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La metamorfosis de Ingrid Betancourt

Algo muy profundo como el resplandor que tienen los peces abisales en las oscuridades del mar, ha ocurrido en el corazón de Ingrid Betancourt (Bogotá, 25 de diciembre de 1961), ocho años después de haber vivido la más devastadora experiencia de ser secuestrada durante seis años en la selva colombiana entre 2002 y 2008.

La mujer que veo ahora en Bogotá, en este 2018, en uno de los auditorios de Corferias, resplandece con la luz de su espíritu, con la descarnada y sabia lucidez de quien descendió involuntariamente al infierno, para resucitar con otra perspectiva de su vida y la de sus semejantes.

No es la misma Ingrid Betancourt que escribió aquel libro inquisitorial sobre el expediente del presidente Ernesto Samper en 1999, o aquel texto aguerrido y cuestionador, La rabia en el corazón (2001), en la que parecía llevarse con su dedo acusador al mundo, e incluso, es otro ser más decantado e inspirador más allá de Cartas a mamá desde el infierno (2008) y su relato dramático y magistralmente narrado, No hay silencio que no termine (2010).

La que veo ahora es la esencia de una mujer que se ha despojado de todas las vanidades que la acompañaban antes de ser secuestrada. La recuerdo pálida, delgada, temeraria, con los ojos de pájaro al atardecer, entrando a la sala de redacción de El Universal antes de emprender la fatídica expedición a la zona mortal y de distensión del Caguán en aquellos años.

Ocho años después de la pesadilla, esta mujer tiene la dignidad de una humanista, una pensadora y una figura espiritual, con la experiencia para escribir relatos que desafían a la misma ficción literaria.

Me conmovió escucharla en Bogotá en Filbo 2018, dialogando con el escritor Giuseppe Caputo. Uno de mis múltiples propósitos al llegar a Bogotá era hacer una crónica sobre Ingrid Betancourt y conocer al biógrafo de Jorge Luis Borges, el gran poeta y ensayista argentino, Marco-Ricard Barnatán.

Más allá de la crudeza del relato que nos compartió Ingrid en aquella tarde lluviosa de abril, lo que más me impactó fue el recordar la luz de las cosas palpitantes y casi invisibles en medio de la selva, como la mirada amenazada de un mico o una pequeña danta con sus orejas crispadas que nada en el río.

Ingrid contó que “poco después del secuestro, tuve conciencia de lo que me habían quitado. Pero desde que entré en cautiverio, me dije: No me van a matar. Las prioridades cambian cuando se pierde la libertad. Se disminuye el tamaño del ego.

Lo más cruel en aquellos seis años, fue el sufrimiento de mis hijos y el de mi familia”.  Ingrid miró entre el público a su hija Mélanie Delloye Betancourt, y dijo: “Después de la liberación, ella es mi prioridad. Uno en la selva secuestrado no es nada ni es nadie. En cautiverio uno se cuestiona profundamente quién quieres ser. Al principio, tuve ganas de matar a ese guardia que me humilló todo el tiempo, y me vigilaba encadenada a un árbol. Ese que al verme me dijo: Cucha. Bueno, la mayoría de los guardianes eran jóvenes, casi niños armados, y sus maneras de identificar a los cautivos, se degeneraban en apelativos violentos. Las cosas pequeñas en el secuestro eran dramáticas. Ir al baño, por ejemplo. El día variaba según el humor del guardia. Los secuestros físicos pueden secuestrarte el alma. Un día me dejaron allí encadenada bajo un aguacero torrencial.

Un día me estaba muriendo de ganas de ir al baño, y el guardia me dijo: ¡Lo que tenga que hacer, hágalo frente a mí, perra!  En la soledad de la selva, yo me decía: Yo a este tipo lo voy a matar. Pensaba cómo hacerlo y gozaba viendo la escena del crimen. Estuve en riesgo de perder mi alma. De hacer exactamente lo que más odiaba: lo más repulsivo, el crimen, el asesinato. El odio enferma y contamina toda el alma. Allí no éramos seres humanos, sino una simple “carga”. Cuando se referían a nosotros los secuestrados, decían “Hay que transportar esa carga”. 

La violencia nos raya la alegría de vivir, nos afecta las emociones y la memoria. Lo más difícil de esa experiencia, fue encontrar la luz del amor para no marchitarse, porque La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere hacer.  La verdadera libertad es el lujo infinito de ser lo que uno quiere ser. Allí hay una epifanía: ser lo que se quiere ser.

También Cristinita, una mica, estaba secuestrada entre nosotros. Andrea, una guerrillera, la bañaba todos los días y la peluqueaba. Yo le decía a Andrea que no era necesario que la bañara todos los días, que se podía enfermar, pero no me hacía caso. La mica se escapaba de Andrea y llegaba desconsolada hasta donde yo estaba. Se aferraba a mí y yo a ella.

Me apegué mucho a la miquita Cristinita, que era lo más humanizado que tenía en el cautiverio. Compartía algo de comida con ella. Nos volvimos súper llaves, pero eso incomodó a los guerrilleros. Un día desapareció Cristinita. Yo extraña su presencia y compañía. Y preguntaba: ¿Han visto a Cristinita? ¿Qué le sucedió? Un guerrillero me dijo: No siga preguntando por esa mica. Al campamento llegaron los perros hambrientos y mataron a Cristinita para alimentar a los perros.

Otro día, en el río, cruzamos por un caño hermosísimo y el comandante pidió que apagaran los motores. En la línea del agua, sobresalían las orejitas erizadas de una pequeña danta.  No puedo olvidar aquellos ojos tiernos y asustados, cuando el comandante apuró su fusil y se volteó para preguntar: ¿Quién quiere comer danta esta noche? No levanté la mano. De escenas dantescas como esa, están plagadas las noches y los días del cautiverio. No solo mataban dantas para comerlas en la cena, sino que mataban una manada de micos. Aquello era para mí una experiencia macabra de canibalismo. Pobrecitos. Están en vías de extinción. Pero alguien decía con humor aún más macabro: Los que estamos en vías de extinción somos nosotros”.

Ingrid recuerda que lo único que le pidió al Mono Jojoy fue tener una Biblia para leer. Y un día se presentó con una pequeña Biblia que aún conserva. Leer los textos sagrados fueron su redención, según ella. “Era un lujo tener una Biblia en la selva, y estar secuestrado. Cada página que leía en medio de la desesperación era como si hubiera sido escrito para mí. Fue un alivio y una alegría, porque yo estaba confundida y en conflicto con Dios, después de la muerte de mi padre. Me decía: No quiero creer en Dios. ¿Por qué me sucede lo que me está sucediendo? ¿Por qué a mí? ¿Cómo hago para soportar esto? Pero yo encontré a Dios en lo pequeño y en lo grande de esta experiencia. Me decía: él no se acuerda de mí porque debe estar muy embolatado con el mundo, y al principio del secuestro, pedía cosas como mi crema Ponds para hidratarme la cara. Y si Dios no me escuchaba, intercedía ante la Virgen María. Y las cosas que pedía no llegaban tan fáciles, pero lo más grande llegó con la Operación Jaque, que puso punto final a seis años de secuestro. No hay que perder la fe. El que no crea que haga la prueba.

Hoy tengo una inmensa gratitud por los soldados que dieron la vida por la libertad. Por la familia y los amigos. El coraje de mi madre y mi padre. Los desconocidos que rezaban por uno y lloraban. Hoy no solo veo la oscuridad del túnel sino la luz serena de lo vivido, la fuerza humana que me permitió resistir, y las alas que me han llevado a liberarme a través del perdón y la reconciliación. Me digo que no podemos ser libres de ninguna manera, si seguimos presos en el odio. No habremos salido del cautiverio si no tenemos un infinito amor y un respeto gigantesco por el ser humano.

Epílogo
Ingrid dice que cuando le abrieron el corazón a su padre, Gabriel Betancourt, el ministro de Educación que creó Icetex, con sus arterias bloqueadas de dolor y sufrimiento ante la ausencia de su hija, dos palabras parecían haberse grabado en la piel de él, desde que la noticia de su secuestro aceleró el final. No cerró sus ojos sin sentirlas y diseñarlas en las comisuras de sus labios, dos sílabas que siguieron resonando más allá de su partida: Amor.
Los ojos de Ingrid miran ahora la audiencia exaltada y conmovida.

Llueve en la ciudad. Lágrimas tibias caen del cielo helado.



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