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La Múcura: Dos mujeres que derriten el miedo con arte

Marzo ocho de 2017. 3 de la tarde. El recipiente está medio vacío. Jimena y Bonnie están ‘parás’ en la raya entre otras mujeres y otros hombres que llegan a la Plaza de los Estudiantes, del Centro de Cartagena. Bonnie suda mientras vive la presentación de una mujer en medio de la plaza que canta con el alma un bullerengue; Jimena escucha las realidades de las mujeres de una empresa de atunes que denuncian desigualdad salarial, y Bonnie logra oír por otro lado los cantos del sindicato de mujeres trabajadoras del hogar. ‘Parás’ en la raya, sostienen sus instrumentos, respiran profundo, sudan, Jimena siente el latir de su corazón, vuelve a sudar, Bonnie limpia su saxofón, se prepara, Jimena se aclara la garganta. Rodeadas por esas mujeres y esos hombres, sienten el hueco, escuchan el rumor de las olas y se abren. “Pa' privatizar nada, para dominar nada, para controlar nada, para no compartir nada, para excluir nada...”, declaran con sus voces, guitarra y saxofón, y en un instante, con los cantos y arengas de su público, la múcura se ha llenado.

El arranque
Antes de llegar a Cartagena en marzo de este año, las integrantes de ‘La Múcura’, Bonnie y Jimena, recorrieron veinte organizaciones de países latinoamericanos durante tres años. Su objetivo era conocer cómo incide el arte en los procesos sociales, pero en el camino terminaron también encontrándose a ellas como artistas.

“Cuando nos conocimos ya teníamos conexiones con la música, yo soy de Ibagué, pero fui a estudiar a Cali, me encontré a Bonnie en una iglesia, era la de la alabanza y empezamos a hacer cosas”, comenta Jimena entre risas. Unidas por la música y por sus profesiones -Jimena es psicóloga, Bonnie trabajadora social-, y apoyadas por otros amigos, empezaron a soñar, aunque junto al sueño llegaron las voces.

Marzo 3 de 2017. 8:40 de la noche. El cántaro está medio lleno. Jimena silencia las cuerdas de su guitarra con una mano y aquieta el pie con el que  hace sonar la pandereta. Diagonal a ella, en la misma tarima y sentada de perfil al público, Bonnie le dedica una sonrisa. Se hace el silencio y Jimena se enoja. “¿Y de qué van a vivir? Se necesita plata para todo, en Colombia, y en muchos países, ¿cómo vas a pagar la pensión, el transporte, la alimentación?”, cuestiona mientras Bonnie empieza a hablar de la seguridad: “¿dos mujeres solas?, eso no se puede. Miren lo que les pasa a las que se ponen a viajar solas”... “¿Y los hijos? El reloj biológico sigue avanzando”... “¿Y la familia?”.

Las frases se suceden rápidamente y el público que las mira en el patio de la Alianza Francesa se altera, Jimena y Bonnie hablan cada vez más acelerado, sin respirar. Sus voces se alzan y cuando los oídos están a punto de estallar, de sus entrañas surge un chillido que primero deja todo en silencio y luego genera un estruendo más grande: los aplausos, auténticos y merecidos, mientras ellas retoman la música con ‘Otravestruz’, un tema que cuestiona por qué no vuela un ave que tiene alas para hacerlo. Y las múcuras, las de Bonnie, Jimena y el público, ahora están llenas.

“Esas son las voces que están en la cabeza antes de dar un paso en la vida y por eso así empezamos el performance. Era un poco de todos los 'peros' que encontramos cuando hicimos el proyecto de investigación y empezamos a contarles a los amigos y familiares”. Dice Bonnie que si se hubieran dedicado a pensar en tantas realidades que podían encontrarse, jamás habrían emprendido el viaje ni  usado el Land Rover Defender modelo 95 que les donó su familia para que arrancaran.
‘La Tractomúcura', como le llamaron al carro, es otro integrante del grupo. Desde el 2013 ese viejo caparazón que recibieron casi sin esperanzas de que funcionara, las llevó a ciudades, pueblos y bosques de Ecuador, Perú, Brasil, Argentina y Chile, aunque no entienden bien cómo no se quedaba a mitad de camino. “Se vara frente al mecánico, es maravillosa, tiene personalidad propia y ¡aguanta! Una vez, subiendo uno de los puntos más altos de los andes en Chile, una compañera le hizo reiki -terapia para manejar las energías- y subió, bajó y volvió a subir la montaña. Es fundamental en el grupo”, confiesa Jimena.

Luz y oscuridad
En el escenario, Bonnie suelta las maracas y toma unos cachitos enredados con hilo, los sacude y Jimena suena bajo la guitarra, repiten la secuencia, una, dos, tres veces y Bonnie acerca su boca al micrófono, “aynaynaynayn ayyyynnnn”, zumba, y los espectadores miran a su alrededor buscando un mosquito. Jimena empieza a cantar, toca la guitarra y mueve el pie de la pandereta. Bonnie toca un tambor con la mano izquierda, sacude la maraña de cachitos con la derecha, cantan al tiempo e invitan al público a hacer los coros. Todo en el recinto es su instrumento.

El corazón de La Múcura -la arcilla- son Jime y Bonnie, y se llena con cada presentación, con cada nueva experiencia y también con los amigos, a quienes llaman familia. “No siempre fuimos dos o tres, en la Tractomúcura hemos llegado a ser más de 10 personas que vamos encontrando y quieren aportar a la investigación, a la música o a las dos cosas”. En el camino también aprendieron a 'sobrevivir' cantando en las calles, con dos compañeros que les acompañaban conformaron un conjunto que con tambor, saxo y una guitarra de juguete, interpretaba ‘La corriente’, de Rafael Orozco, a miles de kilómetros de Colombia.
Cuando la guitarra cambió a una profesional y varias crisis afectaron al grupo, Jime y Bonnie surgieron de la oscuridad atacándola con luz, “nos quedamos las dos solas y, como era difícil presentarnos con solo dos instrumentos, aprendimos a tocar otros más. Con ellos le pusimos música a las canciones que Jime había escrito para canalizar el estrés que dejaba el viaje”. La música sirvió para empezar el camino, seguir andando y no detenerse a pesar de los miedos que siempre han tenido. “Unos artistas españoles dicen que el arte -parafraseando- es lo que nos ayuda a derretir la parálisis que nos genera el miedo. Eso es el arte para nosotras: una salida pa' sobrevivir”, confiesa Jimena.

En cuanto hallaron su identidad musical, la cual definen como surquizofónica, su creatividad se expandió. No contentas con los sonidos suramericanos, el saxofón, la guitarra, la multipercusión y los ritmos selváticos que emulan en sus canciones, en Cartagena experimentaron paisajes sonoros editados con malas noticias, ruidos de tráfico, disparos, explosiones... para introducir una de sus canciones que invita a sobrevivir a la cotidianidad. “Buscamos que el mensaje se aprecie con diferentes lenguajes, por eso también en la puesta en escena hay videos de los espacios donde hemos estado, es una forma de transmitir nuestros sentimientos, que no todos han sido buenos, el agobio, la contaminación... queremos que quien nos vea pueda vibrar y se conecte con la presentación”, comenta Bonnie, pues eso para ellas es un concierto exitoso.

3 de marzo. 8:05 de la noche.
En la Alianza Francesa se proyecta un video en el escenario vacío. Mientras pasan por el proyector imágenes de carreteras y personas bailando, cantando y hasta cocinando, dos siluetas femeninas se mueven alrededor poniendo y quitando cosas de la tarima. Las mujeres se sientan al terminar el video, se presentan como Bonnie Devine y Jimena Almario, y explican el significado de la palabra “múcura”. Es la mejor parte para ellas, se han estado preparando con semanas de anticipación, gestionando sonido y costos, así lo hacen siempre. “Todo lo mecánico se va cuando nos sentamos en el escenario, dejamos de ser las hormiguitas que quitan y ponen porque empieza nuestro ritual”, dice Bonnie. Debajo de la tarima, Mariana Calderón, la fotógrafa que las acompaña en Cartagena, pone un incensario con varias plantas y una k'oa, la muñequita que usan como imagen de su primer demo. Pasan dos segundos de silencio, el público espera y ellas, aferradas a su saxo y a su guitarra, sacan de adentro la frase que comienza el ritual: “el viaje más intenso, un viaje hacia adentro”... y sus almas respiran libertad.

Un recipiente para llenar
Múcura es en la cultura precolombina una vasija usada para recoger, beber y almacenar agua, y es esa la palabra que han adoptado Bonnie Devine y Jimena Almario para nombrar a su equipo, que ha viajado durante los últimos tres años por toda Latinoamérica nutriéndose de cultura, investigación y creando redes. De su experiencia nació la K'oa, su primer demo, un disco con 11 canciones, escritas por Jimena y musicalizadas por las dos; la K'oa -que significa ofrenda- es entregada como forma de agradecimiento por el viaje y todos los aprendizajes. Estuvieron en Cartagena durante tres semanas en una residencia artística en Ciudad Móvil y participaron en varias presentaciones, entre ellas la marcha ‘Pará en la raya’, realizada el 8 de marzo. Esa para ellas fue la mejor experiencia pues descubrieron que los movimientos sociales en la ciudad están “re-vivos”.

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