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Facetas

La metamorfosis de Victoria

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Mi nombre es Victoria Daza, no Ricardo.

Decidí cambiarlo hace tres años porque necesitaba reafirmar mi identidad como mujer,  había transformado mi apariencia física y mi imagen no correspondía al nombre anterior.

El pelo largo, mis facciones menos pronunciadas gracias al tratamiento hormonal al que me someto hace años y mi atuendo femenino, desentonaba cuando me llamaban Ricardo Urueta Caballero.  

Empecé el proceso 4 de enero de 2013. Necesité mucho valor y tiempo para tomar aquella decisión que me generaba miedo y ansiedad. Sin embargo estaba determinada a hacerlo y ese viernes llegué a la Registraduría con los papeles requeridos. Tenía un nudo en la garganta, de aquellos que no te dejan pasar saliva, apenas puede pronunciar las palabras que había repasado una y otra vez en mi mente.

Los papeles estaban en regla y solo faltaba que la registradora diera la  aprobación. Ese fue el problema, la funcionaria era cristiana y estaba reacia a hacer el cambio. Después de una larga discusión, de argumentos religiosos y legales, logré hacer valer mis derechos.

Soy un mujer transgénero - personas que no se identifican con el género que les fue asignado al nacer-, siempre lo supe de alguna manera.

Desde los 6 años sentía que era diferente a los niños de mi clase, no me gustaban los juegos bruscos y  prefería hacer cosas más femeninas. Pero fue durante mi adolescencia, tras la separación de mis padres, que me di cuenta que no me sentía cómoda en aquel cuerpo masculino.

Aquel secreto a voces fue terrible para mi familia. Mi madre, quien vive en Medellín, no le cabe en la cabeza mi orientación sexual. Nuestra relación era tan tensa y fría que la distancia fue más dulce para nosotras.

Contra todo pronóstico fue mi padre quien me apoyó. Su comprensión ha sido fundamental mi proceso de autodescubrimiento.

Recuerdo que la primera vez que me vestí como mujer, él estuvo ahí. Era 31 de diciembre y no tenía ropa para estrenar. Una vecina me dijo que me iba a regalar un ‘pinta’, pero que era ropa de mujer. Le dije que no importaba.

Me dio un pantalón ajustado, una blusa y unos tacones. Tardé un rato en arreglarme y cuando salí del cuarto miré a mi padre que estaba en la sala. No hubo silencio incomodo, solo me dijo que me veía bien y eso era lo importante.

Por aquellos días estudiaba enfermería, como mi madre. Hubiese preferido ser médica, pero la mala situación económica, y algunos problemas en la universidad, hizo que me retirara en cuarto semestre.

Apenas me gradué me puse a trabajar en el Hospital de Turbaco y luego en la Clínica Regional de la Costa, -CREC-. A pesar de mi buen desempeño y profesionalismo los pacientes tenían prejuicios sobre mí. Era una lucha diaria por demostrar que mis capacidades como enfermera no tenían nada que ver con el hecho de ser trans.Por eso comencé a trabajar por la comunidad LGBT -Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero-, una población desprotegida y excluida que espera una política distrital más comprometida.

Casualmente fue en ese acercamiento en el que me coroné como Reina de la Diversidad Sexual. Nunca me llamó la atención participar de un certamen de belleza, usar tacones y vestidos de lentejuela no es lo mío, no me gusta llamar la atención. Fue la idea de romper los estereotipos en que somos encasillados y abrir el debate sobre los roles que ocupamos en la sociedad cartagenera lo que me hizo aceptar el título, son ese tipo de causas las que me mueven.

Incluso mi nombre, Victoria, me lo dieron en una de esos días en los que todo parece perdido. Hace varios años estuve con el colectivo la Legión del Afecto en un corregimiento de Sucre, después de terminar nuestra misión lúdica, nos fuimos de regreso a la ciudad. Pero el terreno nos jugó un mala pasada y nos quedamos varados en medio de la vía, y mientras todos se lamentaban, yo regresé a pie al corregimiento a pedir ayuda. La gente nos auxilió y cuando logramos sacar el bus del barro, todos me gritaban victoria.

El mismo nombre que eligieron mis vecinos para nombrar a una de las 3 calles pavimentadas de Villa Fanny, ese barrio colindante de Nelson Mandela que nadie conoce. Esa fue su forma de agradecer la gestión que hice con la Junta de Acción Comunal ante un concejal para que solucionaran el problema de movilidad que hay en el sector. Aunque no se logró arreglar todas las calles, se pudo hacer algo por aquella zona pedregosa que nos afecta tanto.

Ahí, me fui interesando por la política como una instrumento para el cambio social, pensaba en las cosas que podía hacer por la comunidad LGBT, que es discriminada y marginada en muchos sectores, además que carece de inclusión en la agenda pública.

Durante las elecciones de 2011, conocí a Campo Elías y cuando se posesionó él me brindó una oportunidad en el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena (IPCC). Empecé a trabajar en el Reinado de la Independencia y al tiempo, con cambio de administración tras la muerte de Campo, la nueva directora del IPCC, Nacira Ayos Figueroa, me cambió a un puesto más cercano a mis intereses: enlace de la población LGBT con la Alcaldía.

Esa nueva posición me llevó a un nuevo proyecto, estudiar Derecho. No imaginaba lo duro que sería entrar a una universidad porque mi nombre no correspondía al acta de grado de bachillerato, que todavía decía Ricardo Urueta Caballero. Entonces volví a sentir que las leyes están hechas a medias para las personas transgénero, que todavía hay tanto por hacer.    

Después de ir a varias centros de educación superior, la Universidad Rafael Núñez fue la única que me recibió en sus aulas.

Ya estoy en sexto semestre y tengo becada por mi desempeño como tutora en mi tiempo libre. Además sigo trabajando a través del IPCC por los derechos LGBT y organizando la Marcha de la Diversidad de este año.

También traté de aspirar a una curul en el Concejo de Cartagena por el partido de la U, pero la falta de apoyo de nuestros directivos hizo que me retirara.

A pesar de ello, hoy estoy segura que el camino que decidí seguir ha sido el mejor para mí. Parafraseando aquella película de Almodóvar, puedo decir que ahora ‘me parezco más a lo que he soñado de mí misma’.  

Es enfermera de profesión. Fotos: Maruja Parra/ El Universal/
Es enfermera de profesión. Fotos: Maruja Parra/ El Universal/
Victoria es la primera funcionaria distrital transgénero de Cartagena.
Victoria es la primera funcionaria distrital transgénero de Cartagena.
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