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La luz en los ojos de Néstor

Néstor tiene en su humilde vivienda un televisor, una nevera y dos sillas. No tiene adornos en las paredes, más que los retratos ampliados de sus hijos, algunos con togas de grado.

Su cocina está en el patio.

“Davi, es en la ollita que está arriba de la platera”.

“¿En ésta?, le pregunta su hijo llevándole una olla.

Néstor toca las orillas y responde, “sí, esa”.

Se levanta y llega hasta la estufa de dos puestos, sostenida por un pequeño mueble de madera pintado de azul y que parece venirse abajo en cualquier momento. Quita con un cuchillo el borde de la papeleta de café y parte el nudo de la bolsita donde vienen los 300 de azúcar. Echa en la olla con agua los ingredientes y la pone a la estufa. Toma una caja de fósforos que siempre deja en el mismo lugar, toca los bordes, y enciende uno. Da vuelta a la perilla que le da vida al fogón derecho y luego pone la olla.

Está sonriendo. Nos ofrece un café.

Todos los días repite este proceso a las cuatro de la mañana. Aprovecha cuando hay silencio y puede oír que el agua hierve. Néstor perdió la vista hace diez años ya, así que se ha aprendido los lugares de su casa de memoria, las esquinas, los sobresaltos. los pasos que hay hasta el baño o hasta el patio.
Esta sería una semblanza más de una persona que no puede ver más que “nieve”, como él mismo dice, pero no lo es. Su padre, Pedro Fontalvo, también perdió la vista estando joven, y de los doce hijos que tuvo, cinco corrieron con la misma suerte. Cinco eran ciegos.

Néstor empieza su historia, interrumpido por el trinar de un pájaro tumbayegua que aún no se amansa dentro de su jaula.

“Ahora quedamos cuatro (ciegos)”, dice. Uno de sus hermanos murió hace poco. “Nosotros quedamos entre el medio de los mayores y los menores, o sea, los hermanos míos mayores están bien y dos hermanos menores también”.

Cuenta que el día que empezó a perder la vista, estaba trabajando acá en Cartagena y de la nada le surgió un tremendo dolor de cabeza. Dos meses después, cuando fue al médico ya el ojo izquierdo estaba perdido.

Tras un tratamiento basado  en unas gotas que superaban los cien mil pesos y le duraban 18 días, unos niños pequeños que necesitaban comer y la falta de dinero, no pudo seguir.

“Tenía un ojo rapé, y de un momento a otro se me puso verde”, afirma riendo, “y yo iba alegre porque ajá se me había puesto el ojo verde, más bonito. Ya después se me puso blanco y como dicen por ahí ya no tiene arreglo”.

Dice que muchas veces distingue la claridad con la oscuridad. No todas las veces, pero alcanza a ver destellos y siluetas.

“Le voy a contar esto: cuando a mí me pasó el caso este yo iba a la iglesia, a una congregación, y tuve un amigo que duró tres meses sin venir aquí porque no me quería ver así en estas condiciones y un día vino tomado y me dijo ‘yo hubiera quedado así y me hubiera ahorcado’. Y yo le dije, ‘no y ¿por qué? si yo tengo tres niños pequeños, además yo no sé si yo el día de mañana me levante y ya esté viendo otra vez. Dios es el único que sabe, él da y quita’”.

Una vida de trabajo

A Néstor le dicen ‘el Mello’, y vive en el barrio Los Portales. Es picapedrero o “picapiedras”. Así les llaman a quienes convierten la roca en un triturado que luego se usa en labores de construcción. Es a lo que se ha dedicado desde antes que perdiera la vista, aunque hace un año que no se atreve a regresar al monte. La última vez que se sentó a picar, agarró una culebra y meses antes ya lo había picado una.

“El siete de mayo, me mordió una culebra aquí en la pierna”, cuenta. (Una herida que no ha cicatrizado perfectamente se asoma por la bota del pantalón). “Me cogió el tendón y duré que no podía casi ni caminar como hasta principio de diciembre. En enero y febrero fui otra vez al monte, pero me puse a llenar un tanque y cuando siento es que agarro otra culebra y el muchachito mío se dio de cuenta y la mató, pero de ahí si le he cogío miedo a la cosa”.

Para seguir con su oficio, debe mandar a traer la piedra desde San Juan Nepomuceno y trabajarla desde su casa, pero necesita una inversión que aún no tiene, por lo que sus días transcurren a la espera de quien llegue a comprar bolis y cubetas.

Una señora de buen corazón le dio parte de la plata para comprar la nevera. El resto lo consiguió junto a su esposa, Yomaira Reyes, ama de casa, trabajadora incansable y madre de Johana Paola, de 20 años; Rafael Gustavo, de 17 y el pequeño David Daniel, de 10.

“‘Mello’ y ¿no te da miedo levantarte tan temprano con esa oscuridad?”, lo molestan sus amigos de confianza, pues pese a todo, este hombre de 45 años no pierde el humor. “A mí me gusta que aquí venga gente, porque nos ponemos a echar cuentos y es mejor así, que estar amargados”, continúa.

Su hijo pequeño siempre está cerca, atento a lo que su padre necesite. Mientras escucha la entrevista juega con unos zapatos verde fluorescente, de suela desprendida que están debajo de la silla de Néstor.

¿Y cuál es el consejo que siempre te da tu papá?, le pregunto a David.

El niño baja la cabeza y dice, “que estudie”.

Al terminar el encuentro con el Mello, le estrecho como por cuarta vez la mano y le digo, “¿vio que no era nada del otro mundo la entrevista?”.

Con una carcajada me responde, “muchacha, ¡ojalá viera!”, y todos soltamos la risa.

 

Bajo la sombra del glaucoma

El nombre médico que se le otorga a la condición de Néstor es el de glaucoma, que llamado el “ladrón silencioso de la visión”, afecta a 2 millones trescientas mil personas, de las 48 millones que hay en el país. Es una patología que causa un aumento de la presión dentro del globo ocular y daño progresivo en la retina.

“El glaucoma es más frecuente en mayores de 40 años, pero cuando se presenta en jóvenes, que es glaucoma juvenil, la herencia es más fuerte, así que se debe estar muy pendiente de estar en los controles oftalmológicos periódicos”, advierte la Dra María Fernanda Delgado, presidente de la Organización Glaucoma Colombia.  “Si el examen de los niños ha sido normal y no han tenido un diagnóstico de alerta, por lo menos una vez al año deben hacerse control, pero si en el examen hay una situación sospechosa, deberán estar cada cuatro o cada seis meses en revisión”, finaliza



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