La nana de tres generaciones

02 de julio de 2017 12:00 AM

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“Nací en 1923, saque la cuenta”, dice Tata.

“94 años mija”, me dice María del Pilar Barrios, con quien vive en Las Acacias.

La nana se ríe. “Nombe... que va ¡eso es mucho!”.

La llaman Gacho, y también Tata y su nombre es Graciela Bolaños.

Su afro ya está completamente blanco. Tiene la mirada alegre y con ella esconde esos 94 años en este mundo.

Mientras María del Pilar le aplica un poco de labial para la sesión de fotos, se siente apenada.

Dice que no recuerda cómo empezó a trabajar con la familia, no recuerda el año, sólo recuerda que al llegar, la primera hija de los Vélez Naar tenía 10 meses. “Eugenia”, explica.

Ha sido por tres generaciones la fiel nana de la familia Vélez. Primero con los Vélez Naar, luego con los Hoyos Vélez y ahora con los integrantes Vélez Barrios.
“¿Gacho?, ella es una abuelita para mí y una guerrera porque con esa enfermedad no todo el mundo puede levantarse. Amorosa, porque me tiene mucha paciencia”, la define Sebastián Vélez, de 15 años.

A María del Pilar, Tata la llama “niña Mapi”. Ella a su vez, la describe como un todo para sus hijos.

“Eso sí, no es alcahueta porque cuando están mis hijos solos, yo le digo que a los cuartos no me deje entrar a las mujeres. Ella no las deja entrar”, dice Mapi y Gacho se muere de la risa.
Hace unos años, Tata tuvo una isquemia. Ahora, recuperada, puede verse “desde la Rosa de Guadalupe hasta todas las novelas que le siguen después de esa”.
A falta de hijos propios, crió a los pequeños Vélez tratándolos como si hubieran salido de sus entrañas. Como nana, debía acompañar a sus ahijados y velar por lo que necesitaran. Si ellos se dormían, ella estaba ahí con ellos, aunque no fuera necesario y aunque le dijeran, “Tata ve a acostarte”.

Toda una vida a su lado
Nació en Cartagena y desde muy niña la vida la golpeó. Cuando tenía 4 años, su madre que vivía en Turbo con “un hombre” como lo llama, falleció por lo cual la trajeron de vuelta y se hicieron cargo de ella unos amorosos familiares. De su papá sólo recuerda una despedida con beso en la mejilla.

Ser nana ya no es un oficio, es su vida y las experiencias las atesora en un álbum de fotos. Aunque tiene familiares que la aprecian y la visitan, prefiere estar con quienes ha pasado casi el total de sus años.

Su primer jefe “el abuelito de ellos”, dice apuntando hacia la casa, “era lo más bueno que había en este mundo. Fue magnífico trabajar para él”.

Cuidando de la familia Vélez ha vivido en diversos lugares. “En Estados Unidos fue perfecto”, dice a voz bajita. Luego ríe… “y casi me voy para Brasil pero le dije a la señora que yo hasta allá no llegaba porque ese idioma sí no lo entendía”

Siendo muy joven se le diagnosticó un fibroma, por lo cual no pudo tener hijos, sin embargo, confiesa que si así lo quiso Dios fue por algo. “¿Qué tal que me hubiera pasado como a mi mamá, que le fue tan mal con los hombres?”, se pregunta.

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“Conmigo tiene 19 años”, explica María del Pilar, y “con mis cuñadas permaneció 65”.

Aunque quiso ser maestra, qué más alumnos que los bebés que ha visto crecer y que aún al verla mueren de amor y atenciones hacia ella. 

“Creo que he tenido ¿cómo se dice?, la paciencia, el modo de ser. A los niños hay que tratarlos con mucho cariño y amor. Y ninguno salió rebelde, ellos van creciendo y van siendo lo mismo conmigo. Todos, todavía me quieren”. 

Y esa es su más grande fortuna.

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