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La condesa dejó sus recuerdos

Se percibe aún la mano suspendida y delgada de María Luisa Gómez Mena, condesa de Revilla de Camargo, a punto de abanicarse, mientras esperaba a los comensales de su fiesta. Es difícil imaginar que una mujer consagrada a inventarse un tesoro descomunal como el de su mansión, con más de treinta y tres mil obras de arte, provenientes de Occidente y Oriente, estuviera colmada sentimentalmente.

No hay un  solo rincón de esta casa cubana de nomenclatura 502 de la calle 17, en el Vedado,  que no sea un derroche de sofisticada fantasía. Cada habitación es hoy un salón  especializado en arte chino, japonés, francés, inglés, español, y cada aposento nos abruma con  sus esculturas en bronce y mármol, sus tallas en madera, sus objetos delicados en platería, herrería, y su lujosa colección de minúsculas y mayúsculas maravillas.

La  casa, erigida entre 1924 y 1927, posee doce salones de exposición, y desde  el vestíbulo, entramos en un ámbito resplandeciente y antiguo de los mármoles italianos, en el que tanta belleza junta puede ser delirante y demencial.

Pensaba al recorrer la casa en la austeridad de los cubanos después de la Revolución, en la delicadeza con que decoran sus casas,  con arte de la isla que sale de los museos y se reproduce en la vida cotidiana, en el mobiliario de la casa que replica sensibilidades y maneras de sentir y vivir, en la intuición depurada por la belleza en todas sus formas, y que volví a encontrar en la vaporosa belleza de las cortinas pintadas por artistas entrañables de la isla como René Portocarrero o Roberto Fabelo o en las tallas afrocubanas con sus deidades ancestrales que evocan la fecundidad, el trueno y el mar, o en la intuición de los sabores de la cocina cubana, tan similar a la nuestra en Cartagena de Indias.

Pero la visita a la mansión de la condesa que huyó a España, después del ascenso al poder de Fidel Castro, me dejó sembrada varias perplejidades. Luego de recorrer, el vastísimo Salón Principal donde alguna vez, la condesa recibió a los Duques de Winsor, la Duquesa de Alba y los Condes de Barcelona, me sumergí en el resplandor misterioso del siglo XVII en el Salón de Mamparas Orientales, y en las pisadas invisibles sobre la inmensa alfombra persa y en el enigma del tiempo detenido en un viejo reloj del rey Luis XIV, y en los intersticios de madera de un secretero que perteneció a Maria Antonieta. Toda la casa está llena de secretos como la falsa pared donde la condesa seguía guardando maravillas herméticas.

Pensaba en los instantes en que esa mujer de ojos negros y discreta sensualidad dejaba escapar su perfume francés en el lóbulo de su oreja, confundido con los azahares que arrastraba el viento en el jardín. Aquel instante en que a su alcoba algún secreto amante dejaría una huella en su alma. Intuía al ver aquella majestuosidad intimidante que solo la soledad agigantada es capaz de inventar museos sofisticados como el de esta mujer en la historia paradojal de Cuba, en donde sus ciudadanos dejaron de pensar y anhelar hace más de medio siglo en enriquecerse y desviaron su misión en cultivarse socialmente a sí mismos, en un proyecto de país que navegó en contravía con el ego solitario de la codicia y del enriquecimiento material.

Quienes cuidan aquella mansión son diametralmente opuestos a aquel reino de fábula. Son seres transparentes, sencillos, nobles, humildes, que cuidan cada flor del jardín y cada objeto del museo. Sentí que aquel halo aristocrático de la condesa obsesionada por coleccionar objetos de arte, podía ser una de las formas íntimas de acompañar su propia soledad. El espíritu de su tiempo  fue captado por Alejo Carpentier en su novela La consagración de la primavera.

Hay  dos retratos al óleo de la condesa. Uno pintado en 1945 por José Moreno Villa, en el que capta su rostro trigueño, sus ojos negros, su cabellera azabache y sus labios carmesí. Hay una foto de 1942 en La Haban a, con el crítico y coleccionista de arte José Gómez Sicre. A su casa llegaba el músico Bola de Nieve. Allí se hicieron los funerales de la Lala Falla, que reunió a toda la aristocracia de la isla.

“La cámara mortuoria estaba tapizada con orquídeas blancas y en el ataúd aparecía la muerta con los brazos desnudos cruzados sobre el pecho”, precisa Antonio J. Molina. La sobrina de la condesa al ver el cadáver descubrió que los brazos  espléndidos de la mujer fallecida, habían quedado por fuera. Y resplandecían como un mármol. Qué buena idea, dijo la sobrina. El día que mueras, tía, te dejaré lo más bello afuerita: las tetas”. Y las señoras se abanicaron al tiempo parra borrar las sílabas de la imprudencia.

Una de las salas de la casa integró la bella colección de 94 abanicos de la poeta Dulce María Loynaz (Premio Nacional de Literatura en 1987, y Premio Cervantes en 1992). Cada abanico es un año de su larga existencia, atesorada en 94 años: abanicos de nácar, márfil y madera, que no solo guardó de su abuela, sino que se dedicó a inventariar con anotaciones que aparecen en el museo de la condesa. Todo lo sofisticado de la isla fue a parar al inventario maravilloso de la casa de la condesa. Entré al jardín de la casa y allí también hay otro sofisticamiento de flores, fuentes y esculturas que retratan las cuatro estaciones. Recordé una ocurrencia cartagenera en La Habana: El amante entró a la mansión en busca de la condesa. Se detuvo a mirar tantas maravillas y se olvidó al final, de su propio cuerpo y dejó que se deleitara el alma.

Epílogo
Intuí al llegar cómo sería el baño y la alcoba íntima de la condesa:  juegos de tocador en plata, marfil y porcelana, cristal de Bohemia, Val Saint Lambert, Bacarraty Moser. Oro puro  hasta en los bordes de la taza del inodoro.

La condesa dejó su casa abandonada  y  nunca regresó a La Habana, después del triunfo de la Revolución.  Murió en España en 1965. La casa está abierta todos los martes hasta el sábado, en El Vedado. No es suficiente una sola visita. El espíritu de la condesa sigue intacto allí, como un aroma que arrastra el viento de la isla.

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