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La cachaca en una fiesta champetúa

POR: KATHERINE LOAIZA MARTÍNEZ

Lo primero que he de decir es que soy cachaca. Lo segundo, que siempre me he autoproclamado buena para bailar. Dicho eso solo queda contar toda la verdad: me fui a una fiesta de champeta en Cartagena con toda la intención de mostrar mis mejores pasos de baile, pero me sentí peor que un nórdico recién desembarcado en el Caribe.

Me gusta la champeta y la escucho. Por eso me salió natural querer ir a una fiesta de champeta, pero de los cartageneros reales, nada de inventos para turistas. Así llegué a Champetú, con ‘chorcito’ azul, tenis dorados, camisa blanca.

La música fuerte, la gente bailaba poco. Eran las 10 menos 20 de la noche. Quise una cerveza para tener algo qué agarrar en las manos, un osito de peluche de cebada que me ayudara a tranquilizarme. ¿Por qué estoy tan nerviosa? No había sillas, luego entendí que nadie tampoco se sentaba nunca, así que sillas para qué… para la cachaca que tiene miedo y no baila. Obvio.

Empezó a llegar gente y más gente y con la gente el baile, y con el baile mi miedo creciente a bailar. El ensayo del caballito, los pasitos estos en que los pies como que se juntan y se separan por las rodillas, todo se me olvidó. No se me olvidó del todo, yo sabía la mecánica del movimiento, pero solo la idea de usarlo me hacía sentir inmensamente ridícula.

Sentía que todos los asistentes a Champetú, en el bellísimo patio a cielo abierto de una casona de Manga, estaban dejando de bailar con sus pasos de tutorial avanzado y sus caderas de goma para mirarme y juzgar mi falta de ritmo, mi ausencia de movimientos sensuales y mi carencia absoluta de sabor Caribe.

Lo que después de esa noche llamo “el efecto champeta” le pasa a más de uno. Aquí, la explicación.

“Yo soy caleño y bailo muy bien salsa caleña, pero cuando fui a bailar champeta me sentí igual que tú”, me dijo para rescatarme de mi drama Andrés Lerma, bailarín e instructor de Zumba, de la Academia Rumba y Salud, una de las más reputadas en el país. “Para bailar champeta tuve que ir a hacer el curso y eso no es solo de curso, hay que vivirlo a diario”.

Recapitulemos: si un tipo que vive de bailar y que baila horas y horas y horas y horas al día se sintió con siete pies izquierdos cuando quiso bailar champeta, ¿significa que no soy yo? ¿Significa que yo sí bailo bien?
No. Mi autoestima de bailarina sigue siendo más alta que la realidad, pero tampoco estaba media fiesta mirándome cómo ‘malbailaba’. Eso me lo aseguró Anyerson Bello, director del grupo de danza AD Crew Cartagena.

“Es algo psicológico. La gente en estos espacios no está fijándose si lo haces bien o mal. Es uno mismo el que dice ‘a aquel se le ve muy genial, a este muy bacano, a mí no se me ve así’”.

Pero yo seguía convencida de que había corrillos y hasta grupos de WhatsApp ya burlándose de mí. “El efecto champeta”. La cerveza caliente, imbebible ya, me dio la oportunidad de ir por otra muy lentamente, a ver si algún bailarín de corazón caluroso me ofrecía lecciones gratis en 5 minutos para sacarme de mi oso interoceánico. Nadie. A la cachaca no hay cómo enseñarle, para qué el desgaste, pensaba yo.

“Aprender a bailar es como aprender un idioma”, me jura Lerma y yo le encuentro toda la lógica del mundo cuando agrega que “a unas personas se les da más fácil, a otras no. Todo depende cuánto tengas que insistir, de cuánta disciplina necesites. Hay gente que aprende inglés en 6 meses y hay gente que se demora 5 años, pero al final cualquiera puede”.

Yo aprendí inglés en 1 año pero me voy a demorar 7 en bailar champeta igualito a la muchacha esta de pelo rojo que parece que le hubieran reemplazado los huesos por cartílagos. El karma.
Mientras pagaba la cerveza lo entendí todo. Es que yo no soy costeña, yo soy cachaca. Cómo se me ocurre que voy a bailar así de bien. ¡Es un problema congénito! ¡De registro civil!

“No depende de dónde nazcas”, pero ayuda, coinciden los dos expertos. Los papás de Lerma son de Buenaventura, lo criaron en Cali y no bailan nada. Mientras que los de Bello son raizales, afro, y lo acostumbraron desde pequeño al sonido de los tambores, a mover su cuerpo como lo sintiera.

Mi papá no se sienta en las fiestas, mi mamá trató y desistió de las academias de baile. Yo, en Bogotá, soy mi papá; en esta fiesta, soy mi mamá.

“El efecto champeta” significa que un cartagenero sobrado en ‘champetismo’ se sentirá igual que yo cuando vaya por primera vez a Cali y quiera mostrar cómo baila de bien salsa.

Y mientras me regresaba con la segunda cerveza sonó mi canción favorita. Una viejera que se llama ‘El Chocho’. En un espacio de confort -la sala de mi casa, la ducha- eso habría significado perder la cordura, cantar desafinado a todo volumen, bailar como la de pelo rojo. Bueno, no tanto, pero sí vivir la canción como si fuera mía.

Pero no. Me quedé mirando al DJ fijamente, sin mover músculo alguno. Él allá arriba, en el mezanine al que se llegaba por una escalera llena de más gente bailando, enmarcado por un árbol de esos que tienen más años que cualquier persona viva, no sabía que por dentro yo estaba bailando mejor que cualquier muchacha de toda la fiesta. Por fuera, sin embargo, nada.

Ojalá hubieras bailado, me dice Bello, porque “si estás bailando y estás disfrutándolo se va a ver bien, en cambio si estás cohibida se va a notar que eres cachaca y la gente dirá ‘mira esta que se cree costeña y bien cachaca que es’”.

¿El éxito está en la confianza? En la salsa caleña el éxito está en la habilidad con los pies, y en tenerse confianza para dar vueltas, pero en la champeta la cosa es más de sentirlo desde adentro. “Hay gente que dice que la champeta no es que unos bailen mejor que otros, sino que hay unos que disfrutan más que otros”, dice Bello, y yo ya quiero una camiseta que diga eso, para que me lo recuerde en mi próxima cita champetúa.

Al final de dos horas y un poco más en la fiesta, de haber medio bailado con tranquilidad cuando lograba esconderme detrás del grupo, meterme en el matorral de gente sudando feliz, me fui de la fiesta. No solo porque toda la presión social imaginaria me tenía agotada, sino porque a las 12, a esta edad, es como la madrugada en los veinte.

A pesar de la frustración me fui feliz y volvería de nuevo. Me queda una gorra naranja fluorescente con el nombre de la fiesta y un segundo bailando torpemente en el video de resumen de la noche. Y sí, mi dignidad cachaca. La próxima vez prometo bailar mal sin descanso, ser una orgullosa cachaca con espíritu costeño y movimientos de cadera nórdicos.



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Champetú es una fiesta sin

Champetú es una fiesta sin violencia, donde se tiene la oportunidad de vivir el Caribe desde nuevas facetas e historias: felicidades a sus organizadores por ser parte de una Cartagena incluyente y socialmente responsable en fiestas alternativas donde la innovación es clave.