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La felicidad de Ismenia

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Ismenia Pérez Ramos es una entretenida mujer que habita hace más de 60 años en el pueblo de Punta Arena, donde es muy famosa. La razón: no le da pena hablar con nadie.

Al llegar a Punta Arena, en la isla de Tierrabomba, me encuentro con dos jóvenes que ponen el motor fuera de borda a una lancha. Son casi las 10 de la mañana. El mar está calmado, el sol radiante y el paisaje es amenizado por el sonido de las olas. Es un día perfecto. Busco una historia. Un personaje. Alguien que parezca común y corriente... que parezca, pero sea especial. Y voy preguntando por las calles del pueblo.

Mientras hace su tarea, uno de los jóvenes me sugiere ir donde la señora Ismenia. “A ella le gusta hablar bastante. Siempre la entrevistan cuando vienen los periodistas porque no le da pena y no tiene pelos en la lengua. Ella está en el grupo de la tercera edad y está ‘paraíta’ (bien de salud)”, dice.

Me da curiosidad la descripción de aquel joven y le pido que me indique el camino. Uno de ellos me acompaña. Siempre me ha gustado hablar con los viejitos, escuchar sus historias, sus anécdotas. Y a la tranquilidad de esta mañana solo le falta un buen relato.

A pocos metros, allí, frente a la playa, está la casa de Ismenia. En la sala, frente a un televisor, está ella, sentada en una humilde silla de ruedas.

Buenas, señora Ismenia, ¿cómo está?
-Bien “seño”, ¿y usted?
-Muy bien, gracias. Vengo a visitarla porque me hablaron muy bien de usted y quise conocerla.

Sin cuestionar sobre mi interés en hablar con ella, me pregunta: “¿sabe cuántos años tengo yo? Yo tengo 84 y vine aquí a la edad de 20 años, cuando Punta Arena era un monte y abundaba el mosquito, la culebra, el ciempíes”.

Desde este momento supe que la conversación sería larga y entretenida. Y sí que lo fue. Durante una hora conocí toda su historia, sus anhelos, su felicidad.

¿Con quién vino, con su esposo?, pregunto.
-Sí señora – responde.
Y... ¿por qué se vino?
-Bueno, porque usted sabe que cuando uno se enamora... para donde lo lleve el amor, para ahí se va.

Su esposo, Nelson Contreras, era nativo de Punta Arena y ella llegó desde el corregimiento de Mulatos, en Turbo (Antioquia).

"Allá, en Mulatos, la vida también fue dura, porque se metía la guerrilla, la 'chusma', como le decíamos, a matar a la gente. Tocaba salir corriendo en la noche -ella, su mamá y sus hermanos-, por eso decía que cuando me enamorara me iría lejos. Y fíjese, aquí estoy, en esta isla de paz.

“Cuando es un amor verdadero a uno no le importa y se va sin saber a dónde va a parar ni nada. Así que me quedé aquí e hice mi vida con él. En ese tiempo aquí se tenía una vida dura, aquí se vivía de lo que se sembraba en el monte, de la papaya, el melón, la patilla, limón mandarina, guayaba, icaco. Ahora no se consigue nada de eso. Esta era una tierra donde se producía bastante coco y ahora no se consigue ni para cocinar un arroz. Las plantas se han muerto porque ya no llueve”, anota.

En medio de las carencias en las que ha vivido, levantó a sus hijos, dándoles de comer “arroz limpio” (sin carne, sin ensaladas, ni jugos) -como ella misma narra-, fue feliz y no se arrepiente de haber llegado a esta vereda detrás del amor, de su amor.

“Mi esposo falleció hace ocho años y ahora vivo con mis hijos. Agradezco a Dios porque me dio esos hijos, buenos conmigo”.

¿Cuántos hijos tuvieron? - entre risas Ismenia me responde- “Antes, como no había un carajo, la gente tenía un poco de hijos. Ni había televisión ni radio, y las brisas... no se podía ni abrir las puertas, así que uno no hacía más si no hacer 'pelaítos'. Yo tuve 8 y una amiga tuvo 13. Pero los hijos están pendientes de uno, ¿qué más le pide uno a la vejez, si no es una felicidad como esta?”

Entre tantas anécdotas de su vida, de las que hoy se ríe esta adorable mujer, me cuenta: “Imagínese, no le voy a decir mentiras, a mí antes me gustaba la cerveza. Mis hijos a veces me preguntan que si quiero una y yo les digo: ¡Ombe, cómo no voy a quererla! Me tomo 2 o 3 cervecitas, de ahí no paso".

¿Antes tomaba con su esposo o con sus amigas? -con una evidente despreocupación me comenta- “con mis amigas, a él nunca le gustó tomar. Él se iba a trabajar y yo me quedaba aquí en la casa haciendo mis oficios y mis amigas me llamaban de vez en cuando para tomarnos las cervecitas y cuando ya me sentía un poco 'mareadita' me venía para mi casa. Cuando Nelson llegaba del monte los hijos le decían: “ahí está Isme, que se tomó sus cervezas con tu comadre y las amigas. Y él lo que hacía era que mandaba a que me compraran algo para que se me pasara".

¿Y no se molestaba? - insisto - “Nunca. Yo sí digo que con ese hombre jamás peleé, fuimos felices, y fíjese nosotros nos casamos fue con la barriga de Gabriel, uno de los últimos hijos. Fue en un matrimonio colectivo".

Señora Ismenia, ¿usted qué hace durante el día? “Yo hago traperos. Mando a buscar mis tiras y hago mis traperos. Los vendo aquí mismo, así tengo mi platica, más lo que me dan mis hijos, con eso tengo con qué comprar mis medicinas. En las mañanas me levanto, me tomo mi cafecito, me desayuno y voy con mi silla y me siento en la puerta a saludar a todo el que pasa. Eso me entretiene”.

Permanece durante unos segundos en silencio, como recordando alguna experiencia en particular y me narra: “No hace mucho había un poco de gente, y que de España, pero parecían era como gamines -dijo extrañada-. Estaban 'mal trajeados'.
-¿Mochileros?- le interrogo-
-Exactamente -confirma-.

“Vea, un día me levanté y me dijeron que fuera a ver la visita que tenía al frente. Yo pensé que eran vacas o burros que a veces amanecen aquí, pero cuando me asomo veo que habían tendido unas carpas y habían dormido allí. Como a las 9 de la mañana fue que se pararon y se metieron en su agua salada, después arreglaron su equipaje y salieron. Se fueron para allá arriba, que tenían una fiesta bien grande que duró tres días”.

-¿Cómo es que se llama esa fiesta que ellos hacen? -se pregunta y a la vez responde- esa y que 'tran' – dice sin pronunciar la palabra completa.
-De música electrónica -agrego-.
-Exactamente -me responde nuevamente.

“Yo anhelo mucho esta vida aquí en Punta Arena, son tantos años que llevo aquí, más de 60, y nunca he tenido problemas aquí con nadie, vivo tranquila, con mis hijos, nietos y bisnietos”.

-Me dijeron que a usted siempre la entrevistaban...
"Sí, yo siempre comparto una parte de lo que he pasado aquí, a mí me gusta narrar lo que hemos pasado aquí, porque aquí pasamos necesidad como usted no se imagina", señala.

Para Ismenia la felicidad se basa en que sus hijos la quieran y le proporcionen aquello que necesita. No pide lujos. Lo que ha tenido en la vida ha sido suficiente para ella. El amor, la amistad, la atención y el respeto han sido suficientes para considerar que ella y su familia han sido felices.

-¿Usted no se arrepiente de haberse venido para Punta Arena?
-"No, yo no, al contrario, yo aquí siempre fui una mujer feliz".

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