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La Plaza Alfonso López, una parranda descomunal

La localidad perdida de Macondo tuvo un momento de esplendor, una fiebre de riqueza exorbitante que provocó avalanchas de gentes de los rincones más insospechados del globo terráqueo. Todos, atraídos por la fiebre del banano, venían a probar suerte y a desatar sus pasiones más inconfesables en aquel maremágnum de concupiscencia, en el que los mismos habitantes tomaron como esparcimiento el salir a conocer su propio pueblo.

Podría creerse que, en la temporada del Festival de la Leyenda Vallenata, la Plaza Alfonso López encarna una especie de micromundo, que perfectamente podría encajar en las descripciones del gran narrador macondiano, cuando intenta retratar el desorden sin cuento que se apropió de las calles de su pueblo, todo estimulado por la música de una flauta inapelable que, al mismo tiempo, emanaba el tufo de la perdición.

La mañana es quieta y olorosa a orines de la parranda anterior. Las hojas de los mangos brillan acariciadas por las primeras luces. La plaza es un desierto tapizado de tablones coloniales que soportan barreras de hierro iniciadas y terminadas en la tarima donde se combaten los más diestros del acordeón. Pero a pocos les importa.

En realidad les tiene sin cuidado lo que ocurra con esos acordeones y esos cantos de la poética pueblerina. El verdadero motivo que los impulsa a solaparse con sombreros de varias vueltas, camisas livianas y gafas oscuras son las cantinas que brotan bajo los mangos, rodeados de sillas plásticas y neveras sintéticas abultadas de hielo, cervezas enlatadas y botellas de un agua que desde hace muchos años dejó de ser cristalina.

Eso no es todo. Llegaron los invitados de nadie con sus bolsillos repletos de monedas cada vez más devaluadas, pero suficientes para el desenfreno etílico-musical. Dice el relator de Macondo que invencibles parranderos mundiales venían porque todo el mundo venía. No sabían qué estaba sucediendo, pero intuían que algo más allá de lo normal ocurría en esas calles empedradas y envilecidas por la boñiga y la cagarruta de los perros.

Algo pasa en la tarima donde una veintena de ejecutantes se agrede a fuerza de melodías y a golpetazos de tambores por un trofeo. Algo pasará cuando el calor aumente sus latigazos y se haga urgente y necesario hundir las manos entre los bloques de hielo para sacar las latas sudorosas de cualquier cerveza. Poco importa la marca. Poco importa el efecto.

Los pontífices de la parranda vallenata han dicho que esa reunión se disfruta con los amigos y familiares más cercanos, aquellos que sí saben apreciar con su silencio el estreno de una canción recién parida, la melodía puntillosa que asoma cuando se pisan los botones del acordeón, el verso repentista o el chiste cuasi anécdota que espera la carcajada como respuesta.

Eso afirman los conocedores. Pero estos parranderos que supieron soportar las transformaciones del medio día, esos mismos que aguantaron la monotonía de las amplificaciones apoyando los concursos, no vinieron a regirse por ortodoxias folclóricas que les valen tres tiras de chorizo. Ellos vinieron a sacar monedas para pagar las piezas de los acordeonistas ambulantes que andan de feria en feria rememorando viejas melodías que se extraviaron de la memoria colectiva.

Ellos vinieron a exigir que las bandas pelayeras muelan un fandango tras otro, mientras el aire se va impregnando de fritangas, whiskys a chorros e incitaciones de mujeres mal sentadas. Los empujones en las filas de parroquianos cruzándose  como trenes enloquecidos por el estrépito, acrecienta la sensación de sofoco. Pero los parranderos vinieron precisamente a eso: a ahogar sus discreciones metropolitanas en este hervidero donde todos los rostros parecen nuevos en el mundo. “No temas. Nadie te conoce”. La frase tácita se suspende en la atmósfera.

Saben que no es tan cierto el mito de la música de acordeón como la única presente en el entorno de la plaza. Desde furtivos parlantes a veces suele dispararse la abominable propuesta reguetonera, sobre todo del lado de los mercachifles que tomaron por delante las imágenes de un ídolo vallenatero recién fallecido. O podría ser el parlante de un robot humano, cubierto de pintura plateada, intentando encarnar al creador de ‘la Tierra del Olvido’.

Los paseantes se le acercan y apuran una foto con celulares. A veces echan alguna moneda en la ranura de la lata que tiene al lado del balde de plástico que le sirve como pedestal. La mímica apoyada por un parlante pequeño entre veces es ahogada por el ensayo de un acordeonista esperando turno.

Porque eso también sucede. Mientras los concursantes nerviosos dan los últimos pulimentos a cierto merengue difícil, a cierta puya que no se deja afilar, quienes lo rodean sienten el golpe de la nota en el galillo, hasta que un río de cerveza fría se les precipita en las entrañas como cascada carnavalesca. Algún nativo arwaco les ofrece mochilas que valen una parranda completa. 

En sitios estratégicos de la plaza, esperan los administradores de baños portátiles. Sus artefactos no siempre son suficientes, lo que explica con suficiencia el por qué de las imágenes de adultos y niños descargando sus liquideces en las macetas gigantes que ya perdieron sus funciones ornamentales.

Poco a poco se va retirando la luz detrás de las montañas. Algunos bombillos intentan reemplazarla. Por las calles que inicia en las esquinas de la plaza hay afiches rodando por el suelo. Los rostros de los acordeonistas retratados en esos impresos se ven cruzados por las marcas de los zapatos que entran o salen del perímetro parrandero.

Borrachos que manejan diferentes dicciones, empiezan a volverse una sola masa de vagabundos caminando hacia donde los taxistas se lucen esquivándolos. El sonido de las amplificaciones es cada vez más triste, mientras una muchedumbre de señoras nalgonas empiezan a recoger los pertrechos que en la mañana sirvieron para albergar los licores, el hielo y las botellas de agua.

Los eternos fogones itinerantes ya no tienen los chorizos ni las butifarras atravesadas. La huella de Macondo se va desdibujando con la caída de la tarde.

“Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte”.

Pero estos parranderos volverán mañana, o el próximo año, porque con ellos renace y muere siempre aquel viejo anhelo del hombre aprisionado por las normas sobreentendidas del pavimento. De modo que tendrán su segunda oportunidad sobre la plaza.



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