plaza y por varios incidentes con personas que fueron golpeadas con las bolas, el campeonato fue trasladado al Pedregal donde se mantiene más que vivo.

Epílogo
“Aquí todo el que viene se amaña porque hay calidad humana y calidad en el juego”, expresa Jorge Ruiz, mejor llamado El Bobby. Hay unidad, no necesitan decirlo, se nota por encima; el campeonato se anidó en el corazón del getsemanicense puro, en sus vivencias, en sus conversaciones y se lo transmiten al que llega. “El domingo que no hay programación, el barrio está muerto, pero cuando hay juego esto es lo máximo. La gente se emociona y vibra con nosotros”, dice Davinson Gaviria, participante.

La mayoría de los equipos son del barrio, aceptan máximo dos de afuera, a los que llaman extranjeros, ya sea porque vienen de otros barrios o porque vienen de otro país, como Mathew.   



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Comentarios

así se vive mejor

esto es vivir sabroso y tranquilo que bendición...