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La paz, el paraíso del campesino

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Amaneció lloviendo. Es siete de junio del 2000 y la maldad se pasea libre por Campo Alegre*, mi pueblo, que tiene unos dos mil habitantes y está escondido en los Montes de María. La mañana es gris. Fresca.

Aquí no hay un solo policía, nunca ha habido una estación o comando, así que el miedo camina por cada trocha y por cada finca... cuando no son guerrilleros de las Farc, salen del monte paramilitares de las AUC, desafiantes y altaneros. Se burlan del miedo de los campesinos, parecen saborearlo, así como cuando usted prueba una comida sabrosa.

Es martes. Hoy desperté temprano y tomé una tasa de café puro y dulce, junto a mi mujer, María*.

Mucho gusto, mi nombre es Mario*. Mi familia y yo vivimos del campo, de las vacas y del suelo de una finca que compré por allá por 1980 y que queda a unos diez o veinte minutos del pueblo —el tiempo depende de si llovió o no, porque el camino es destapado—. Con ese pedazo de tierra doy de comer y estudiar a mis cinco hijos.

Es martes y no quiero ir a la finca, pero toca. El tractorista se levantó con el pie izquierdo y me dice que hoy no va a trabajar. Ha llegado a mi casa para decir que simplemente no quiere ir. ¿Será un mal  presagio?
Pero alguien tiene que atender la finca, así que entro a uno de los tres cuartos que tiene mi casa para despedirme de mis gemelas, mis dos hijas pequeñas (10 años). Aún duermen y le doy un beso en la frente de cada una. Agarro un sombrero, la camisa vieja de mangas largas y las llaves del tractor. Me voy para la finca con cuatro jornaleros.

Este martes de junio, a las nueve de la mañana, comienza la pesadilla: aparecen tres tipos raros.

Uno es blanco y alto, los otros dos negros y más chicos. Visten de camuflado y empuñan fusiles. Forrados de balas, llevan granadas y brazaletes con una bandera de Colombia y en sus mangas se lee: FARC-EP.

Los tipos comienzan a preguntar a los trabajadores cómo soy yo, que si soy malo o bueno y comienzan a arrear mi ganado, quieren robarse en mi cara unas sesenta reses.

Hay dos opciones: uno, quedarme callado y ver cómo se llevan el fruto de mi trabajo de años; dos, exigir respeto a riesgo de morir de un balazo en la sien. Elijo la segunda.
—Hombre, no me hagan esto. Ya en febrero me robaron unas vacas y tengo a mis hijos estudiando, no se las lleven—.

Menos mal los guerrilleros dejan las vacas y se van. Muy a pesar del percance, seguimos trabajando rápido para regresar rápido al pueblo, pero...

A las once regresan los mismos tres guerrilleros. Ordenan embarcarnos en el tractor para ir a la hacienda vecina. Ellos y sus armas nos escoltan. 

¿Quién no camina así, con la muerte tan cerquita?

Llegamos a la hacienda, que es grande, de más de mil hectáreas. Todo empeora: hay más de doscientos guerrilleros y unos setenta campesinos. Han reunido a todos los vecinos, a la gente de las fincas cercanas, quién sabe para qué. 

“Ya mataron al primero”, escucho decir y sí: mataron al administrador de una parcela cercana dizque por “paraco”. Le amarraron las manos y lo dejaron tirado en el monte, bajo el sol. Dicen que su perro se quedó al pie del cadáver, porque nadie, ni su mujer, lo pudo recoger.

Parece que el tiempo pasara lento porque la angustia hace los minutos eternos. Después de mediodía, los guerrilleros ordenan matar una vaca y reparten carne con yuca. Algunos comen y muchos no probamos bocado. El hambre no pega con el miedo. 

Aquí hay una profesora bonita, de ojos azules y cabello negro. Sí la había visto antes, pero nunca nos dijimos más que buenos días o buenas tardes. Ella llora y llora y tiene las piernas marcadas, como si le hubieran dado latigazos.

Algunos intentan consolarla en vano y yo intento hablar con el comandante de los guerrilleros, pero nada. Quería pedirle que nos deje regresar a casa, a mí y a mis trabajadores, decirle que no tengo nada que ver con este problema, pero no me dejan verlo.

—Aquí el que se mueva o sea torcido se le aplica la operación pistola. De aquí no se va ninguno— me dice uno de los camuflado mientras juega con su pistola.

Y apenas se termina el almuerzo, nos reúnen a todos. Son las dos de la tarde.

—Los niños no tienen la culpa de esto, sáquenlos de aquí— grita uno de los líderes.

¡Mierda! Nos van a matar —pienso—...un momento... justo cuando voy a pedir perdón por mis pecados para ir al cielo el mismo miliciano grita:

—Se van todos, menos la “paraca” ésta—.

Señala a la profesora de los ojos bonitos, que ahora llora más. Ella da unos cuantos pasos, suenan tres balazos y entonces paran las lágrimas. Ella se desploma mientras los demás se alejan, presos del horror. El azul de sus ojos se ha cerrado para siempre.

Era una muchacha joven, de unos veinticinco años, y llegó de otro pueblo a esta hacienda para dar clases a los hijos pequeños de los campesinos. ¡Qué vaina!

 

El cadáver queda solo, bajo el sol, como el del administrador, ¿se acuerda? A los rehenes los reúnen en una de las casas (la hacienda es tan grande, hay varias casas) y de pronto ¡boom! Comienzan a explotar las demás casas, pedazos de ellas vuelan por los aires. La tierra parece temblar por las explosiones y todos buscamos refugio. El miedo ya se fue, esto es pavor. 

Apenas terminan de volver añicos la hacienda, y los nervios de más de uno, un guerrillero nos reúne de nuevo y dice: “nos vamos, si se quieren ir váyanse, pero no respondemos por la vida de los que salgan de aquí”. Son las seis de la tarde, ya comienza a oscurecer y nadie se atreve a coger las trochas. La noche pasa de largo y en vela, a punta de café, y a las cinco de la mañana del miércoles agarro mi tractor y regreso a mi casa.

María barre la terraza de nuestra casa y apenas me ve llegar se desmaya. Pronto la casa se llena de vecinos y amigos, y mientras mi mujer despierta y llora, mis gemelas me devuelven los besos que les di antes de que comenzara esta pesadilla.

***

Pasado mañana se cumplen dieciséis años de aquel terrible martes. Luego de esa fecha, Mario tuvo que abandonar por diez años su finca. Hubo días en que no había en su casa ni para una cubeta de hielo, que costaba cien pesos. Lo extorsionaron de todas las formas: “un día tuve que comprar calzoncillos y llevárselos, pedían plata y hasta un Diskman...me amenazaban con matarme y a mi familia”, recuerda con melancolía y tristeza. Y alegría, porque sobrevivieron a tanta violencia y hoy pueden contar su historia y hablar de paz. Y a propósito...

¿Qué es paz?, pregunto a Mario y a su esposa.

—La paz es el paraíso— responde sonriente María.

Mario asiente con la cabeza y comienza a hablar del proceso de paz de La Habana.

—Como todo colombiano, deseo la paz, ojalá el proceso de La Habana prospere, aunque la verdad lo dudo. La paz es igualdad y justicia, y para que haya una paz duradera, todos los que cometieron delitos deben pagar— concluye.

 

*Nombres cambiados.

 

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