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La guardiana de los sueños en la Cárcel de San Diego

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A Antonia Suárez Herrera, Toñi, nadie le echa cuento, se las sabe todas. “Cuando tú ibas, ya yo venía”, dice entre risas. Y esa pericia se la debe a 66 años bien vividos, trabajados con la conciencia limpia, empuje volitivo y ansias de no acabar.

Tiene veintidós años como guardiana en la Cárcel de San Diego y ha visto entrar desde la extorsionista hasta la que mató al marido. Pero aprendió a no señalar a ninguna y a enseñarle un camino sano.

Este último es un valor agregado a su labor. A la guardiana y a sus compañeras las contrataron para preservar la disciplina en el penal, no para aconsejar, pero tantos momentos junto a las reclusas, las llevan a valorarlas como hijas, con el alma.

***

Son las tres y treinta de la tarde y Toñi está entre las rejas del caluroso claustro de San Diego. Camina en el oscuro pabellón por el que se pasean 163 mujeres hacinadas.

Huele a gente, a sucio, a edificio viejo y Toñi tiene la cara como un puño, no es la misma que me sonrió al comienzo de nuestro diálogo.
Me lleva a dar una corta ronda con ella y me doy cuenta que su seriedad es exagerada. Detrás de su mirada se vislumbra la ternura de una madre ansiosa por sanar el corazón de su hija.

Las internas la saludan, le sonríen, se nota esa camaradería y complicidad en la que prima la disciplina y el amor. Toñi no deja su firmeza, pero de vez en cuando les hala el pelo a una, a otra y ellas solo se privan de risa.

Mientras camina y “toma del pelo” con las reclusas, me cuenta que un episodio hace quince años le hizo darse cuenta que amaba su oficio. A una española presa por droga a la que todas repudiaban porque padecía SIDA, Toñi la acogió como a su hija. Tan es así que la mujer estaba embarazada y la guardiana se ofreció a acompañarla en su parto un 16 de julio, día de La Virgen del Carmen, en la Clínica de Maternidad. La mujer no quería separarse de la guardia. Al baño, a la cama, a cualquier lugar iba agarrada de su brazo.

“Dio a luz, quedó en libertad y se fue a vivir en Getsemaní, volvió a la droga y las amigas que tenía en el penal le dieron la espalda. Tiempo después regresó a España”, narra Antonia.

“Mujeres como yo”
Las crisis de una interna son las de cualquier mujer, la diferencia es el delito que cometieron y que las privó de la libertad. Entender eso y no acusarlas con el dedo señalador, ha llevado a Toñi ser misericordiosa con ellas.

La experiencia le dice que cuando una reclusa llega, se queda callada las primeras dos semanas, y como si tuviera en la boca una papa caliente, a la tercera explota en llanto o tristeza, con sus emociones como una bomba de tiempo, habla y se desahoga, no con sus compañeras de cuarto, usualmente con la guardiana. 

“Son mujeres con hijos, iguales a mis compañeras y a mí, por eso me pongo en el lugar de ellas, pero eso no quiere decir que les acolite las faltas, su correctivo se les pone cuando es necesario”, añade.

Y es que la de San Diego no es una cárcel de altísima seguridad, por eso el carácter y lo radical de la guardia, determina la disciplina de las mujeres.

“Hemos encontrado droga en yogures, jabones, brasieres y celular metidos en un hueco que le hacen a la Biblia, ni eso lo respetan”, dice resignada Toñi, a la que algunas le cogen la caña pero otras, reeligen la perdición.

Epílogo
Tiene una maestría en psicología, no porque haya estudiado la carrera, sino porque atender las batallas emocionales de más de cien mujeres, así sea indirectamente, vuelven loco o le confiere ese título a cualquiera.
Bien aclara que nunca estudió enfermería pero con su atención le ha salvado el cuerpo y el alma a más de una…y la mejor lección: se ha salvado a sí misma.

¿Por qué? – pregunto –

“Era demasiado cascarrabias y eso me generaba estrés. Me mantenía de mal genio y eso mata. El estrés muchas veces me hacía reaccionar fuerte hacia las reclusas” –responde–. Las mismas internas antiguas aseguran que Toñi ha mejorado su carácter. Las trata con más cariñito y comprensión, y hasta las hace reír.

Sesenta y seis años, y sigue corriendo millas antes de pensionarse, trabaja 24 horas y descansa 24, es incansable y labora así porque quiere, pues como dicen sus compañeras Sandra y Aleida, Toñita está por encima del bien y del mal.

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